lunes, 1 de noviembre de 2021

OTOÑO



Recuerdo que cuando vivía en Brasil, y llegaba el otoño me invadía un sentimiento de soledad que rompía todo mi interior, solamente comparado con las hojas que caen de los árboles -lentamente sin perder su belleza-, aún después de muertas cuando poblaban mi mirada, mientras bebía el cappuccino que no alcanzaba para apagar la tristeza, pero que inspiraba unas letras menos frías que las que habitaban en mi pecho.

A pesar de que por primera vez en mi vida, sentirme libre en el más amplio sentido de la palabra, esa conmoción no me abandonaba. Con el pasar de los años uno se va a acostumbrando a la infelicidad “aunque no estaba solo al amanecer” con la misma resignación que sentimos al abandonar aquella isla _hoy tan distante_.

Un día, ya haces algunos otoños tuve que izar nuevamente velas y anclar en el menos pensados de los destinos. Esa otra geografía copia del archipiélago que ya nada inspira. Llegar aquí /ustedes saben dónde/ fue volver a un pasado no deseado y relegado entre el Fútbol y el Samba.

Reencontrar viejos amigos, una culinaria casi olvidada y esa manera tan peculiar en que se expresan los nacidos, donde la mentira y el salitre todavía conviven, fue todo un ejercicio de paciencia y aprendizaje como el niño que va por primera vez a la escuela.

Aquí, donde la discordia persiste, seguí sintiendo a cada otoño el mismo vacío, la misma sensación de soledad, ni los amigos ni los amores fortuitos pudieron borrar ese estremecimiento de mirarse al espejo y saberse incapaz de ser feliz.

Toda la alegría me parecía vedada, y yo insistía en la tristeza (renombrada de Saudade) como el único posible estado hasta encontrarla a ELLA. Sí, porque YO la busqué y la encontré al sur de toda posibilidad y contra todas las adversidades, donde parecía imposible el camino que me llevaría al nirvana, pero YO con la perseverancia de los necios sabía que mi destino estaba indisolublemente ligado a ELLA. Después de hallarla no tuve la menor duda de que todo mi pasado sería borrado porque quería renacer entre sus piernas, amanecer en sus deseos y nunca más alejarme de su ser.

Ahora que regresa esa estación mi sentir es diametralmente opuesto al de años atrás, aprendí a disfrutar el gris de sus atardeceres, sentando frente al mar, _junto a Laura_ en ese parque que ya nos pertenece y que es cómplice de nuestra felicidad. A deleitarme con su brisa mezclada con el olor a maresia/salitre que se acopla perfectamente en el eterno y cálido abrazo capaz de incendiar nuestros cuerpos, mientras vemos desfilar los yates, y ahogarse el sol en el mar “allá donde las pupilas sueñan” del otro lado de la bahía cuando se prenden las luces del Downtown de Miami anunciando que estoy finalmente curado de los Otoños y las Saudades.     

 

lunes, 1 de junio de 2020

CONVIVID-19



En el involuntario encierro, si no tienes una buena compañía, donde la cama te quede pequeña “para todas las fantasías” y con la que puedas conversar sobre cualquier tema -mismo que no concuerden- pero que sean capaces de respetar su individualidad, porque ahí _radica la base de la convivencia_ después de haber hecho el amor “el mejor de los ejercicios” Puede, algunas veces llevarnos a la locura.

Si lo dudan, les recuerdo, uno de sus más famosos ejemplo: Van Gogh, que solo tenía una diminuta ventana, los girasoles -como incierto fututo- y sus pinceles siempre despiertos “únicos testigos” de una vida en la que no pudo ahuyentar la soledad de los espejos, ni la negación amorosa de Rachel -a la que nunca fue capaz de pintar- quizás porque ejercía el más antiguo de los oficios, en uno de esos miserables burdeles, de la calle Arlés, al sur de Francia.

Hoy, nos queda siempre la duda, si ella solo lo veía como un cliente, o si se negaba a reconocer el verdadero amor de Vincent, algo que le impediría seguir con su profesión “eso nunca lo sabremos”. Lo único real es que, en su reclusión -se cortó la oreja izquierda- elección, que siempre me ha intrigado, por qué no la otra _pero este detalle se escapa de lo que quiero decirles_.

No piensen que soy un especialista en pintura, ni un crítico de arte, simplemente, en esta situación que estamos forzosamente viviendo, me viene a la mente /castigo de la memoria/ uno de los artistas actualmente más cotizado, a pesar, de que nunca fue reconocido en vida, y murió en la peor de las miserias, con el único consuelo de ver sus pinturas, en aquel tiempo -invaloradas- colgadas en su supuesta locura.

Esas mismas, que hoy, son la mejor garantía cuando la “economía parece incierta” y penden en los “bolsillos de los multimillonarios, en cajas fuertes de bancos, o en los museos más exclusivos, y nunca soñados en su miserable vida.

Si hago esta introducción, es solo porque tengo la absoluta certeza, de que nada se asemeja más a la soledad de la escritura -que un pintor- Pero no se preocupen por esa similitud, no pienso por mi cobardía “no lo intérprete como falta de amor” cercenar ninguna parte de mi cuerpo, además, adolezco del talento, que poseía el dueño del más perfecto de los “AMARILLOS” y tampoco creo que mis humildes textos, puedan en algún momento _mismo póstumamente_ convertirse en best sellers.

Lo que realmente me preocupa, es hasta qué punto puede llevarnos este aislamiento, nunca imaginado y mucho menos deseado. Ya hemos pasado más de dos meses de cautiverio por un insignificante e invisible virus que, aunque no lo queramos, cambiará definitivamente nuestro diario acontecer.

Yo, sin querer menospreciarlos, me refugio en la mujer amo “LAURA” mi mundo solo existe en ella, y en estas letras, que pueden parecerles inservibles, pero que me ayudan a tratar de entender, qué está pasando, y cómo será la realidad, cuando salgamos _porque aún soy optimista_ de esta reclusión que, quizás nunca comprenderemos, pero que vino para cambiar radicalmente la forma de como vivíamos anteriormente.

