lunes, 20 de abril de 2020

LA ISLA DE PÚA


En los 90 del pasado siglo, Cuba, ese lugar paradisiaco, solo para turistas extranjeros -principalmente occidentales- con su verde y fuerte moneda, la del eterno enemigo, se sumergió NO POR PRIMERA VEZ en una profunda crisis que el Lingüista en Jefe denominó eufemísticamente -Periodo Especial- Lo único que no escaseaba era la falta de todo, y en medio de esa hecatombe se le ocurrió al innombrable, convertir la isla en un queso _llenándola de inservibles huecos_ para protegernos del eminente ataque estadounidense “cosa hasta hoy improbable” y crear las pírricas Milicias de Tropas Territoriales (MTT), donde al contrario del Servicio Militar Obligatorio, incluían a las mujeres.

Es, en ese momento donde empieza mi historia o mi desventura. Vivía en “El Canal de Cerro” e imagino que ya sepan lo que eso significa. En ese espacio _territorio indomable_ casi nadie se interesaba por algo que no fuese ganar dinero -era, aún es- una fábrica donde se puede conseguir todo lo que nos prohíbe -la supuesta igualdad del hombre nuevo- aquella que, en el comunismo, solo es real en la televisión. En ese contexto, los extraños, éramos Evelio Toledo, pintor y caricaturista “Ya famoso” y yo -iniciante en los sueños- en esa barriada, a la que no renegare, a pesar de no tener el más mínimo deseo de volver al pasado.

Nos citaron para un entrenamiento de 15 días en una base militar ubicada, frente a esa desastrosa geografía llamada Alamar. Anteriormente ya nos habían dado los uniformes con los cuales deberíamos presentarnos en dicho campamento.

Al llegar a la Unidad Militar, nos recibió un oficial que, por mi incultura militar, no puede especificar sus grados. En ese mismo instante empezó nuestro calvario, ya que Evelio se había puesto la boina al final de su cabeza, y dicho oficial le inquirió que se la pusiese al inicio de su frente como estaba escrito en el reglamento, a lo que Evelio respondió que, debido a su ausencia de cabellos, su frente empezaba ahí. Todos nos reímos, pero yo que estaba a su lado me exalté más, y él en un gesto de solidaridad me dio unas palmadas.

Nos llevaron para una oficina donde estaba otro oficial con más estrella que el anterior y nos advirtieron que no admitirían relajamiento del reglamento militar, pues mientras estuviésemos ahí, responderíamos como soldado, y no como civiles. Evelio insistía en su teoría de la escasez de pelos para colocar su boina, y yo lo apoyaba, pues mi calvicie ya era inminente.

Después de unos treinta minutos nos mandaron a nuestra barraca, donde ya éramos dos personajes folclóricos, al siguiente día, Evelio, continuaba con su teoría de donde empezaba la frente y yo que ya había decidido que me era imposible pasar 15 días en ese lugar, seguía apoyándolo.

El oficial que nos recibió, decidió -no sé por qué motivo- no cuestionar más la teoría del pintor que no se cortó la oreja, pero tampoco pudo impedir el avance de su frente, y nos puso a él y a mí las tareas más difíciles de ese día. No bastándole con eso, nos dijo que deberíamos hacer la guardia del polvorín toda la madrugada.

Ese fue su mayor error, pues se olvidó que, al lado de la Unidad Militar, había una pizzería donde el ron Bocoy costaba 10 pesos _aún los dólares no eran verdad_ para los mortales de la isla. El primer turno de la guardia era de Evelio, de 12 a 4 am “el otro mío” pero, como éramos expertos, en rastrear todo lo que ayudase a evadir la realidad que vivíamos, fui a cambiar el contenido de nuestras cantimploras, por un líquido que solo bebemos los humanos -aunque a veces seamos inhumanos-

En la cerca de púa que dividía la ficción de la realidad, había un hueco que te llevaba directamente a la pizzería. Compré dos botellas de Bocoy, y ocho panes con mantequillas -no sean mal pensados- era lo único que había para comer. Llené las cantimploras con el ron “si es que podemos llamarlo así” y volví al polvorín, donde Evelio me esperaba.

