lunes, 20 de abril de 2020

LA ISLA DE PÚA


En los 90 del pasado siglo, Cuba, ese lugar paradisiaco, solo para turistas extranjeros -principalmente occidentales- con su verde y fuerte moneda, la del eterno enemigo, se sumergió NO POR PRIMERA VEZ en una profunda crisis que el Lingüista en Jefe denominó eufemísticamente -Periodo Especial- Lo único que no escaseaba era la falta de todo, y en medio de esa hecatombe se le ocurrió al innombrable, convertir la isla en un queso _llenándola de inservibles huecos_ para protegernos del eminente ataque estadounidense “cosa hasta hoy improbable” y crear las pírricas Milicias de Tropas Territoriales (MTT), donde al contrario del Servicio Militar Obligatorio, incluían a las mujeres.

Es, en ese momento donde empieza mi historia o mi desventura. Vivía en “El Canal de Cerro” e imagino que ya sepan lo que eso significa. En ese espacio _territorio indomable_ casi nadie se interesaba por algo que no fuese ganar dinero -era, aún es- una fábrica donde se puede conseguir todo lo que nos prohíbe -la supuesta igualdad del hombre nuevo- aquella que, en el comunismo, solo es real en la televisión. En ese contexto, los extraños, éramos Evelio Toledo, pintor y caricaturista “Ya famoso” y yo -iniciante en los sueños- en esa barriada, a la que no renegare, a pesar de no tener el más mínimo deseo de volver al pasado.

Nos citaron para un entrenamiento de 15 días en una base militar ubicada, frente a esa desastrosa geografía llamada Alamar. Anteriormente ya nos habían dado los uniformes con los cuales deberíamos presentarnos en dicho campamento.

Al llegar a la Unidad Militar, nos recibió un oficial que, por mi incultura militar, no puede especificar sus grados. En ese mismo instante empezó nuestro calvario, ya que Evelio se había puesto la boina al final de su cabeza, y dicho oficial le inquirió que se la pusiese al inicio de su frente como estaba escrito en el reglamento, a lo que Evelio respondió que, debido a su ausencia de cabellos, su frente empezaba ahí. Todos nos reímos, pero yo que estaba a su lado me exalté más, y él en un gesto de solidaridad me dio unas palmadas.

Nos llevaron para una oficina donde estaba otro oficial con más estrella que el anterior y nos advirtieron que no admitirían relajamiento del reglamento militar, pues mientras estuviésemos ahí, responderíamos como soldado, y no como civiles. Evelio insistía en su teoría de la escasez de pelos para colocar su boina, y yo lo apoyaba, pues mi calvicie ya era inminente.

Después de unos treinta minutos nos mandaron a nuestra barraca, donde ya éramos dos personajes folclóricos, al siguiente día, Evelio, continuaba con su teoría de donde empezaba la frente y yo que ya había decidido que me era imposible pasar 15 días en ese lugar, seguía apoyándolo.

El oficial que nos recibió, decidió -no sé por qué motivo- no cuestionar más la teoría del pintor que no se cortó la oreja, pero tampoco pudo impedir el avance de su frente, y nos puso a él y a mí las tareas más difíciles de ese día. No bastándole con eso, nos dijo que deberíamos hacer la guardia del polvorín toda la madrugada.

Ese fue su mayor error, pues se olvidó que, al lado de la Unidad Militar, había una pizzería donde el ron Bocoy costaba 10 pesos _aún los dólares no eran verdad_ para los mortales de la isla. El primer turno de la guardia era de Evelio, de 12 a 4 am el otro mío” pero, como éramos expertos, en rastrear todo lo que ayudase a evadir la realidad que vivíamos, fui a cambiar el contenido de nuestras cantimploras, por un líquido que solo bebemos los humanos -aunque a veces seamos inhumanos-

En la cerca de púa que dividía la ficción de la realidad, había un hueco que te llevaba directamente a la pizzería. Compré dos botellas de Bocoy, y ocho panes con mantequillas -no sean mal pensados- era lo único que había para comer. Llené las cantimploras con el ron “si es que podemos llamarlo así” y volví al polvorín, donde Evelio me esperaba.

Empezamos a beber esa fuga que ha demasiado tiempo ayuda a los nacidos en la mariconá tropical, a evadir la cotidianidad. Antes de las 2 de la mañana ya nos habíamos comidos los panes _y como no había peces_ no ayudaron en nada, el estado etílico se apodero de nosotros. Empezamos por quitarnos las camisas, las botas, descargar las AKM y tirarlas bien lejos -tan lejos- que quizás ahuyentase al inventado enemigo.

Al amanecer para ellos” se apareció aquel oficial que nos habías recibido y nos mandó al unísono para el calabozo, donde permanecimos unas horas, antes de ser expulsos deshonrosamente de las abominables MTT. Como verán menos de 24 horas duramos en el intento de defender a la patria.

Hoy sé que ese sustantivo -gastado en inútiles consignas- solo ha creado guerras y divisiones casi siempre absurdas, y después de tantos exilios y huellas dejadas entre ceniceros “llenos de memorias apagadas” vasos vacíos _después de noches inútiles_ amores olvidados antes del amanecer, y mares que nunca pensé conocer. No tengo la menor duda de que mi patria es el cuerpo de la mujer amada.

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