domingo, 29 de marzo de 2020

HUEVOS DE ORO



Tenía 15 años cuando me permitieron pasar mi primer fin de semana fuera de eso que algunos llaman hogar, sin saber su real significado. Meses antes mi abuela, una copia caribeña de Bernarda Alba me había dado la llave de casa -significó muchos más que aquella otra que carga la giraldilla- ese cataviento símbolo de una ciudad de rotas promesas.
A esa edad se tiene una sed inagotable de aventuras -había leído el mayor clásico de Daniel Defoe- aumentando aún más ese deseo tan típico de la adolescencia. Lo que no imaginaba era que mucho tiempo después también necesitaría el oficio de las letras para escapar de una realidad más cruel que la soledad, pero en ese momento me sentía tan héroe como aquel sobreviviente que pasó 28 años en una isla desierta, con la única diferencia de que ya había nacido naufrago de esa maldita circunstancia del agua por todas partes, como escribió un poeta entonces desconocido y después imprescindible.
No sabía qué hacer con esa falsa libertad de la adolescencia en un barrio donde era “El Blanquito de la Caridad”, y nadie más conocía a Robinson Crusoe, entonces se me ocurrió la idea de reunir a los cuatro amigos que teníamos un sueño común -ser oceanógrafos- para desvendar los misterios del azul que nos rodeaba, después de buscar varios destinos donde pudiéramos unir la recién conquistada emancipación y los deseos de mar, escogimos pasar el fin de semana en Puerto Escondido, una en aquel momento desconocida playa en Santa Cruz del Norte -pueblo famoso- por fabricar el único escape posible para los cubanos que no escogieron el camino de las aguas como futuro.
No recuerdo la guagua que cogimos ni el lugar exacto en que se encuentra ese paraíso -este dato nada aporta al texto- lo importante es que llegamos, felices de pasar por primera vez un fin de semanas lejos de las reprimendas de nuestros padres, que desconocían que además de todas las latas de comidas que nos habían dado, conseguimos -verbo común en el Canal del Cerro- unas botellas de ron para reafirmar nuestra independencia, al final como buenos machistas que debíamos ser, la bebida era el primer paso hacia la madurez.
Tratamos de armar la tienda de campaña con la inexperiencia que proporciona hacer algo por primera vez, después de hora intentando levantar esa tela que nos protegería de la noche, pero no de las estrellas conseguimos izar nuestra guarida. Quizás nos demoramos más de lo debido porque experimentamos mientras hacíamos el ejercicio de la sobrevivencia unos tragos de ron -entonces prohibitivos- todo lo cercenado tiene el sabor misterioso de lo desconocido. Entre el alcohol, y la inexperiencia de levantar una provisoria morada se nos escapó el reloj como ahora se escapan tus besos -allá del otro lado del mar- donde el tango es una identidad.
Llegó el atardecer ese tiempo indefinido -predilecto de los poeta- donde no sabemos si es el sol que muere o la luna que florece, dejemos eso para los críticos/teóricos de sus frustraciones y volvamos a nuestra historia.  
En ese instante donde la nada -lo es todo- apareció ella, arrastrándose hacia el mar con la lentitud/dolor de los que abandonan Ítaca y con la incertidumbre de no saber si algún día volverá a pisar eso que llaman patria -sustantivo con más de un significado- cuando se han dejado huellas en tierras hasta entonces desconocidas. Era la primera vez que veía ese animal fuera de los cristales de acuario y enseguida recordé a mi profesora de sexto grado -una de las mujeres más feas que he conocido- quizás por eso olvidé su nombre, pues como dice otro poeta: “Que me perdoem as feias, mas beleza é fundamental”.
Mientras ella seguía su lento caminar hacia ese mundo acuático que aún me fascina, pensé inconscientemente que la caguama y yo teníamos en ese instante algo en común -aún hoy mi realidad- ambos llevamos la casa a cuestas.
Pensar demasiado siempre ha sido uno de mis grandes problemas, perdido en ese mundo de ideas escuché el grito de Sisi: vamos a buscar el nido donde puso los huevos, todos corrían siguiendo las huellas de sus aletas, yo continuaba ensimismado en mis pensamientos y ahora con una nueva duda: no son los pájaros los que construyen nidos y ponen huevos -Aquí está- dijo Efraín escarbando con sus manos hasta encontrar centenas de huevos tan blandos que parecían gelatinas.
Cogimos como diez que fueron directamente al sartén que Ismael había puesto a calentar en una hoguera de gajos de uvas caletas. El revoltillo en pocos minutos estuvo listo, y empezamos a degustar eso que se convertiría en una pesadilla nunca olvidada. Tenían un sabor raro, era como si la sal hubiese nacido en su interior, pero quizás por el efecto etílico no percibimos eso.
Ahora que ha pasado más que un águila por el mar, recuerdo como si fuera hoy que mi/nuestro miembro empezó a levantarse como por arte de magia -yo como siempre en las nubes- pensé que algún encantador de serpientes -para ser sincero de majacitos- andaba por ahí encantando imberbes.
Masturbarnos fue la reacción colectiva y espontanea para tratar de calmar los deseos y los dolores de cojones -discúlpenme- pero en esta parte de la historia no cabe ninguna metáfora. Pasaron minutos que se convirtieron en horas que se volvieron infiernos sin eyacular y con un dolor insoportable en los testículos.
No olvidemos que con 15 años se tienen las hormonas a flor de pene, y hasta una sardina la gente se singa -lástima que no hubiese ninguna cerca- y que gracias a Yemayá, la tortuga devoradora de pingas -según Cabrera Infante- ya navegaba tan lejos como lo hice yo tiempo después.
Dejamos todo el campamento y el sueño de la libertad para buscar ayuda, proporcionada por el chofer de otra guagua, cuya marca llevaba el nombre de una playa donde por desgracia se consolidó la mariconá tropical, en el trayecto Maulio recordó que era prohibido comer los huevos y cazar a ese animal tan parecido a aquella profesora, entonces como Cerranos -del mismísimo Canal- hicimos un pacto de silencio.
El chofer nos dejó en el policlínico del pueblo. Al entrar en la sala de emergencias parecíamos los Tres Mosqueteros -que en realidad eran cuatro- con sus espadas listas para la batalla, una doctora muy joven nos preguntó que habíamos hecho o comido para llegar en ese estado, con los sables que parecían recién nacidos del fuego -o sea al rojo vivo- de tanto intentar vaciar su interior “NADA” fue la respuesta colectiva delante de su pícara sonrisa/científica, antes de colocarnos suero en vena y hielo en lo que nos quedaba de los floretes, que al final no cortaron ni siquiera una tilapia.
Mucho tiempo después, y antes que Braulio casi sufriese un paro cardiorrespingatorio por la despiadada mordida de la innombrable, supe que los huevos de tortugas son uno de los más poderosos afrodisiacos que existen, pero esa información como en la mayoría de las veces, llegó tarde.

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