Empezamos a beber esa fuga que ha demasiado tiempo ayuda a los nacidos en la mariconá tropical, a evadir la cotidianidad. Antes de las 2 de la mañana ya nos habíamos comidos los panes _y como no había peces_ no ayudaron en nada, el estado etílico se apodero de nosotros. Empezamos por quitarnos las camisas, las botas, descargar las AKM y tirarlas bien lejos -tan lejos- que quizás ahuyentase al inventado enemigo.

Al amanecer “para ellos” se apareció aquel oficial que nos habías recibido y nos mandó al unísono para el calabozo, donde permanecimos unas horas, antes de ser expulsos deshonrosamente de las abominables MTT. Como verán menos de 24 horas duramos en el intento de defender a la patria.

Hoy sé que ese sustantivo -gastado en inútiles consignas- solo ha creado guerras y divisiones casi siempre absurdas, y después de tantos exilios y huellas dejadas entre ceniceros “llenos de memorias apagadas” vasos vacíos _después de noches inútiles_ amores olvidados antes del amanecer, y mares que nunca pensé conocer. No tengo la menor duda de que mi patria es el cuerpo de la mujer amada.

lunes, 13 de abril de 2020

LA RUTA INFINITA



El mar ha sido una constante en mi vida, siempre he estado rodeado por esa maldita circunstancia del agua, como dijo el poeta, mucho tiempo después que Penélope se cansase de esperar que el azul le devolviese lo que le había robado, más allá del horizonte -donde empezaba el dolor de sus ojos-

Nacer en medio del salitre, teniendo como únicas fronteras la maresia y el cielo, te condiciona por toda la vida, aunque hayas vivido la mayor parte de tus años en ese continente llamado Brasil. Debo reconocer que, en los primeros abriles sentí falta _no de aquel lugar_ y si de los amigos/familias.

Fue entonces cuando recordé el refrán que dice: “Que los gatos tienen siete vidas” que cuando los tiran siempre caen de pie, que son desconfiados, mal agradecidos. Invariablemente son usados como ejemplos de animales independientes y nada sumisos a sus dueños.

Con los refugiados pasa algo similar, ya que cada vez que emprendemos un nuevo destino en la ya larga diáspora nacional, es como si volviésemos a nacer, con todas las dificultades de un parto no-natural, en vientre ajeno. Para seguir la comparación con los felinos, no olviden que generalmente, quienes toman los caminos del mar “que en la mayoría de los casos conducen al bien” lo hacen por su incapacidad de formar parte del dócil rebaño, que alimenta con su silencio, a las dictaduras.

Yo he nacido –quizás abortado– tres veces en estos años de lejanía. Ellos “que no son ustedes” me prohíben volver, el más triste de los verbos, a lo que en algún momento llamé patria, y que actualmente es solo “una fotografía” colgada en algunas de las tantas paredes que han abrigado mis sueños.  

Debo, insistir que no fue fácil romper el cordón umbilical con esa isla, pero hoy me considero un ciudadano universal con raíces más brasileiras que caribeñas. Sé que esta declaración puede traerme muchos problemas _no solo de interpretación_ en esta aldea llamada Miami “territorio de la discordia” donde he anclado mi andar en los últimos años.

Pero si partimos de la base que antes de las palabras surgen los pensamientos, les digo que aún pienso en portugués, que mis ideas bailan Bossa Nova, y que mi consciente “que nunca fue muy sensato” se resiste al español, y si todo esto les pareciese poco, no olviden que otra intrusa, pero necesaria lengua –me refiero al idioma– pide permiso para entrar.

Recuperar el habla que me parió se ha convertido en una batalla interior, ya que me niego a perder por esos azares de la desmemoria el idioma que me ha acompañado desde 1994, y al cual le agradezco gran parte de mi escritura -que es lo mismo que mi vida-.

Lo único que ha conseguido la diaria invasión de cubanidad, es hacerme sentir un imberbe, que trata de adaptarse a esa cultura primogénita, y hoy tan distante, esto quizás sucede por los años vividos al sur de los discursos, y por mi inmersión en ese otro lenguaje del que ya les hablé.

Me está costando mucho trabajo readaptarme no solo a esas incomprensibles jergas “traídas” por los recién escapados de del archipiélago rojo, a esa falta de educación del tan cacareado hombre nuevo, que, de nuevo, solo tiene el desconocimiento más elemental de la convivencia social.

Tampoco consigo entender la influencia del desgobierno de la isla en la cotidianidad de esta ciudad, que mantiene a un país entero con sus remesas. Aquí hay más comunistas que en la propia “Isla del Diablo” disfrutando de las ventajas del enemigo.

