En los 90 del pasado siglo, Cuba, ese lugar
paradisiaco, solo para turistas extranjeros -principalmente occidentales- con su
verde y fuerte moneda, la del eterno enemigo, se sumergió NO POR PRIMERA VEZ
en una profunda crisis que el Lingüista en Jefe denominó eufemísticamente -Periodo
Especial- Lo único que no escaseaba era la falta de todo, y en medio de esa
hecatombe se le ocurrió al innombrable, convertir la isla en un queso _llenándola
de inservibles huecos_ para protegernos del eminente ataque estadounidense “cosa
hasta hoy improbable” y crear las pírricas Milicias de Tropas Territoriales
(MTT), donde al contrario del Servicio Militar Obligatorio, incluían a las
mujeres.
Es, en ese momento donde empieza mi historia o
mi desventura. Vivía en “El Canal de Cerro” e imagino que ya sepan lo que eso
significa. En ese espacio _territorio indomable_ casi nadie se interesaba por
algo que no fuese ganar dinero -era, aún es- una fábrica donde se puede
conseguir todo lo que nos prohíbe -la supuesta igualdad del hombre nuevo- aquella
que, en el comunismo, solo es real en la televisión. En ese contexto, los
extraños, éramos Evelio Toledo, pintor y caricaturista “Ya famoso” y yo -iniciante
en los sueños- en esa barriada, a la que no renegare,
a pesar de no tener el más mínimo deseo de volver al pasado.
Nos citaron para un entrenamiento de 15 días
en una base militar ubicada, frente a esa desastrosa geografía llamada Alamar.
Anteriormente ya nos habían dado los uniformes con los cuales deberíamos
presentarnos en dicho campamento.
Al llegar a la Unidad Militar, nos recibió un
oficial que, por mi incultura militar, no puede especificar sus grados. En ese
mismo instante empezó nuestro calvario, ya que Evelio se había puesto la boina
al final de su cabeza, y dicho oficial le inquirió que se la pusiese al inicio
de su frente como estaba escrito en el reglamento, a lo que Evelio respondió que,
debido a su ausencia de cabellos, su frente empezaba ahí. Todos nos reímos,
pero yo que estaba a su lado me exalté más, y él en un gesto de solidaridad me dio
unas palmadas.
Nos llevaron para una oficina donde estaba otro
oficial con más estrella que el anterior y nos advirtieron que no admitirían
relajamiento del reglamento militar, pues mientras estuviésemos ahí, responderíamos
como soldado, y no como civiles. Evelio insistía en su teoría de la escasez de
pelos para colocar su boina, y yo lo apoyaba, pues mi calvicie ya era inminente.
Después de unos treinta minutos nos mandaron a
nuestra barraca, donde ya éramos dos personajes folclóricos, al siguiente día, Evelio, continuaba con su teoría de
donde empezaba la frente y yo que ya había decidido que me era imposible pasar
15 días en ese lugar, seguía apoyándolo.
El oficial que nos recibió, decidió -no sé por
qué motivo- no cuestionar más la teoría del pintor que no se cortó la oreja,
pero tampoco pudo impedir el avance de su frente, y nos puso a él y a mí las
tareas más difíciles de ese día. No bastándole con eso, nos dijo que deberíamos
hacer la guardia del polvorín toda la madrugada.
Ese fue su mayor error, pues se olvidó que, al
lado de la Unidad Militar, había una pizzería donde el ron Bocoy costaba 10
pesos _aún los dólares no eran verdad_ para los mortales de la isla. El primer
turno de la guardia era de Evelio, de 12 a 4 am “el otro mío” pero, como
éramos expertos, en rastrear todo lo que ayudase a evadir la realidad que
vivíamos, fui a cambiar el contenido de nuestras cantimploras, por un líquido
que solo bebemos los humanos -aunque a veces seamos inhumanos-
En la cerca de púa que dividía la ficción de
la realidad, había un hueco que te llevaba directamente a la pizzería. Compré dos
botellas de Bocoy, y ocho panes con mantequillas -no sean mal pensados- era lo
único que había para comer. Llené las cantimploras con el ron “si es que
podemos llamarlo así” y volví al polvorín, donde Evelio me esperaba.
Empezamos a beber
esa fuga que ha demasiado tiempo ayuda a los nacidos en la mariconá tropical, a
evadir la cotidianidad. Antes de las 2 de la mañana ya nos habíamos comidos los
panes _y como no había peces_ no ayudaron en nada, el estado etílico se apodero
de nosotros. Empezamos por quitarnos las camisas, las botas, descargar las AKM
y tirarlas bien lejos -tan lejos- que quizás ahuyentase al inventado enemigo.
Al amanecer “para ellos” se apareció
aquel oficial que nos habías recibido y nos mandó al unísono para el calabozo,
donde permanecimos unas horas, antes de ser expulsos deshonrosamente de las abominables
MTT. Como verán menos de 24 horas duramos en el intento de defender a la patria.

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