En Miami “paraíso de los ayeres” es inevitable recordar
hechos que nos marcaron. Siempre que encontramos a amigos de aquellos años
donde el azul aún abarcaba todos sus significados, volvemos inexorablemente a
revivir esas anécdotas que en algún momento del exilio parecían
olvidadas.
Aquí como ya escribí en otras en ocasiones, reencontré hermanos que estaban perdidos entre el destierro y la ineludible desmemoria provocada por el perfecto oficio del tiempo -aunque esto parezca cruel- olvidar a veces es urgente para poder sobremorir el presente, otra forma de vivir.
Si a todo esto sumamos que ya estamos arribando al medio siglo de existencia, podemos entender que esas remembranzas son un antídoto contra el Alzheimer. Para los que aún dudan de esa afirmación les contaré una de las más extravagantes, que me la rescató en una de esas noches de ronda _no puedo librarme de los boleros_ mi eterna amiga Liesel Inmaculada, una de las mujeres más bella que habitan mi soledad.
Ella Cerrana al igual que
yo, conoce casi todo mi pasado, como yo el suyo, por eso cuando nos vemos,
caemos invariablemente en ese túnel de memorias que llevan las personas que ha
vivido un poco más de lo imaginado.
Entre risa y tragos me hizo recordar que más o menos
en el año 85 o 86 -nunca he sido bueno con los números- del pasado siglo me
sucedió algo casi surrealista, cosa no extraña en un país que vive de la
imaginación “les aclaro que esta afirmación es literal” y ya sin más preámbulo
les cuento lo sucedido.
Después de pasar toda la
noche en el Festival Internacional de Jazz, que se celebraba en la Casa de la
Cultura de Plaza, en calzada y 8. Este número parece emblemático para los
cubanos, pues aquí esa calle es una de las más populares al igual que aquella
otra. Nos fuimos un grupo de amigos para casa de una actriz, muy popular en
aquellos tiempos, gracias a una serie televisiva de corte juvenil con fuerte
carga ideológica _pero eso se escapa del tema_ al irse todos los invitados, la
anfitriona y yo no sabíamos qué hacer. Entonces optamos por la más prácticas
de las soluciones, vamos a singar me dijo, yo que en aquel tiempo estaba más
enfermo que ahora y también sin medicare me rendí a su pedido.
Hubiese sido una templeta normal a no ser por las
consecuencias de la misma. Ella desprovista de toda civilidad o quizás con un
hambre desproporcionar me mordió aquel miembro que podemos llamar de varias
formas. Es en esta parte de la historia donde empieza mi odisea, les cuento
esto para que se preparen para la tragicomedia.
Al despertarme e ir a
orinar, me espanté con lo que sostenía mi mano derecha, nunca pensé que pudiese
alcanzar tal tamaño y grosor. Era algo que se asemejaba a un destupidor de
inodoros, estaba tan hinchada “ironía del idioma de nombrar femenino al más
masculino de los miembros” que había adquirido vida propia y se negaba a volver
al calzoncillo, aunque no lo crean hasta un corazón que latía de forma más
acelerada que lo normal le había nacido. Al aumentar las palpitaciones sentí
que podría sufrir un paro cardiorrespingatorio, por eso y sin pensarlo dos
veces, contradiciendo su voluntad de no regresar al calzón, fui a buscar ayuda
con mi amiga y médica Vivian, que aún debía estar durmiendo, pues me abrió la
puerta de pijama con ese letargo que deja el sueño segundos después de abandonarnos.
Como estaba desesperado no calculé las palabras ciertas
para decirle lo que me pasaba, y simplemente le solté de sopetón: Me mordieron
la pinga. Ella –Vivian- no el miembro agredido, pidió que le enseñase lo que en
algún momento fue normal. Se espantó con la visión que descansaba en mi mano, y
después de analizarla profesionalmente _no sean mal pensado_ decidió que
debíamos irnos a la Covadonga.