Me gustaría que todos esos cubanos, latinoamericanos y hasta los gringos -no olviden al viejo decrépito- aspirante a Presidente, me explicasen sus puntos de vista. Pero como ya estoy cansado de tanta retórica, prefiero parar por aquí, y prepararle una caipirinha a la mujer -amo- y que ha llenado todos mis vacíos.

lunes, 6 de abril de 2020

24 HORAS



Antes de continuar leyendo, es mejor que sepan que soy políticamente incorrecto. Si ustedes NO lo son -paren aquí-. Ofenderlos nunca ha sido mi intención, sólo quiero dar mi opinión sobre varios temas ahora que el mundo está una vez más en medio de una pandemia que amenaza su propia existencia.

Querría saber dónde está Greta Thunberg, esa niña -que más parece un ventrículo- o una de las gemelas sobrevivientes del genial filme de Stanley Kubrick “The Shining”, o de esa comedia llamada “The Addams Family”. Ella tan activa antes del Coronavirus, no sabemos ahora “cuándo más lo necesitamos” cuáles son sus iniciativas para salvar al planeta. Su silencio es solo comparable a su incompetencia de no saber qué hacer. Será que se agotó su vacío discurso, o que en este momento al acabárseles sus cómodos viajes alrededor del mundo, financiados con dinero de esas ONG que hoy también callan se recluyó de donde nunca debía haber salido.

Yo solo espero que todos esos apoyadores que forman parte de la segunda persona del plural, y que hasta hace poco se preocupaban con el medio ambiente -que no es más que la mitad- con la naturaleza, con las comidas vegetarianas (sin agrotóxicos) con la vida saludable en el campo hagan algo allende a sus inservibles arengas.

Debo confesar que siempre me dio nauseas sus disertaciones sobre el hábitat con la que todos esos ecologista se alarman, exigiendo la preservación de las ballenas, y olvidando que sus hijos viven embobados en sus ciber vidas tan lejana de lo que pregan, plácidamente en sus países del Primer Mundo _el segundo aún lo estamos buscando_ y tan distantes de lo que alaban sus despreocupados progenitores “que poco o casi nada se ocupan de su educación” pues confían en el sistema educacional capitalista que los educó a ellos y que ahora
tan hipócritamente critican. Es por ese motivo que su filosofía filantrópica no incluye a su familia.

Mi única preocupación con la naturaleza es cuando el hombre interviene en ella “soy un animal eternamente citadino”. Las metrópolis son las junglas donde el desarrollo demostró su superioridad. A pesar de que muchos de esos ambientalistas nacidos/crecidos en ellas, hoy quieren volver a la incivilización de sus antepasados.

Mientras más polución “mejor” nada me relaja más que el metro de San Paulo, ciudad donde pasé la mejor parte de mi vida -en la hora pico- con miles de personas corriendo de un lugar para otro, empujándose para llegar primero a sus destinos, ese es el verdadero calor humano -o será sudor humano-. Como ven soy un admirador de la naturaleza de concreto.

Ser políticamente incorrecto en una sociedad hipócrita como la nuestra exige mucha determinación, daré algunos ejemplos: fumaba sin importarme los carteles que lo prohibían, bebo hasta hoy, porque como dijo el gran borracho y ocasionalmente poeta Vinicius de Moraes: “El Whisky es el mejor amigo del hombre _es el perro embotellado_ y mientras más conozco a los hombres “aunque prefiero a las mujeres” más amo a mi perro.

Si todavía están leyendo no piensen que eso es lo peor. Soy de esa derecha que no se queda en el medio, entre Fidel y Pinochet. Pinochet “ambos asesinos” pero uno dejó su país a un paso del desarrollo, y el otro ya saben lo que quedó, de aquello que en algún momento llamaron “La Perla del Caribe”. Entre Bernie Sanders y Donald Trump -sin ninguna duda- el segundo.

Y ahora que el mundo está en el cautiverio del miedo por causa de esa epidemia que nos ha obligado a refugiarnos en lo que antes para muchos, era solamente una casa/apartamento, donde se iba a comer y dormir, me imagino qué no saben hacer, en las eternas 24 horas de convivencia. Si mi permiten un consejo, traten de transformar esa rutina en un hogar, en el más amplio sentido de la palabra, pues por experiencia propia les digo, que yo desde hace 2 años descubrí esa diferencia “y vivo en el paraíso” al lado de la más maravillosa de las mujeres.