No tengo la menor duda, de que, si no seamos capaces de aprender con esta epidemia, estaremos al borde de la extinción de la raza humana, y quiero dejar -BIEN CLARO- que no soy fanático de ninguna religión, pero creo en algo superior “INEXPLICABLE” porque muchas veces es en lo inverosímil, que encontramos las respuestas a nuestras dudas. Tampoco creo en extraterrestres, ni alienígenas, y menos aún en los que pregonan el apocalipsis como futuro.

Soy optimista por convicción, nací en la peor de las Islas -error geográfico- y después de haber atravesado su horizonte, descubrí, que existe un mundo más allá de las consignas, y que nada, ni nadie pueden impedirme soñar con una armonía pacífica, entre todos los que habitamos este planeta _mal llamado tierra_ y que seamos capaces de reaprender que ninguna virtualidad, puede sustituir el calor de un beso, la alegría real de abrazar un amigo, lejos de esos ficticios emoticones sin pasado.

Si algo bueno -tiene este virus- es que ha rescatado la SAUDADE de una vida real, olvidada al otro lado de esta tecnología que insiste en convertirnos en algoritmos, y en borrar los insustituibles ayeres.

lunes, 25 de mayo de 2020

JAVIER IGLESIAS: POESÍA



LA ROTA OLA 
Para Aylan Kurdi
Esta lluvia que cala la memoria
no apaga la alevosía de la noche
ni el naufragio de inocentes
en un mar ausento de mañanas.

Cómo justificar la inclemencia divina,
el odio contra las religiones
si el sol amanece en Roma
sin olvidarse del desierto.

Hoy mi rabia es contra todos
me falta la fe de Job
los hijos que perdió
en otra bíblica tempestad.

En mis venas no corre futuro
mi apellido se ahogará en una orilla
lejos de las cámaras
pero me sobran fuerzas para gritar
cuando el mundo muere en una playa.

No me hablen de fronteras
menos aún de la civilizada Europa
vieja puta que olvido su pasado.

Ha fracaso la humanidad
y también es mi culpa.

EL TODO USURPADO

Quién inventó diciembre
con su inevitable carga de nostalgia
tan gris como la nada.

Qué puedo celebrar 
-Yo-
náufrago de un pasado
que insiste en desterrar mañanas.

Cómo competir con los recuerdos
la más segura de las derrotas
después de los espejos.

Cuántos olores me faltan
acompañados de esas músicas
que ya no habitan mi presente
en este mes en que el vacío
se vuelve insoportable.

Vivo en un espacio lejano,
en un pedazo de mar
donde la saudade
es el peor de los suicidios
y la alegría
-hipocresía del bolsillo-
se vende en vidrieras manipuladas
meticulosamente para hacernos olvidar.

Pero mi memoria es un agujero negro
-infinito-
desbordada de ayeres.

EL ECO DEL MUTISMO

He sobrevivido como todos los ausentes 
cargando el dolor de los recuerdos,
la inutilidad de un pasado
que cuelga en el vacío.

Para qué sirven los relojes
en esta ciudad sitiada por el azul
que recuerda una isla inhabitada
y un mar donde aún navegan soledades.

Qué hacer con estas alas gastadas 
si ya no alcanzan el amanecer
se apagaron antes que la realidad
degollase los deseos.  

Soy un hombre viejo
con los sueños rotos
en las arenas del camino.

Quisiera saber en qué momento
se inmortalizó el ayer
en esta memoria llena de agujeros
donde sobreviven los silencios 
que duelen más allá del tiempo.

lunes, 18 de mayo de 2020

LAS INCONSCIENTES PROFECÍAS DE JORRÍN



Cuba 8 -no lo confundan con la calle- a pesar de estar ubicado en esa vía tan emblemática de la capital del exilio. En el barrio, que nostálgicamente llamamos “Pequeña Habana” es uno de mis sitios preferidos en esta ciudad fundada con el pensamiento de un rápido regreso, que _aún hoy parece distante_.

Me gusta ir a ese bar/galería/teatro porque me recuerda una Habana que solamente conocí en la oralidad de mi tío/abuelo Sito, en la literatura de Cabrera Infante, en las canciones de José Tejedor, de Benny Moré, y de tantos otros extraordinarios músicos que la dictadura intentó borrar del patrimonio nacional.

Recuerdo las maravillosas conversaciones con esa persona tan especial que, con muy poca instrucción, solo terminó lo que actualmente “llamamos 6 grado” es la que más ha influenciado en lo que soy -un hombre con escasas virtudes e incontables defectos- un inútil cazador/coleccionador de sueños.

Sito, que se llamaba José Quiroga, me describía con un lenguaje cautivante, en medio a la ausencia de luz -interpreten esto literalmente- en ese tiempo que eufemísticamente llamaron Periodo Especial, una Habana maravillosa, deseo de cualquier turista en los lejanos años 50, antes de la mariconá tropical  _que desgració la patria_ cuando la isla florecía por encima de todas las demás naciones del continente “no solo económicamente” sino también con su música tan singular, que hasta hoy influencia al resto del mundo.

Fue en ese contexto, más específicamente en marzo de 1953, cuando Enrique Jorrín compuso esa genial canción "La engañadora", ustedes se preguntarán que tiene que ver, esa música, con Cuba 8. Si ya han visitado este místico lugar miamense, y si no lo han hecho _se los recomiendo_ sabrán que sus portales están adornados con caricaturas y pinturas de los mayores representantes de la cultura de ese archipiélago hecho pasado, y uno de los inmortalizados, es el autor de la ya mencionada composición.

Un día delante de la caricatura de Aristides Pumariega, que ilustra el texto de esa canción, comprendí que la genialidad de Jorrin, era solo comparada con las novelas de Julio Verne o las predicciones de Nostradamus, pues iban mucho más allá de la música, cuando compuso esa cubanísima canción. Quizás, por la ingenuidad de esa década, tan romántica, donde solo importaba la realidad -ni él mismo imaginaría- que su falsa chiquita, hoy camina en cualquier ciudad del planeta, con otro tipo de relleno, pero con la misma intención de engañarnos a todos. 

Si no concuerdan conmigo los invito a analizar el texto de su música: A Prado y Neptuno iba una Chiquita, que todos los hombres, la tenían que mirar -hasta aquí todo normal- cualquier hombre no resiste una torcida de cuello ante un femenino cuerpo escultural… Prosigamos: Pero todo en esta vida se sabe sin siquiera averiguar. Se ha sabido que, en sus formas rellenos tan solo hay-. Se dan cuenta, que Enrique fue un adelantado a los implantes de senos y glúteos, tan común en la actualidad. Creo que sus descendientes deberían reclamar derecho de autor por el uso de la silicona que ha poblado, no solo esta aldea, de más de una “engañadora”.

