La primera vez que oí hablar de millones o de algunas personas que poseían
muchos más números de los que cabían en la cabeza de un niño fue en 1970 cuando
un coro de pueblo enardecido vociferaba
– muchos aún creían en la mentira – de qué Van Van, y no se referían a la hoy
famosa orquesta que tomó su nombre de esa consigna. Sus gritos hacían alusión a
uno de los tantos fracasos de eses megalómano llamado Fidel Castro, que en su
deliro de grandeza, y quizás exaltado por la excesiva dosis de Whiskey
americano Jack Daniel - no olviden que según él - hay que conocer al enemigo
para destruirlo predijo que si se produjese una zafra azucarera que alcanzase los
10 millones, el país saltaría como por acto de magia hasta al desarrollo que él
mismo se había encargado de frenar.
En esa época tenía 8 años, y trataba de imaginar el inmenso trabajo que
pasaban las personas que debían contar caña por caña esa increíble cifra de 6
ceros. En mi lógica infantil resultaba más difícil el ejercicio matemático que
el esfuerzo físico, además me parecía injusto que todo el suceso y la fama
provocada por esa hazaña quedara solamente en el campo de la musculatura.
Como sucede con cualquier infante que no es estimulado específicamente en
alguna habilidad, esa palabra se esfumó de mi cotidiano de la misma forma que
desaparecieron misteriosamente muchas más cosas que vocablos en esa isla desde
aquel infausto enero.
No volví a escucharla hasta mediado de esa década, y está
vez me resultó muy difícil entender el uso que le daban, ya que en ese lapsus
de tiempo aprendí que su significado primordial era
monetario.
Si alguien – sujeto desconocido – tenía esa inmensa cantidad de cero a la
derecha, por qué a Popó, alias periódico; Gilbertico, el zapatero y a Jesús, el
ambientoso; todos muertos de hambre – les llamaban de millonarios.
El uso de ese
calificativo me intrigaba. Además, un millonario debía cuidar de su negocio, y
siempre creí que el de ellos fuese la esquina de Florencia y Buenos Aíres. Si
eso era cierto, cómo explicar sus ausencias, que a veces duraban semanas.
En ese tiempo de
invisibilidad imaginaba que iban a buscar parte del dinero que les permitía
vestirse con los pantalones campanas y camisas manhattas, confeccionadas por el sastre del barrio - el
generoso Marcial - y las plataformas hechas por el propio Gilbertico.
Pero todas esas reflexiones se desmoronaban, al verlos aparecer con aquel
aguaje característico de los hombres duros de matar – mucho antes de la
película - y en la vida real, con unas caras tan serias que en nada se
asemejaba a lo que en aquellos tiempos creía fuese un millonario.
Esa seriedad aumentaba mi duda sobre el real significado de ese sustantivo,
cuando escuchaba que le habían mandado 70 millones. De dónde se los mandaron si
sus familias vivían en el solar de María Antonia “La Monga”, hermana de Popó,
la que singaba con todos los adolescentes del barrio - asere para por ahí que
esa es otra talla, vuelve pa`la que está contando – y además, no tenían ni
donde caerse muertos.
Con seguridad algún amigo secreto vivía en la Yuma, aunque para serles
sincero yo no sabía muy bien donde quedaba ese lugar. En la escuela lo llamaban
de Estados Unidos, y decían que era nuestro mayor enemigo y el culpable de
todas nuestras desgracias pero en el barrio se hablaba todo lo contrario. En la
Yuma todos los cubanos que llegaban se volvían millonarios al otro día, no
sabía en quién creer. Teresita, mi profesora, y primer amor, la mujer más linda
que conocía, con ese pelo largo y rubio, profería improperios de ese país, pero
algunos años después se fue en una balsa - tal vez la necesidad la hizo cambiar
de opinión - En ese tiempo todavía no sabía que la mentira tiene las mismas
caras de su antípoda.
Cuando ya la duda no paraba de atormentarme, le pregunté a Sisi, que era el
más viejo de los amigos, y mucho más experto en la cotidianidad del barrio. Si
ellos son millonarios, por qué viven en un Solar, qué hacen con su dinero.
Antes de responderme su risa abarcó todo los rincones del Canal - increíblemente,
aún la siento en estos momentos de escritura - Son millonarios por la cantidad
de penicilinas que les mandan, quién les mandó a templarse todas esas mujeres
sin preservativos, aunque para ser sincero, de poco o casi nada les serviría
que lo usasen, no olviden que los condones que nos vendían en esa época venían de
la Unión Soviética, y los bolos, como todos saben son cortos de cabilla.
Esa aclaración que me sirvió en aquel momento, al analizarla hoy descubro que
desde el primer minuto que se instauró la mariconá tropical en la isla, el
deporte nacional dejó de ser el beisbol, y pasó a ser la singueta. Hasta este preciso
instante que escribo, Cuba - el paraíso comunista – solo pierde para Filipinas,
en la cantidad de mujeres y hombres que se dedican al más viejo de los oficios.
Por
ese motivo, y en honor a todos los millonarios de mi barrio, les propongo cambiar
la trillada frase con que el comediante en Jefe, y ahora su hermano,
acostumbran a cerrar sus discursos, por una más acorde con la realidad. Qué les
parece esta: Sin Patria Pero Singamos.

Estás compitiendo con la Zoe...te mandaste Azuquita!!!Me gusta tu Post y hasta lograste arrancarme una carcajada.Gracias!!!Un abrazo.
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