Al llegar al hospital,
fue a buscar a unos médicos amigos suyos que trabajaban allí. Cuando les mostré
lo que me quedaba, también dijeron que nunca habían visto algo parecido. Ante
tanto asombro fui ingresado inmediatamente, empezando un tratamiento a base de
sueros y penicilina, acompañados de curaciones diaria que dolían mucho, por la
falta de colaboración del miembro que al parecer cada vez más le gustaba tener
vida propia, y se negaba a quedarse quieto ante la generosidad de las
enfermeras que se esmeraban en retirarme y volver colocar delicadamente las
venda que habían convertido a mi falo en una copia casi perfecta de la momia
Tutankamón. Tanta amabilidad en el
manoseo de ese corazón anómalo hacían que se despertarse con solo ver la
entrada en la sala de las mismas, provocándome una inmensa vergüenza, aplacada
por la compresión de esas dignas profesionales de la salud que no se importaban
con el atrevimiento de mi nuevo corazón, y trataban de disminuir mi pena
diciendo que eso era algo normal.
Si la memoria no me falla creo que me pase más de una
semana en esa rutina, y que en ese tiempo desfilaron por el Hospital muchos
amigos que por ya ser famosos, hicieron de mí o de él “recuerde que tenía vida
independiente” el más popular de los pacientes.
Al salir del hospital
busqué insistentemente a la carnívora pero parecía que la tierra se la hubiese
tragado, hasta que la reencontré una noche de diciembre en el Festival del
Nuevo -manía de los dictadores de negar el pasado- Cine Latinoamericano, en la
piscina del Hotel Nacional, acompañada de Francis Ford Coppola, y de Eliseo
Subiela.
Cuando me dirigí hacia ella, se horrorizó, y al percibir
que era inevitable el encuentro me preguntó: Cómo estás, bien pero por favor la
pinga no me la muerdas más, si tienes hambre avísame y te invito a comer.
Coppola, sonrió con aquel gesto de los que no entienden nada, pero Subiela, que
lo comprendió todo, miró al Sudeste.

Que cosa más vacilable, brother. Me encantó el término "cardiorrespingatorio". Estaba en el estadio de los Marlins cuando leí tu blog y me reía solo en el press box y la gente me miraba como si estuviera loco
ResponderEliminarMe encantó!!! Te mando un saludo!!!
ResponderEliminarSocio, ya es hora de escribir la novela!
ResponderEliminarjajajajaja riendome a carcajadas, quizas pensaran que estoy loco, nos vemos pronto y espero escuchar mas de esta anécdota. saludos cordiales
ResponderEliminaranécdota para reir, jajaja que buena socio, espero visitarte pronto. saludos
ResponderEliminarEres un jodido vacilador, me encantó.
ResponderEliminarJajajajjjjj! Ay Azucar!!
ResponderEliminarSaludos Yaima.
Jajajajaaaaaaa....ay!!!De eso no me enteré...Tu estás seguro que fué antes del 87?Esto está mejor que decirle a los policías que no llevabas medias porque eres artista!!!Un abrazo.
ResponderEliminarJajajajajajajaaaaaaay!!!Esa anécdota está mejor que la del polícia que recibió la aclaración de que no llevabas medias porque eres artista...Tu estás seguro que fué antes del 87...y por qué no me enteré?!Me he partido de la risa con tu paro cardiorespingatorio!!!Eres el mejor Azuqui!!!Un abrazo.
ResponderEliminarMe reí con tu relato. Pienso que si le hubieras mostrado a Coppola y a Subiela el aparato herido, alguna coproduccion (mirando al norte)llevarian a cabo.
ResponderEliminarMagnífico Javi, me he reído como hacía tiempo, gracias hermano por el desenfado y la buena onda.
ResponderEliminarUn abrazo LaPitu
Todavía me estoy riendo, bueno ya pasó el susto, pero debes haberte sentido muy remal.
ResponderEliminarBuenísimo, asere. Y sí, tienes razón. A veces para seguir adelante es necesario olvidar.
ResponderEliminarEl cardiorepingatorio jajajaja muy bueno Javier la unica vez que a mi se me desproporciono fue por hacerlo en la playa adentro del agua y el bikini al parecer hizo su estrago.
ResponderEliminarjaja, muy bueno, javie, abrazos.
ResponderEliminarSindo
Jajajajaja! Es terrible la historia, pero deliciosa... Jajajajajaja! Gracias!
ResponderEliminarLo puse en Twitter sin tu permiso... ABRAZO!
como siempre disfrutando al leerte..jajaja...terrible experiencia ...jajajajaja
ResponderEliminarDesternillado de la risa con tus cosas, Javi. Y el final es una joya, jajaja. Abrazo bother
ResponderEliminarExcelente para comenzar la semana sonriendo y alegre!!!
ResponderEliminar¡Me he reído tanto!...
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