Ya han percibido, que muchas veces, cuando conquistamos esa mujer que parece perfecta, aunque soy totalmente contra la perfección, descubrimos que el plástico implantado en su cuerpo -para burla lo que la naturaleza o la genética le negó- nos hace sentir, como si estuviéramos haciendo el amor con una de esas muñecas de silicona, populares entre las personas ,donde su incomunicación, les impide el vínculo de realmente amar a una mujer con todos sus imperfecciones, pero real “más real” que el más perfecto de los sueños.

Antes de continuar, debo pedirles perdón, a esas conocidas -en algunos casos amigas- que más de una vez al recurrido al bisturí para transformar el cuerpo, que ellas mismas, no aceptan, frente al espejo, y que como un vicio continúan modificando, sin importarle, la impersonalidad de sus cirugías “pero debo ser sincero con mi personalidad” y asumo todos los riesgos y criticas posibles.

No tengo nada en su contra, pero quizás por ser un hombre antiguo -de aquellos que aún escribe poemas- prefiero la realidad del almanaque _la aceptación natural de la edad_ antes de la intervención de la ciencia, capaz de engañar “solo físicamente los ayeres” porque el tiempo biológico, aunque les duela, no puede cambiarse en un salón de operaciones. Como ya predijo el maestro Jorrín: “Que boba son las mujeres que nos tratan de engañar”. Y también algunos hombres tan inseguros como los mañanas.

lunes, 11 de mayo de 2020

LA CIRCULARIDAD DE LOS AYERES



A veces creo que la vida se resume a un eterno caminar en círculos, ruinas que nos persiguen -más allá de los recuerdos-. Ya han pensado cuántas veces sentimos que hemos vivido el momento que estamos viviendo /perdónenme la redundancia/ o la infinidad de ocasiones que, a pesar de nunca haber estado en ese lugar, creemos conocerlo, mismo siendo la primera vez que lo visitamos. Es una sensación escalofriante, como si estuviésemos viendo la misma película nuevamente.

Acaso no les ha pasado, en este exilio que se ha convertido en “nuestra casa”, sorprendernos al ver un rostro que nos parece familiar _en medio de la multitud_ pero que, al ir a saludarlo, descubrimos que además de no hablar nuestro idioma, nunca ha estado en los lugares que por diferentes motivos nos ha tocado sobrevivir.

Quizás esa circularidad, sea motivada por lo único realmente importante, en este lapsus de tiempo donde aún somos materia. La eterna inconformidad de no encontrar la felicidad -el más ansiado de los deseos- desde que el hombre descubrió que era la conciencia, lo que nos diferenciaba de los animales “aunque a veces seamos más irracionales que ellos”.

En este eterno desconcierto, no importa lo que hagamos o dejemos de hacer, al final buscamos siempre lo mismo, y en esa búsqueda, muchas veces “perdemos el camino” que supuestamente nos llevaría al nirvana -si es que realmente existe- por estar adaptado al infortunio de los proscritos, o por distraemos ante los azares, que nos ofrece la cotidianidad, y que aceptamos, casi siempre, inconscientemente como único destino.

Yo “que también podrían ser cualquiera de ustedes” para tratar de engañarme, recurro al mar _recuerden sus múltiples significados_ eterna fuga para los nacidos en ese lugar que pesa más que los ayeres “rodeado por la maldita circunstancia del agua” como ya dijo aquel gran poeta menospreciado, y censurado por la dictadura. A pesar de sentirme distante de esa isla -tan distante como los deseos irrealizados- sigue corriendo en mis venas el salitre hablanero, y esa sensación de náufrago que me acompaña, desde que partí más allá de la irrealizable utopía comunista.

Tal vez por eso busco en el océano -un escape- un refugio para gritar al vacío, cuando la angustia del silencio reprimido no alivia la imitación de felicidad que nos exige el presente -provocando la ansiedad del diario acontecer- porque debemos aparentar lo que la sociedad cree como perfecto “la impoluta falsedad” de la que me niego a ser parte.

No crean que soy un rebelde sin causa “soy simplemente un soñador” inadaptado a lo políticamente correcto, o quizás un atrapador de sueños, dentro de una burbuja inventada, para protegerme de los espejos, porque la vida al contrario del celuloide no es bella -es cruel- para los que tenemos el más solitario de los oficios, como escape allende de las monedas -sin criticar a Judas-.

Ninguna letra llena los bolsillos, es un reto inútil, el de los escritores _que no sirve para nada_ a no ser para seguir preñando quimeras, porque ella -la escritura- eterna insatisfecha no conoce de límites. Y cada día te exige más, sin importarle, que “las palabras” antes de convertirse en ideas, son simplemente lágrimas que fecundan la pantalla de cualquier laptop _incluso la de ustedes_ o tatuajes imaginarios, que nunca fuimos capaces de hacernos “porque la piel es real” duele, y no caben todas nuestras ideas en el más perfecto de los cuerpos.

lunes, 4 de mayo de 2020

LA CULINARIA ANTROPOFÁGICA



Los refranes de aquel lugar que me abortó -aún me acompañan- a pesar de sentirme cada día más distante de ese engendro. Uno de los más populares dice: “Todos los caminos conducen a Roma”, creo que ese, en específico “no se aplica a los cubanos”, desde el funesto enero que ensombreció la nación. En nuestro caso sería más adecuado decir: Todos los caminos conducen a Miami _esa otra isla_ copia del pasado, en la que hace 8 años aterricé -esperando algún día llegar a los Estados Unidos-

Debo confesarles que está siendo muy difícil /a pesar del tiempo transcurrido/ readaptarme a la cotidianidad de los nacidos en aquella ínsula donde NADA ES FUTURO y mucho más complicado aún, aprender inglés, pues como ya saben “viví 18 años en Brasil”. País que se comió literalmente a su metrópolis _como esta nación a la suya_ creando el más bello y musical de los acentos portugueses. Esa música convertida en palabras me arropó, desplazando al idioma Cervantes, quizás por eso aún hilvano mis ideas a ritmo de Bossa Nova, lo cual me obliga a hacer una constante traducción cuando quiero expresarme.

