lunes, 13 de abril de 2020

LA RUTA INFINITA



El mar ha sido una constante en mi vida, siempre he estado rodeado por esa maldita circunstancia del agua, como dijo el poeta, mucho tiempo después que Penélope se cansase de esperar que el azul le devolviese lo que le había robado, más allá del horizonte -donde empezaba el dolor de sus ojos-

Nacer en medio del salitre, teniendo como únicas fronteras la maresia y el cielo, te condiciona por toda la vida, aunque hayas vivido la mayor parte de tus años en ese continente llamado Brasil. Debo reconocer que, en los primeros abriles sentí falta _no de aquel lugar_ y si de los amigos/familias.

Fue entonces cuando recordé el refrán que dice: “Que los gatos tienen siete vidas” que cuando los tiran siempre caen de pie, que son desconfiados, mal agradecidos. Invariablemente son usados como ejemplos de animales independientes y nada sumisos a sus dueños.

Con los refugiados pasa algo similar, ya que cada vez que emprendemos un nuevo destino en la ya larga diáspora nacional, es como si volviésemos a nacer, con todas las dificultades de un parto no-natural, en vientre ajeno. Para seguir la comparación con los felinos, no olviden que generalmente, quienes toman los caminos del mar “que en la mayoría de los casos conducen al bien” lo hacen por su incapacidad de formar parte del dócil rebaño, que alimenta con su silencio, a las dictaduras.

Yo he nacido –quizás abortado– tres veces en estos años de lejanía. Ellos “que no son ustedes” me prohíben volver, el más triste de los verbos, a lo que en algún momento llamé patria, y que actualmente es solo “una fotografía” colgada en algunas de las tantas paredes que han abrigado mis sueños.  

Debo, insistir que no fue fácil romper el cordón umbilical con esa isla, pero hoy me considero un ciudadano universal con raíces más brasileiras que caribeñas. Sé que esta declaración puede traerme muchos problemas _no solo de interpretación_ en esta aldea llamada Miami territorio de la discordia” donde he anclado mi andar en los últimos años.

Pero si partimos de la base que antes de las palabras surgen los pensamientos, les digo que aún pienso en portugués, que mis ideas bailan Bossa Nova, y que mi consciente “que nunca fue muy sensato” se resiste al español, y si todo esto les pareciese poco, no olviden que otra intrusa, pero necesaria lengua –me refiero al idioma– pide permiso para entrar.

Recuperar el habla que me parió se ha convertido en una batalla interior, ya que me niego a perder por esos azares de la desmemoria el idioma que me ha acompañado desde 1994, y al cual le agradezco gran parte de mi escritura -que es lo mismo que mi vida-.

Lo único que ha conseguido la diaria invasión de cubanidad, es hacerme sentir un imberbe, que trata de adaptarse a esa cultura primogénita, y hoy tan distante, esto quizás sucede por los años vividos al sur de los discursos, y por mi inmersión en ese otro lenguaje del que ya les hablé.

Me está costando mucho trabajo readaptarme no solo a esas incomprensibles jergas “traídas” por los recién escapados de del archipiélago rojo, a esa falta de educación del tan cacareado hombre nuevo, que, de nuevo, solo tiene el desconocimiento más elemental de la convivencia social.

Tampoco consigo entender la influencia del desgobierno de la isla en la cotidianidad de esta ciudad, que mantiene a un país entero con sus remesas. Aquí hay más comunistas que en la propia “Isla del Diablo” disfrutando de las ventajas del enemigo.

Me gustaría que todos esos cubanos, latinoamericanos y hasta los gringos -no olviden al viejo decrépito- aspirante a Presidente, me explicasen sus puntos de vista. Pero como ya estoy cansado de tanta retórica, prefiero parar por aquí, y prepararle una caipirinha a la mujer -amo- y que ha llenado todos mis vacíos.

4 comentarios:

  1. Has puesto cada punto, cada coma, cada palabra donde cualquiera de nosotros se identifica. Gracias.

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    1. Muchas gracias por leerme, querida amiga.

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  2. Contigo estoy hermano, es siempre bien recibido tu andar sobre el teclado. Gracias

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    1. El que agradecer, soy yo mi querido Salva, por siempre leerme.

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