lunes, 27 de abril de 2020

LAS SOMBRAS DEL PASADO



Huir es el más fácil de los verbos, cuando se ha nacido en un lugar donde hasta hoy se espera el “tan prometido futuro” solo que para eso debemos renunciar a lo único que teníamos en esa cárcel rodeada de agua -los amigos/familia- y enfrentarnos a la cruel realidad del exilio, con la eterna compañía de los recuerdos, que también en algún momento debemos dejarlos en el camino, si queremos sobrevivir en un mundo tan diferente al que crecimos, porque al competir con ellos _cualquier pasado por muy triste que haya sido_ puede engañosamente parecernos mejor, debido a nuestra debilidad de enfrentar lo desconocido.    

Con toda esa carga llegamos a un destino, que muchas veces no escogimos, simplemente nos aferramos a él, pues era una cuestión de “vida o mar”. En mi caso escapé gracias a las letras, aún sigo escapando gracias a ellas _pero ahora de otra manera_ a São Paulo, Brasil, para participar de la Bienal del Libro, y desde el primer instante sentí que era el mejor de los lugares para cobijar las ausencias interminables y las dudas del mañana. A pesar de la barrera idiomática, algo nunca explorado más allá de la lengua de Cervantes, debo reconocer que las raíces latinas de ambos idiomas me ayudaron no solo a dominarlo, sino también a estabilizar mi vida económica en esa ciudad de -pupilas de concretos- eternamente abiertas.

Ganaba lo suficiente para mantenerme y alquilar un espacio donde guarecerme de las estrellas porque “la madrugada es la peor de todas las saudades”. Supuestamente debía estar feliz, pero descubrí que la infelicidad es un estigma que llevamos los nacidos en la antes llamada -Perla del Caribe- algo que ni los nuevos amigos, ni la “no falta de amores” podían impedir. Me sentía más solo que un náufrago dentro de una botella con pedido de S.O.S quizás ese sentimiento fuese lo que llamamos _Síndrome de Estocolmo_

Esa angustia me acompañó por muchos años, incluso después de una vez más, haber atravesado el camino de las aguas “hasta este apéndice de Cuba” donde conviven todas las virtudes y los defectos de los nacidos antes y después del 59, desgracia tropical del pasado siglo.

Hasta poco tiempo atrás, deambulaba sin rumbo, sin saber -por qué no me importaba- dónde o con quién iba a amanecer. Quizás me había acostumbrado a ese infortunio que sienten como “karma” los que tuvimos que abandonarlo todo -aunque TODO fuese la NADA-.  

Vivía aceptando la cotidianidad como destino, creyendo que tenía que conformarme con la rutina de parecer feliz, a pesar de que mi sonrisa siempre se rompiera delante del espejo _pero eso no lo veían ustedes_ pues la apariencia importa mucho más que la realidad.

Toda esa infelicidad acabó, cuando descubrí a la más maravillosa de las mujeres, discúlpenme la otras -nunca he querido apartarlas- en el menos impensado de los lugares, al sur, ese lugar que también existe, como ya escribió Benedetti. 

 Ya sé que he dicho esto muchas veces, pero deben eximir mi insistencia, solamente deseo que les llegue a sus vidas una persona, capaz de cambiar su rutina, alguien que, como Laura, solo conozca el significado de los mañanas. Justo ahora, cuando debemos permanecer aislados del mundo real, en este confinamiento obligatorio -en una reclusión que nunca imaginamos- descubrimos que ni las redes sociales, ni internet, ni ese mundo virtual sustituyen los tan lejanos abrazos.

Hoy somos mucho más prisioneros, que nuestros ancestros, porque perdimos la comunicación interpersonal que tenían nuestros antepasados mucho antes de la pandemia, que indiscutiblemente cambiará _una vez más_ nuestra manera de comunicarnos.

Hoy -el más importante de los días- no sabemos qué hacer con las 24 horas de obligatoria convivencia familiar, a pesar de tener el mundo en un clique, eso no impide, que cada día que pasa, el encierro se haga más difícil, incluso para aquellos que prefieren vivir en la irrealidad de un ordenador, o en un sitio de relacionamiento, donde cada uno pone la mejor de sus mentiras _para parecer perfecto_ cuando en la imperfección, está la única realidad con la que tenemos que convivir, si al final queremos realmente ser felices.

Quizás cuando él AHORA sea mañana, entenderemos que lejos del peso de los bolsillos, de las apariencias de usar el último móvil o modelo de carro -lo único imprescindible- es tener a su lado a la persona cierta y saber que, a pesar de tantas soledades “siempre habrá alguien esperándote” allí, donde tú menos te lo imaginas.

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