Recuerdo que cuando vivía en Brasil, y llegaba
el otoño me invadía un sentimiento de soledad que rompía todo mi interior, solamente
comparado con las hojas que caen de los árboles -lentamente sin perder su
belleza-, aún después de muertas cuando poblaban mi mirada, mientras bebía el
cappuccino que no alcanzaba para apagar la tristeza, pero que inspiraba unas
letras menos frías que las que habitaban en mi pecho.
A pesar de que por primera vez en mi vida,
sentirme libre en el más amplio sentido de la palabra, esa conmoción no me
abandonaba. Con el pasar de los años uno se va a acostumbrando a la infelicidad
“aunque no estaba solo al amanecer” con la misma resignación que sentimos al
abandonar aquella isla _hoy tan distante_.
Un día, ya haces algunos otoños tuve que izar
nuevamente velas y anclar en el menos pensados de los destinos. Esa otra
geografía copia del archipiélago que ya nada inspira. Llegar aquí /ustedes
saben dónde/ fue volver a un pasado no deseado y relegado entre el Fútbol y el
Samba.
Reencontrar viejos amigos, una culinaria casi
olvidada y esa manera tan peculiar en que se expresan los nacidos, donde la
mentira y el salitre todavía conviven, fue todo un ejercicio de paciencia y
aprendizaje como el niño que va por primera vez a la escuela.
Aquí, donde la discordia persiste, seguí
sintiendo a cada otoño el mismo vacío, la misma sensación de soledad, ni los
amigos ni los amores fortuitos pudieron borrar ese estremecimiento de mirarse
al espejo y saberse incapaz de ser feliz.
Toda la alegría me parecía vedada, y yo
insistía en la tristeza (renombrada de Saudade) como el único posible estado
hasta encontrarla a ELLA. Sí, porque YO la busqué y la encontré al sur de toda
posibilidad y contra todas las adversidades, donde parecía imposible el camino
que me llevaría al nirvana, pero YO con la perseverancia de los necios sabía
que mi destino estaba indisolublemente ligado a ELLA. Después de hallarla no tuve
la menor duda de que todo mi pasado sería borrado porque quería renacer entre
sus piernas, amanecer en sus deseos y nunca más alejarme de su ser.
Ahora que regresa esa estación mi sentir es
diametralmente opuesto al de años atrás, aprendí a disfrutar el gris de sus
atardeceres, sentando frente al mar, _junto
a Laura_ en ese parque que ya nos pertenece y que es cómplice de nuestra
felicidad. A deleitarme con su brisa mezclada con el olor a maresia/salitre que
se acopla perfectamente en el eterno y cálido abrazo capaz de incendiar
nuestros cuerpos, mientras vemos desfilar los yates, y ahogarse el sol en el
mar “allá donde las pupilas sueñan” del otro lado de la bahía cuando se prenden
las luces del Downtown de Miami anunciando que estoy finalmente curado de los
Otoños y las Saudades.





