Tenía 15 años cuando me permitieron pasar mi primer
fin de semana fuera de eso que algunos llaman hogar, sin saber su real
significado. Meses antes mi abuela, una copia caribeña de Bernarda Alba me
había dado la llave de casa -significó
muchos más que aquella otra que carga la giraldilla- ese cataviento símbolo de
una ciudad de rotas promesas.
A esa edad se tiene una sed inagotable
de aventuras -había leído el mayor clásico de Daniel Defoe- aumentando aún más ese
deseo tan típico de la adolescencia. Lo que no imaginaba era que mucho tiempo
después también necesitaría el oficio de las letras para escapar de una
realidad más cruel que la soledad, pero en ese momento me sentía tan héroe como
aquel sobreviviente que pasó
28 años en una isla desierta, con la única diferencia de que ya había nacido naufrago de esa maldita circunstancia del agua
por todas partes, como escribió un poeta entonces desconocido y después
imprescindible.
No
sabía qué hacer con esa falsa libertad de la adolescencia en un barrio donde era
“El Blanquito de la Caridad”, y nadie más conocía a Robinson Crusoe, entonces
se me ocurrió la idea de reunir a los cuatro amigos que teníamos un sueño común
-ser oceanógrafos- para desvendar los misterios del azul que nos rodeaba,
después de buscar varios destinos donde pudiéramos unir la recién conquistada
emancipación y los deseos de mar, escogimos pasar el fin de semana en Puerto Escondido,
una en aquel momento desconocida playa en Santa Cruz del Norte -pueblo famoso- por
fabricar el único escape posible para los cubanos que no escogieron el camino
de las aguas como futuro.
No
recuerdo la guagua que cogimos ni el lugar exacto en que se encuentra ese
paraíso -este dato nada aporta al texto- lo importante es que llegamos, felices
de pasar por primera vez un fin de semanas lejos de las reprimendas de nuestros
padres, que desconocían que además de todas las latas de comidas que nos habían
dado, conseguimos -verbo común en el Canal del Cerro- unas botellas de ron para
reafirmar nuestra independencia, al final como buenos machistas que debíamos
ser, la bebida era el primer paso hacia la madurez.
Tratamos
de armar la tienda de campaña con la inexperiencia que proporciona hacer algo
por primera vez, después de hora intentando levantar esa tela que nos
protegería de la noche, pero no de las estrellas conseguimos izar nuestra
guarida. Quizás nos demoramos más de lo debido porque experimentamos mientras
hacíamos el ejercicio de la sobrevivencia unos tragos de ron -entonces
prohibitivos- todo lo cercenado tiene el sabor misterioso de lo desconocido. Entre
el alcohol, y la inexperiencia de levantar una provisoria morada se nos escapó
el reloj como ahora se escapan tus besos -allá del otro lado del mar- donde el
tango es una identidad.
Llegó
el atardecer ese tiempo indefinido -predilecto de los poeta- donde no sabemos
si es el sol que muere o la luna que florece, dejemos eso para los críticos/teóricos
de sus frustraciones y volvamos a nuestra historia.
En
ese instante donde la nada -lo es todo- apareció ella, arrastrándose hacia el
mar con la lentitud/dolor de los que abandonan Ítaca y con la incertidumbre de
no saber si algún día volverá a pisar eso que llaman patria -sustantivo con más de un significado-
cuando se han dejado huellas en tierras hasta entonces desconocidas. Era la
primera vez que veía ese animal fuera de los cristales de acuario y enseguida
recordé a mi profesora de sexto grado -una de las mujeres más feas que he
conocido- quizás por eso olvidé su nombre, pues como dice otro poeta:
“Que me perdoem as feias, mas beleza é
fundamental”.
Mientras
ella seguía su lento caminar hacia ese mundo acuático que aún me fascina, pensé
inconscientemente que la caguama y yo teníamos en ese instante algo en común -aún
hoy mi realidad- ambos llevamos la casa a cuestas.
Pensar
demasiado siempre ha sido uno de mis grandes problemas, perdido en ese mundo de
ideas escuché el grito de Sisi: vamos a buscar el nido donde puso los huevos,
todos corrían siguiendo las huellas de sus aletas, yo continuaba ensimismado en
mis pensamientos y ahora con una nueva duda: no son los pájaros los que
construyen nidos y ponen huevos -Aquí está- dijo Efraín escarbando con sus
manos hasta encontrar centenas de huevos tan blandos que parecían gelatinas.
Cogimos
como diez que fueron directamente al sartén que Ismael había puesto a calentar
en una hoguera de gajos de uvas caletas. El revoltillo en pocos minutos estuvo
listo, y empezamos a degustar eso que se convertiría en una pesadilla nunca
olvidada. Tenían un sabor raro, era como si la sal hubiese nacido en su
interior, pero quizás por el efecto etílico no percibimos eso.
Ahora
que ha pasado más que un águila por el mar, recuerdo como si fuera hoy que mi/nuestro
miembro empezó a levantarse como por arte de magia -yo como siempre en las
nubes- pensé que algún encantador de serpientes -para ser sincero de majacitos-
andaba por ahí encantando imberbes.
Masturbarnos
fue la reacción colectiva y espontanea para tratar de calmar los deseos y los
dolores de cojones -discúlpenme- pero en esta parte de la historia no cabe
ninguna metáfora. Pasaron minutos que se convirtieron en horas que se volvieron
infiernos sin eyacular y con un dolor insoportable en los testículos.
No
olvidemos que con 15 años se tienen las hormonas a flor de pene, y hasta una
sardina la gente se singa -lástima que no hubiese ninguna cerca- y que gracias
a Yemayá, la tortuga devoradora de pingas -según Cabrera Infante- ya navegaba
tan lejos como lo hice yo tiempo después.
Dejamos
todo el campamento y el sueño de la libertad para buscar ayuda, proporcionada
por el chofer de otra guagua, cuya marca llevaba el nombre de una playa donde
por desgracia se consolidó la mariconá tropical, en el trayecto Maulio recordó
que era prohibido comer los huevos y cazar a ese animal tan parecido a aquella
profesora, entonces como Cerranos -del mismísimo Canal- hicimos un pacto de
silencio.
El
chofer nos dejó en el policlínico del pueblo. Al entrar en la sala de
emergencias parecíamos los Tres Mosqueteros -que en realidad eran cuatro- con
sus espadas listas para la batalla, una doctora muy joven nos preguntó que
habíamos hecho o comido para llegar en ese estado, con los sables que parecían recién
nacidos del fuego -o sea al rojo vivo- de tanto intentar vaciar su interior “NADA”
fue la respuesta colectiva delante de su pícara sonrisa/científica, antes de
colocarnos suero en vena y hielo en lo que nos quedaba de los floretes, que al
final no cortaron ni siquiera una tilapia.
Mucho
tiempo después, y antes que Braulio casi sufriese un paro cardiorrespingatorio por
la despiadada mordida de la innombrable, supe que los huevos de tortugas son
uno de los más poderosos afrodisiacos que existen, pero esa información como en
la mayoría de las veces, llegó tarde.

Bravo por esto, vuelve tu prosa que tanto he disfrutado. Gracias. Mi abrazo siempre.
ResponderEliminarJajajajaja muy bueno!!
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