Habitar esta aldea _preñada por la nostalgia anterior al 59_ donde se mezcla la identidad de un país que ya no me representa “con acentos y proverbios tan característicos” no ha impedido, que me sienta extranjero -no interpreten esto como apátrida- y si como una universalidad que se nos dio al escapar más allá de las promesas.

Aquí -que como ya saben es efímero- en este pantano, que casi nos pertenece, por la imposición de costumbres, que van desde el idioma hasta la culinaria, podemos encontrarnos muchos americanos, disfrutando unos pastelitos de guayaba, acompañados de unas croquetas y una colada, en uno de los tantos restaurantes de comida típica, que inundan la capital del exilio cubano. Algunos, los más -transculturizados- llegan hasta despelotarse al ritmo de una música, que a pesar de tantos años de dictadura sigue influenciando al mundo entero con su peculiar singularidad “solamente comparada con la brasileira”.

Pero, a pesar de esa gastronomía, que a muchos años se perdió en la isla, tengo amigos que reclaman que el sabor del mayor patrimonio culinario cubano “la carne de puerco” dicen que no sabe igual al de aquel accidente geográfico. No sé, si esto es otro síntoma de esa nostalgia que caracteriza a todo exiliado, o si se debe al modo de asarlo, tan diferente al nuestro.

En este espacio que hemos invadido, con todas nuestras virtudes y defectos _asan al lechón_ en una especie de ataúd, que llaman “caja china”. Espero que después de esta pandemia, producida en un laboratorio de ese país comunista, le cambiemos el nombre, o mejor “propongo un boicot”, y que volvamos a la típica púa en que se asaban desde los orígenes de aquella isla los marranos, acompañados de los mojos artesanales, y de las hojas de guayaba o de plátano, dependiendo de la región donde se realizara el asado.

Este simple hecho, de asumir la preparación del cerdo, tan diferente al de nuestros ancestros, solamente reafirma, la pérdida, o quizás la mezcla “mismo inconsciente” de la cultura culinaria, que queramos o no, enriquece en este exilio.

Si algo me ata a esta ciudad, es su culinaria, que me recuerda las conversaciones con mi tío/abuelo Sito, en los años 90, cuando no solamente faltaba la nada, y las añoranzas de ese SER tan especial que hasta hoy influencia todas mis letras, que no son más que lágrimas escritas en la soledad de una página en blanco.

lunes, 27 de abril de 2020

LAS SOMBRAS DEL PASADO



Huir es el más fácil de los verbos, cuando se ha nacido en un lugar donde hasta hoy se espera el “tan prometido futuro” solo que para eso debemos renunciar a lo único que teníamos en esa cárcel rodeada de agua -los amigos/familia- y enfrentarnos a la cruel realidad del exilio, con la eterna compañía de los recuerdos, que también en algún momento debemos dejarlos en el camino, si queremos sobrevivir en un mundo tan diferente al que crecimos, porque al competir con ellos _cualquier pasado por muy triste que haya sido_ puede engañosamente parecernos mejor, debido a nuestra debilidad de enfrentar lo desconocido.    

Con toda esa carga llegamos a un destino, que muchas veces no escogimos, simplemente nos aferramos a él, pues era una cuestión de “vida o mar”. En mi caso escapé gracias a las letras, aún sigo escapando gracias a ellas _pero ahora de otra manera_ a São Paulo, Brasil, para participar de la Bienal del Libro, y desde el primer instante sentí que era el mejor de los lugares para cobijar las ausencias interminables y las dudas del mañana. A pesar de la barrera idiomática, algo nunca explorado más allá de la lengua de Cervantes, debo reconocer que las raíces latinas de ambos idiomas me ayudaron no solo a dominarlo, sino también a estabilizar mi vida económica en esa ciudad de -pupilas de concretos- eternamente abiertas.

Ganaba lo suficiente para mantenerme y alquilar un espacio donde guarecerme de las estrellas porque “la madrugada es la peor de todas las saudades”. Supuestamente debía estar feliz, pero descubrí que la infelicidad es un estigma que llevamos los nacidos en la antes llamada -Perla del Caribe- algo que ni los nuevos amigos, ni la “no falta de amores” podían impedir. Me sentía más solo que un náufrago dentro de una botella con pedido de S.O.S quizás ese sentimiento fuese lo que llamamos _Síndrome de Estocolmo_

Esa angustia me acompañó por muchos años, incluso después de una vez más, haber atravesado el camino de las aguas “hasta este apéndice de Cuba” donde conviven todas las virtudes y los defectos de los nacidos antes y después del 59, desgracia tropical del pasado siglo.

Hasta poco tiempo atrás, deambulaba sin rumbo, sin saber -por qué no me importaba- dónde o con quién iba a amanecer. Quizás me había acostumbrado a ese infortunio que sienten como “karma” los que tuvimos que abandonarlo todo -aunque TODO fuese la NADA-.  

Vivía aceptando la cotidianidad como destino, creyendo que tenía que conformarme con la rutina de parecer feliz, a pesar de que mi sonrisa siempre se rompiera delante del espejo _pero eso no lo veían ustedes_ pues la apariencia importa mucho más que la realidad.

Toda esa infelicidad acabó, cuando descubrí a la más maravillosa de las mujeres, discúlpenme la otras -nunca he querido apartarlas- en el menos impensado de los lugares, al sur, ese lugar que también existe, como ya escribió Benedetti. 

 Ya sé que he dicho esto muchas veces, pero deben eximir mi insistencia, solamente deseo que les llegue a sus vidas una persona, capaz de cambiar su rutina, alguien que, como Laura, solo conozca el significado de los mañanas. Justo ahora, cuando debemos permanecer aislados del mundo real, en este confinamiento obligatorio -en una reclusión que nunca imaginamos- descubrimos que ni las redes sociales, ni internet, ni ese mundo virtual sustituyen los tan lejanos abrazos.

Hoy somos mucho más prisioneros, que nuestros ancestros, porque perdimos la comunicación interpersonal que tenían nuestros antepasados mucho antes de la pandemia, que indiscutiblemente cambiará _una vez más_ nuestra manera de comunicarnos.

