El mar ha sido una constante en mi vida, siempre
he estado rodeado por esa maldita circunstancia del agua, como dijo el poeta, mucho
tiempo después que Penélope se cansase de esperar que el azul le devolviese lo
que le había robado, más allá del horizonte -donde empezaba el dolor de sus
ojos-
Nacer en medio del salitre, teniendo como únicas
fronteras la maresia y el cielo, te condiciona por toda la vida, aunque hayas
vivido la mayor parte de tus años en ese continente llamado Brasil. Debo reconocer
que, en los primeros abriles sentí falta _no de aquel lugar_ y si de los amigos/familias.
Fue entonces cuando recordé el refrán que dice:
“Que los gatos tienen siete vidas” que cuando los tiran siempre caen de pie,
que son desconfiados, mal agradecidos. Invariablemente son usados como ejemplos
de animales independientes y nada sumisos a sus dueños.
Con los refugiados pasa algo similar, ya que
cada vez que emprendemos un nuevo destino en la ya larga diáspora nacional, es
como si volviésemos a nacer, con todas las dificultades de un parto no-natural,
en vientre ajeno. Para seguir la comparación con los felinos, no olviden que
generalmente, quienes toman los caminos del mar “que en la mayoría de los casos
conducen al bien” lo hacen por su incapacidad de formar parte del dócil rebaño,
que alimenta con su silencio, a las dictaduras.
Yo he nacido –quizás abortado– tres veces en
estos años de lejanía. Ellos “que no son ustedes” me prohíben volver, el más
triste de los verbos, a lo que en algún momento llamé patria, y que actualmente
es solo “una fotografía” colgada en algunas de las tantas paredes que han
abrigado mis sueños.
Debo, insistir que no fue fácil romper el cordón
umbilical con esa isla, pero hoy me considero un ciudadano universal con raíces
más brasileiras que caribeñas. Sé que esta declaración puede traerme muchos problemas
_no solo de interpretación_ en esta aldea llamada Miami “territorio de la discordia” donde he anclado mi
andar en los últimos años.
Pero si partimos de la base que antes de las
palabras surgen los pensamientos, les digo que aún pienso en portugués, que mis
ideas bailan Bossa Nova, y que mi consciente “que nunca fue muy sensato” se
resiste al español, y si todo esto les pareciese poco, no olviden que otra intrusa,
pero necesaria lengua –me refiero al idioma– pide permiso para entrar.
Recuperar el habla que me parió se ha
convertido en una batalla interior, ya que me niego a perder por esos azares de
la desmemoria el idioma que me ha acompañado desde 1994, y al cual le agradezco
gran parte de mi escritura -que es lo mismo que mi vida-.
Lo único que ha conseguido la diaria invasión
de cubanidad, es hacerme sentir un imberbe, que trata de adaptarse a esa cultura
primogénita, y hoy tan distante, esto quizás sucede por los años vividos al sur
de los discursos, y por mi inmersión en ese otro lenguaje del que ya les hablé.
Me está costando mucho trabajo readaptarme no
solo a esas incomprensibles jergas “traídas” por los recién escapados de del archipiélago
rojo, a esa falta de educación del tan cacareado hombre nuevo, que, de nuevo,
solo tiene el desconocimiento más elemental de la convivencia social.
Tampoco consigo entender la influencia del desgobierno
de la isla en la cotidianidad de esta ciudad, que mantiene a un país entero con
sus remesas. Aquí hay más comunistas que en la propia “Isla del Diablo” disfrutando
de las ventajas del enemigo.
Me gustaría que todos esos cubanos, latinoamericanos
y hasta los gringos -no olviden al viejo decrépito- aspirante a
Presidente, me explicasen sus puntos de vista. Pero como ya estoy cansado de tanta
retórica, prefiero parar por aquí, y prepararle una caipirinha a la mujer -amo-
y que ha llenado todos mis vacíos.

Has puesto cada punto, cada coma, cada palabra donde cualquiera de nosotros se identifica. Gracias.
ResponderEliminarMuchas gracias por leerme, querida amiga.
EliminarContigo estoy hermano, es siempre bien recibido tu andar sobre el teclado. Gracias
ResponderEliminarEl que agradecer, soy yo mi querido Salva, por siempre leerme.
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