Los refranes de aquel lugar que me abortó -aún me acompañan- a pesar de
sentirme cada día más distante de ese engendro. Uno de los más populares dice:
“Todos los caminos conducen a Roma”, creo que ese, en específico “no se aplica
a los cubanos”, desde el funesto enero que
ensombreció la nación. En nuestro caso sería más adecuado decir: Todos los
caminos conducen a Miami _esa otra isla_ copia del pasado, en la que hace 8 años aterricé -esperando algún día llegar
a los Estados Unidos-
Debo confesarles que está
siendo muy difícil /a pesar del tiempo transcurrido/ readaptarme a la cotidianidad
de los nacidos en aquella ínsula donde NADA ES FUTURO y mucho más complicado
aún, aprender inglés, pues como ya saben “viví 18 años en Brasil”. País
que se comió literalmente a su metrópolis _como esta nación a la suya_ creando
el más bello y musical de los acentos portugueses. Esa música convertida en
palabras me arropó, desplazando al idioma Cervantes, quizás por eso aún hilvano
mis ideas a ritmo de Bossa Nova, lo cual me obliga a hacer una constante traducción
cuando quiero expresarme.
Habitar esta aldea _preñada
por la nostalgia anterior al 59_ donde se mezcla la identidad de un país que ya
no me representa “con acentos y proverbios tan característicos” no ha impedido,
que me sienta extranjero -no interpreten esto como apátrida- y si como una universalidad
que se nos dio al escapar más allá de las promesas.
Aquí -que como ya saben es
efímero- en este pantano, que casi nos pertenece, por la imposición de
costumbres, que van desde el idioma hasta la culinaria, podemos encontrarnos muchos
americanos, disfrutando unos pastelitos de guayaba, acompañados de unas
croquetas y una colada, en uno de los tantos restaurantes de comida típica, que
inundan la capital del exilio cubano. Algunos, los más -transculturizados- llegan
hasta despelotarse al ritmo de una música, que a pesar de tantos años de dictadura
sigue influenciando al mundo entero con su peculiar singularidad “solamente
comparada con la brasileira”.
Pero, a pesar de esa gastronomía,
que a muchos años se perdió en la isla, tengo amigos que reclaman que el sabor del
mayor patrimonio culinario cubano “la carne de puerco” dicen que no sabe igual
al de aquel accidente geográfico. No sé, si esto es otro síntoma de esa nostalgia
que caracteriza a todo exiliado, o si se debe al modo de asarlo, tan diferente
al nuestro.
En este espacio que hemos
invadido, con todas nuestras virtudes y defectos _asan al lechón_ en una
especie de ataúd, que llaman “caja china”. Espero que después de esta pandemia,
producida en un laboratorio de ese país comunista, le cambiemos el nombre, o mejor
“propongo un boicot”, y que volvamos a la típica púa en que se asaban desde
los orígenes de aquella isla los marranos, acompañados de los mojos artesanales,
y de las hojas de guayaba o de plátano, dependiendo de la región donde se
realizara el asado.
Este simple hecho, de asumir
la preparación del cerdo, tan diferente al de nuestros ancestros, solamente
reafirma, la pérdida, o quizás la mezcla “mismo inconsciente” de la cultura culinaria, que queramos o no, enriquece en este exilio.
Si algo me ata a esta
ciudad, es su culinaria, que me recuerda las conversaciones con mi tío/abuelo Sito,
en los años 90, cuando no solamente faltaba la nada, y las añoranzas de
ese SER tan especial que hasta hoy influencia todas mis letras, que no son más
que lágrimas escritas en la soledad de una página en blanco.

Te quedo sabroso, Javier. Volvamos al cerdo en púas.
ResponderEliminarAbajo la caja china!!!
E vamos botar agua no feijão...
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