Hoy -el más importante de los días- no sabemos qué hacer con las 24 horas de obligatoria convivencia familiar, a pesar de tener el mundo en un clique, eso no impide, que cada día que pasa, el encierro se haga más difícil, incluso para aquellos que prefieren vivir en la irrealidad de un ordenador, o en un sitio de relacionamiento, donde cada uno pone la mejor de sus mentiras _para parecer perfecto_ cuando en la imperfección, está la única realidad con la que tenemos que convivir, si al final queremos realmente ser felices.

Quizás cuando él AHORA sea mañana, entenderemos que lejos del peso de los bolsillos, de las apariencias de usar el último móvil o modelo de carro -lo único imprescindible- es tener a su lado a la persona cierta y saber que, a pesar de tantas soledades “siempre habrá alguien esperándote” allí, donde tú menos te lo imaginas.

lunes, 20 de abril de 2020

LA ISLA DE PÚA


En los 90 del pasado siglo, Cuba, ese lugar paradisiaco, solo para turistas extranjeros -principalmente occidentales- con su verde y fuerte moneda, la del eterno enemigo, se sumergió NO POR PRIMERA VEZ en una profunda crisis que el Lingüista en Jefe denominó eufemísticamente -Periodo Especial- Lo único que no escaseaba era la falta de todo, y en medio de esa hecatombe se le ocurrió al innombrable, convertir la isla en un queso _llenándola de inservibles huecos_ para protegernos del eminente ataque estadounidense “cosa hasta hoy improbable” y crear las pírricas Milicias de Tropas Territoriales (MTT), donde al contrario del Servicio Militar Obligatorio, incluían a las mujeres.

Es, en ese momento donde empieza mi historia o mi desventura. Vivía en “El Canal de Cerro” e imagino que ya sepan lo que eso significa. En ese espacio _territorio indomable_ casi nadie se interesaba por algo que no fuese ganar dinero -era, aún es- una fábrica donde se puede conseguir todo lo que nos prohíbe -la supuesta igualdad del hombre nuevo- aquella que, en el comunismo, solo es real en la televisión. En ese contexto, los extraños, éramos Evelio Toledo, pintor y caricaturista “Ya famoso” y yo -iniciante en los sueños- en esa barriada, a la que no renegare, a pesar de no tener el más mínimo deseo de volver al pasado.

Nos citaron para un entrenamiento de 15 días en una base militar ubicada, frente a esa desastrosa geografía llamada Alamar. Anteriormente ya nos habían dado los uniformes con los cuales deberíamos presentarnos en dicho campamento.

Al llegar a la Unidad Militar, nos recibió un oficial que, por mi incultura militar, no puede especificar sus grados. En ese mismo instante empezó nuestro calvario, ya que Evelio se había puesto la boina al final de su cabeza, y dicho oficial le inquirió que se la pusiese al inicio de su frente como estaba escrito en el reglamento, a lo que Evelio respondió que, debido a su ausencia de cabellos, su frente empezaba ahí. Todos nos reímos, pero yo que estaba a su lado me exalté más, y él en un gesto de solidaridad me dio unas palmadas.

Nos llevaron para una oficina donde estaba otro oficial con más estrella que el anterior y nos advirtieron que no admitirían relajamiento del reglamento militar, pues mientras estuviésemos ahí, responderíamos como soldado, y no como civiles. Evelio insistía en su teoría de la escasez de pelos para colocar su boina, y yo lo apoyaba, pues mi calvicie ya era inminente.

Después de unos treinta minutos nos mandaron a nuestra barraca, donde ya éramos dos personajes folclóricos, al siguiente día, Evelio, continuaba con su teoría de donde empezaba la frente y yo que ya había decidido que me era imposible pasar 15 días en ese lugar, seguía apoyándolo.

El oficial que nos recibió, decidió -no sé por qué motivo- no cuestionar más la teoría del pintor que no se cortó la oreja, pero tampoco pudo impedir el avance de su frente, y nos puso a él y a mí las tareas más difíciles de ese día. No bastándole con eso, nos dijo que deberíamos hacer la guardia del polvorín toda la madrugada.

Ese fue su mayor error, pues se olvidó que, al lado de la Unidad Militar, había una pizzería donde el ron Bocoy costaba 10 pesos _aún los dólares no eran verdad_ para los mortales de la isla. El primer turno de la guardia era de Evelio, de 12 a 4 am “el otro mío” pero, como éramos expertos, en rastrear todo lo que ayudase a evadir la realidad que vivíamos, fui a cambiar el contenido de nuestras cantimploras, por un líquido que solo bebemos los humanos -aunque a veces seamos inhumanos-

En la cerca de púa que dividía la ficción de la realidad, había un hueco que te llevaba directamente a la pizzería. Compré dos botellas de Bocoy, y ocho panes con mantequillas -no sean mal pensados- era lo único que había para comer. Llené las cantimploras con el ron “si es que podemos llamarlo así” y volví al polvorín, donde Evelio me esperaba.

Empezamos a beber esa fuga que ha demasiado tiempo ayuda a los nacidos en la mariconá tropical, a evadir la cotidianidad. Antes de las 2 de la mañana ya nos habíamos comidos los panes _y como no había peces_ no ayudaron en nada, el estado etílico se apodero de nosotros. Empezamos por quitarnos las camisas, las botas, descargar las AKM y tirarlas bien lejos -tan lejos- que quizás ahuyentase al inventado enemigo.

Al amanecer “para ellos” se apareció aquel oficial que nos habías recibido y nos mandó al unísono para el calabozo, donde permanecimos unas horas, antes de ser expulsos deshonrosamente de las abominables MTT. Como verán menos de 24 horas duramos en el intento de defender a la patria.

Hoy sé que ese sustantivo -gastado en inútiles consignas- solo ha creado guerras y divisiones casi siempre absurdas, y después de tantos exilios y huellas dejadas entre ceniceros “llenos de memorias apagadas” vasos vacíos _después de noches inútiles_ amores olvidados antes del amanecer, y mares que nunca pensé conocer. No tengo la menor duda de que mi patria es el cuerpo de la mujer amada.

lunes, 13 de abril de 2020

LA RUTA INFINITA



El mar ha sido una constante en mi vida, siempre he estado rodeado por esa maldita circunstancia del agua, como dijo el poeta, mucho tiempo después que Penélope se cansase de esperar que el azul le devolviese lo que le había robado, más allá del horizonte -donde empezaba el dolor de sus ojos-

Nacer en medio del salitre, teniendo como únicas fronteras la maresia y el cielo, te condiciona por toda la vida, aunque hayas vivido la mayor parte de tus años en ese continente llamado Brasil. Debo reconocer que, en los primeros abriles sentí falta _no de aquel lugar_ y si de los amigos/familias.

Fue entonces cuando recordé el refrán que dice: “Que los gatos tienen siete vidas” que cuando los tiran siempre caen de pie, que son desconfiados, mal agradecidos. Invariablemente son usados como ejemplos de animales independientes y nada sumisos a sus dueños.

Con los refugiados pasa algo similar, ya que cada vez que emprendemos un nuevo destino en la ya larga diáspora nacional, es como si volviésemos a nacer, con todas las dificultades de un parto no-natural, en vientre ajeno. Para seguir la comparación con los felinos, no olviden que generalmente, quienes toman los caminos del mar “que en la mayoría de los casos conducen al bien” lo hacen por su incapacidad de formar parte del dócil rebaño, que alimenta con su silencio, a las dictaduras.

Yo he nacido –quizás abortado– tres veces en estos años de lejanía. Ellos “que no son ustedes” me prohíben volver, el más triste de los verbos, a lo que en algún momento llamé patria, y que actualmente es solo “una fotografía” colgada en algunas de las tantas paredes que han abrigado mis sueños.  

Debo, insistir que no fue fácil romper el cordón umbilical con esa isla, pero hoy me considero un ciudadano universal con raíces más brasileiras que caribeñas. Sé que esta declaración puede traerme muchos problemas _no solo de interpretación_ en esta aldea llamada Miami “territorio de la discordia” donde he anclado mi andar en los últimos años.

Pero si partimos de la base que antes de las palabras surgen los pensamientos, les digo que aún pienso en portugués, que mis ideas bailan Bossa Nova, y que mi consciente “que nunca fue muy sensato” se resiste al español, y si todo esto les pareciese poco, no olviden que otra intrusa, pero necesaria lengua –me refiero al idioma– pide permiso para entrar.

Recuperar el habla que me parió se ha convertido en una batalla interior, ya que me niego a perder por esos azares de la desmemoria el idioma que me ha acompañado desde 1994, y al cual le agradezco gran parte de mi escritura -que es lo mismo que mi vida-.

Lo único que ha conseguido la diaria invasión de cubanidad, es hacerme sentir un imberbe, que trata de adaptarse a esa cultura primogénita, y hoy tan distante, esto quizás sucede por los años vividos al sur de los discursos, y por mi inmersión en ese otro lenguaje del que ya les hablé.

Me está costando mucho trabajo readaptarme no solo a esas incomprensibles jergas “traídas” por los recién escapados de del archipiélago rojo, a esa falta de educación del tan cacareado hombre nuevo, que, de nuevo, solo tiene el desconocimiento más elemental de la convivencia social.

Tampoco consigo entender la influencia del desgobierno de la isla en la cotidianidad de esta ciudad, que mantiene a un país entero con sus remesas. Aquí hay más comunistas que en la propia “Isla del Diablo” disfrutando de las ventajas del enemigo.

Me gustaría que todos esos cubanos, latinoamericanos y hasta los gringos -no olviden al viejo decrépito- aspirante a Presidente, me explicasen sus puntos de vista. Pero como ya estoy cansado de tanta retórica, prefiero parar por aquí, y prepararle una caipirinha a la mujer -amo- y que ha llenado todos mis vacíos.

lunes, 6 de abril de 2020

24 HORAS



Antes de continuar leyendo, es mejor que sepan que soy políticamente incorrecto. Si ustedes NO lo son -paren aquí-. Ofenderlos nunca ha sido mi intención, sólo quiero dar mi opinión sobre varios temas ahora que el mundo está una vez más en medio de una pandemia que amenaza su propia existencia.

Querría saber dónde está Greta Thunberg, esa niña -que más parece un ventrículo- o una de las gemelas sobrevivientes del genial filme de Stanley Kubrick “The Shining”, o de esa comedia llamada “The Addams Family”. Ella tan activa antes del Coronavirus, no sabemos ahora “cuándo más lo necesitamos” cuáles son sus iniciativas para salvar al planeta. Su silencio es solo comparable a su incompetencia de no saber qué hacer. Será que se agotó su vacío discurso, o que en este momento al acabárseles sus cómodos viajes alrededor del mundo, financiados con dinero de esas ONG que hoy también callan se recluyó de donde nunca debía haber salido.

Yo solo espero que todos esos apoyadores que forman parte de la segunda persona del plural, y que hasta hace poco se preocupaban con el medio ambiente -que no es más que la mitad- con la naturaleza, con las comidas vegetarianas (sin agrotóxicos) con la vida saludable en el campo hagan algo allende a sus inservibles arengas.

Debo confesar que siempre me dio nauseas sus disertaciones sobre el hábitat con la que todos esos ecologista se alarman, exigiendo la preservación de las ballenas, y olvidando que sus hijos viven embobados en sus ciber vidas tan lejana de lo que pregan, plácidamente en sus países del Primer Mundo _el segundo aún lo estamos buscando_ y tan distantes de lo que alaban sus despreocupados progenitores “que poco o casi nada se ocupan de su educación” pues confían en el sistema educacional capitalista que los educó a ellos y que ahora
tan hipócritamente critican. Es por ese motivo que su filosofía filantrópica no incluye a su familia.

Mi única preocupación con la naturaleza es cuando el hombre interviene en ella “soy un animal eternamente citadino”. Las metrópolis son las junglas donde el desarrollo demostró su superioridad. A pesar de que muchos de esos ambientalistas nacidos/crecidos en ellas, hoy quieren volver a la incivilización de sus antepasados.

Mientras más polución “mejor” nada me relaja más que el metro de San Paulo, ciudad donde pasé la mejor parte de mi vida -en la hora pico- con miles de personas corriendo de un lugar para otro, empujándose para llegar primero a sus destinos, ese es el verdadero calor humano -o será sudor humano-. Como ven soy un admirador de la naturaleza de concreto.

Ser políticamente incorrecto en una sociedad hipócrita como la nuestra exige mucha determinación, daré algunos ejemplos: fumaba sin importarme los carteles que lo prohibían, bebo hasta hoy, porque como dijo el gran borracho y ocasionalmente poeta Vinicius de Moraes: “El Whisky es el mejor amigo del hombre _es el perro embotellado_ y mientras más conozco a los hombres “aunque prefiero a las mujeres” más amo a mi perro.

Si todavía están leyendo no piensen que eso es lo peor. Soy de esa derecha que no se queda en el medio, entre Fidel y Pinochet. Pinochet “ambos asesinos” pero uno dejó su país a un paso del desarrollo, y el otro ya saben lo que quedó, de aquello que en algún momento llamaron “La Perla del Caribe”. Entre Bernie Sanders y Donald Trump -sin ninguna duda- el segundo.

Y ahora que el mundo está en el cautiverio del miedo por causa de esa epidemia que nos ha obligado a refugiarnos en lo que antes para muchos, era solamente una casa/apartamento, donde se iba a comer y dormir, me imagino qué no saben hacer, en las eternas 24 horas de convivencia. Si mi permiten un consejo, traten de transformar esa rutina en un hogar, en el más amplio sentido de la palabra, pues por experiencia propia les digo, que yo desde hace 2 años descubrí esa diferencia “y vivo en el paraíso” al lado de la más maravillosa de las mujeres.

Recuerden que en estos momentos poco importa si somos rojos o azules, porque lo absolutamente imprescindible es el amor, y tratar de salvar “si aún es posible” a este planeta, que al final es lo único que realmente nos une.

domingo, 29 de marzo de 2020

HUEVOS DE ORO



Tenía 15 años cuando me permitieron pasar mi primer fin de semana fuera de eso que algunos llaman hogar, sin saber su real significado. Meses antes mi abuela, una copia caribeña de Bernarda Alba me había dado la llave de casa -significó muchos más que aquella otra que carga la giraldilla- ese cataviento símbolo de una ciudad de rotas promesas.
A esa edad se tiene una sed inagotable de aventuras -había leído el mayor clásico de Daniel Defoe- aumentando aún más ese deseo tan típico de la adolescencia. Lo que no imaginaba era que mucho tiempo después también necesitaría el oficio de las letras para escapar de una realidad más cruel que la soledad, pero en ese momento me sentía tan héroe como aquel sobreviviente que pasó 28 años en una isla desierta, con la única diferencia de que ya había nacido naufrago de esa maldita circunstancia del agua por todas partes, como escribió un poeta entonces desconocido y después imprescindible.
No sabía qué hacer con esa falsa libertad de la adolescencia en un barrio donde era “El Blanquito de la Caridad”, y nadie más conocía a Robinson Crusoe, entonces se me ocurrió la idea de reunir a los cuatro amigos que teníamos un sueño común -ser oceanógrafos- para desvendar los misterios del azul que nos rodeaba, después de buscar varios destinos donde pudiéramos unir la recién conquistada emancipación y los deseos de mar, escogimos pasar el fin de semana en Puerto Escondido, una en aquel momento desconocida playa en Santa Cruz del Norte -pueblo famoso- por fabricar el único escape posible para los cubanos que no escogieron el camino de las aguas como futuro.
No recuerdo la guagua que cogimos ni el lugar exacto en que se encuentra ese paraíso -este dato nada aporta al texto- lo importante es que llegamos, felices de pasar por primera vez un fin de semanas lejos de las reprimendas de nuestros padres, que desconocían que además de todas las latas de comidas que nos habían dado, conseguimos -verbo común en el Canal del Cerro- unas botellas de ron para reafirmar nuestra independencia, al final como buenos machistas que debíamos ser, la bebida era el primer paso hacia la madurez.
Tratamos de armar la tienda de campaña con la inexperiencia que proporciona hacer algo por primera vez, después de hora intentando levantar esa tela que nos protegería de la noche, pero no de las estrellas conseguimos izar nuestra guarida. Quizás nos demoramos más de lo debido porque experimentamos mientras hacíamos el ejercicio de la sobrevivencia unos tragos de ron -entonces prohibitivos- todo lo cercenado tiene el sabor misterioso de lo desconocido. Entre el alcohol, y la inexperiencia de levantar una provisoria morada se nos escapó el reloj como ahora se escapan tus besos -allá del otro lado del mar- donde el tango es una identidad.
Llegó el atardecer ese tiempo indefinido -predilecto de los poeta- donde no sabemos si es el sol que muere o la luna que florece, dejemos eso para los críticos/teóricos de sus frustraciones y volvamos a nuestra historia.  
En ese instante donde la nada -lo es todo- apareció ella, arrastrándose hacia el mar con la lentitud/dolor de los que abandonan Ítaca y con la incertidumbre de no saber si algún día volverá a pisar eso que llaman patria -sustantivo con más de un significado- cuando se han dejado huellas en tierras hasta entonces desconocidas. Era la primera vez que veía ese animal fuera de los cristales de acuario y enseguida recordé a mi profesora de sexto grado -una de las mujeres más feas que he conocido- quizás por eso olvidé su nombre, pues como dice otro poeta: “Que me perdoem as feias, mas beleza é fundamental”.
Mientras ella seguía su lento caminar hacia ese mundo acuático que aún me fascina, pensé inconscientemente que la caguama y yo teníamos en ese instante algo en común -aún hoy mi realidad- ambos llevamos la casa a cuestas.
Pensar demasiado siempre ha sido uno de mis grandes problemas, perdido en ese mundo de ideas escuché el grito de Sisi: vamos a buscar el nido donde puso los huevos, todos corrían siguiendo las huellas de sus aletas, yo continuaba ensimismado en mis pensamientos y ahora con una nueva duda: no son los pájaros los que construyen nidos y ponen huevos -Aquí está- dijo Efraín escarbando con sus manos hasta encontrar centenas de huevos tan blandos que parecían gelatinas.
Cogimos como diez que fueron directamente al sartén que Ismael había puesto a calentar en una hoguera de gajos de uvas caletas. El revoltillo en pocos minutos estuvo listo, y empezamos a degustar eso que se convertiría en una pesadilla nunca olvidada. Tenían un sabor raro, era como si la sal hubiese nacido en su interior, pero quizás por el efecto etílico no percibimos eso.
Ahora que ha pasado más que un águila por el mar, recuerdo como si fuera hoy que mi/nuestro miembro empezó a levantarse como por arte de magia -yo como siempre en las nubes- pensé que algún encantador de serpientes -para ser sincero de majacitos- andaba por ahí encantando imberbes.
Masturbarnos fue la reacción colectiva y espontanea para tratar de calmar los deseos y los dolores de cojones -discúlpenme- pero en esta parte de la historia no cabe ninguna metáfora. Pasaron minutos que se convirtieron en horas que se volvieron infiernos sin eyacular y con un dolor insoportable en los testículos.
No olvidemos que con 15 años se tienen las hormonas a flor de pene, y hasta una sardina la gente se singa -lástima que no hubiese ninguna cerca- y que gracias a Yemayá, la tortuga devoradora de pingas -según Cabrera Infante- ya navegaba tan lejos como lo hice yo tiempo después.
Dejamos todo el campamento y el sueño de la libertad para buscar ayuda, proporcionada por el chofer de otra guagua, cuya marca llevaba el nombre de una playa donde por desgracia se consolidó la mariconá tropical, en el trayecto Maulio recordó que era prohibido comer los huevos y cazar a ese animal tan parecido a aquella profesora, entonces como Cerranos -del mismísimo Canal- hicimos un pacto de silencio.
El chofer nos dejó en el policlínico del pueblo. Al entrar en la sala de emergencias parecíamos los Tres Mosqueteros -que en realidad eran cuatro- con sus espadas listas para la batalla, una doctora muy joven nos preguntó que habíamos hecho o comido para llegar en ese estado, con los sables que parecían recién nacidos del fuego -o sea al rojo vivo- de tanto intentar vaciar su interior “NADA” fue la respuesta colectiva delante de su pícara sonrisa/científica, antes de colocarnos suero en vena y hielo en lo que nos quedaba de los floretes, que al final no cortaron ni siquiera una tilapia.
Mucho tiempo después, y antes que Braulio casi sufriese un paro cardiorrespingatorio por la despiadada mordida de la innombrable, supe que los huevos de tortugas son uno de los más poderosos afrodisiacos que existen, pero esa información como en la mayoría de las veces, llegó tarde.

lunes, 23 de octubre de 2017

UN SOLAR LLAMADO FACEBOOK*


El 20 de octubre pasado tuvo lugar el lanzamiento del libro Meditaciones de Cantinflas o el intérprete digital en la Sociedad del Disparate, del escritor Armando Añel, en el encuentro literario Viernes de Tertulia, que conduce el también escritor Luis de la Paz. Añel plantea en su libro que vivimos en una sociedad donde han cambiado ciertas conductas a partir del surgimiento y popularidad de las redes sociales, principalmente el Facebook, y de la tecnología en general.

Luis de la Paz, en la conversación previa al lanzamiento, cuestionaba con bastante insistencia si era necesaria una mayor regulación de esas redes, que ya tienen sus propias normas de censura y castigos para quienes las incumplen. Particularmente, estoy a favor de ese exceso de libertad o libertinaje –como se le quiera llamar–, creo firmemente que cada individuo tiene el libre arbitrio de escoger qué ver y de permitir quién puede visualizar sus posts, por ese motivo entiendo innecesaria una censura a partir de alguien –llamase dueño– de la red social en la que por voluntad propia participamos.

Mientras pensaba en todo eso, desde la última fila del local evocaba mis inicios en el Facebook y la alegría que me proporcionó esta plataforma al reencontrar a amigos y conocidos que hasta ese instante solo habitaban en la memoria. Trate también de recordar los sucesos incómodos que provoca todo tipo de colectividad, lo mismo si esta es virtual como si no, y aún más hoy, cuando lo virtual ya se impone en muchos casos a una realidad que siempre será despiadada con nuestros sueños; es ese el principal motivo por el cual la virtualidad ha sustituido impiadosamente a la realidad. En la red puedo ser como siempre soñé, cuelgo una foto bien distante de mi espejo, creo un perfil virtual y, desde ese instante, ese otro yo sustituye al yo que siempre he negado. Nada más cómodo y fácil para crear todas esas personalidades que llevamos en el subconsciente.

Las redes sociales se han convertido en grandes solares donde la privacidad ha dejado de ser un elemento fundamental en la convivencia social, conozco muchas personas alarmadas con este hecho. Quizás el haber nacido en el Canal del Cerro y crecido entre solares, donde siempre la privacidad fue un objeto de lujo, me permite sentirme más ambientado en este Gran Solar Universal y Virtual llamado Facebook, y dar y recibir de él solo lo mejor.

En mi modesta opinión, más allá de cómo trata el tema Armando Añel en su libro, la Sociedad del Disparate no es más que el resultado de la evolución, o involución en algunos casos, de la raza humana. Si nos remontamos a la época del hombre de las cavernas, veremos que uno de los primeros lenguajes usados, mucho antes que las palabras, fue el del dibujo grabado en sus grutas, y hoy, miles de años después, volvemos a sustituir las palabras por dibujos más tontos y menos didácticos llamados Emojis. ¿No será esto un retroceso virtual a la era paleolítica, donde entre otras características se vivía sin ninguna privacidad en una colectividad donde se obedecía al más fuerte físicamente? Hoy vivimos igual, obedeciendo al más fuerte… pero económicamente. A lo largo de los siglos, lo único que han hecho las sociedades es reciclar ideas y llevarlas a la modernidad de su tiempo.

Otro de los “grandes logros” de la internet es el selfie. Hoy todo el mundo, incluso en la más ridícula de las situaciones, se tira un selfie para enseguida colgarlo en la red. Aquí volvemos a la discusión del fin de la privacidad. Yo particularmente no lo creo, porque la privacidad es unipersonal y como tal depende de la decisión de cada cual.

Analicemos literalmente qué es un selfie: se trata de un autorretrato digital, o sea, podemos decir que Van Gogh, Goya, Rembrandt, son algunos de los precursores del selfie. Y si esta teoría que sostengo llegara a ser comprobada científicamente, veríamos que desde los inicios de la humanidad hemos vivido en la Sociedad del Disparate. La única diferencia es que ahora se han eliminado las fronteras geográficas y desde la tela de mi laptop puedo navegar a cualquier parte del universo, incluso a tu casa si me lo permites.

*Publicado originalmente en Neo Club Press.