Recuerden que en estos momentos poco importa si somos rojos o azules, porque lo absolutamente imprescindible es el amor, y tratar de salvar “si aún es posible” a este planeta, que al final es lo único que realmente nos une.

domingo, 29 de marzo de 2020

HUEVOS DE ORO



Tenía 15 años cuando me permitieron pasar mi primer fin de semana fuera de eso que algunos llaman hogar, sin saber su real significado. Meses antes mi abuela, una copia caribeña de Bernarda Alba me había dado la llave de casa -significó muchos más que aquella otra que carga la giraldilla- ese cataviento símbolo de una ciudad de rotas promesas.
A esa edad se tiene una sed inagotable de aventuras -había leído el mayor clásico de Daniel Defoe- aumentando aún más ese deseo tan típico de la adolescencia. Lo que no imaginaba era que mucho tiempo después también necesitaría el oficio de las letras para escapar de una realidad más cruel que la soledad, pero en ese momento me sentía tan héroe como aquel sobreviviente que pasó 28 años en una isla desierta, con la única diferencia de que ya había nacido naufrago de esa maldita circunstancia del agua por todas partes, como escribió un poeta entonces desconocido y después imprescindible.
No sabía qué hacer con esa falsa libertad de la adolescencia en un barrio donde era “El Blanquito de la Caridad”, y nadie más conocía a Robinson Crusoe, entonces se me ocurrió la idea de reunir a los cuatro amigos que teníamos un sueño común -ser oceanógrafos- para desvendar los misterios del azul que nos rodeaba, después de buscar varios destinos donde pudiéramos unir la recién conquistada emancipación y los deseos de mar, escogimos pasar el fin de semana en Puerto Escondido, una en aquel momento desconocida playa en Santa Cruz del Norte -pueblo famoso- por fabricar el único escape posible para los cubanos que no escogieron el camino de las aguas como futuro.
No recuerdo la guagua que cogimos ni el lugar exacto en que se encuentra ese paraíso -este dato nada aporta al texto- lo importante es que llegamos, felices de pasar por primera vez un fin de semanas lejos de las reprimendas de nuestros padres, que desconocían que además de todas las latas de comidas que nos habían dado, conseguimos -verbo común en el Canal del Cerro- unas botellas de ron para reafirmar nuestra independencia, al final como buenos machistas que debíamos ser, la bebida era el primer paso hacia la madurez.
Tratamos de armar la tienda de campaña con la inexperiencia que proporciona hacer algo por primera vez, después de hora intentando levantar esa tela que nos protegería de la noche, pero no de las estrellas conseguimos izar nuestra guarida. Quizás nos demoramos más de lo debido porque experimentamos mientras hacíamos el ejercicio de la sobrevivencia unos tragos de ron -entonces prohibitivos- todo lo cercenado tiene el sabor misterioso de lo desconocido. Entre el alcohol, y la inexperiencia de levantar una provisoria morada se nos escapó el reloj como ahora se escapan tus besos -allá del otro lado del mar- donde el tango es una identidad.
Llegó el atardecer ese tiempo indefinido -predilecto de los poeta- donde no sabemos si es el sol que muere o la luna que florece, dejemos eso para los críticos/teóricos de sus frustraciones y volvamos a nuestra historia.  
En ese instante donde la nada -lo es todo- apareció ella, arrastrándose hacia el mar con la lentitud/dolor de los que abandonan Ítaca y con la incertidumbre de no saber si algún día volverá a pisar eso que llaman patria -sustantivo con más de un significado- cuando se han dejado huellas en tierras hasta entonces desconocidas. Era la primera vez que veía ese animal fuera de los cristales de acuario y enseguida recordé a mi profesora de sexto grado -una de las mujeres más feas que he conocido- quizás por eso olvidé su nombre, pues como dice otro poeta: “Que me perdoem as feias, mas beleza é fundamental”.
Mientras ella seguía su lento caminar hacia ese mundo acuático que aún me fascina, pensé inconscientemente que la caguama y yo teníamos en ese instante algo en común -aún hoy mi realidad- ambos llevamos la casa a cuestas.
Pensar demasiado siempre ha sido uno de mis grandes problemas, perdido en ese mundo de ideas escuché el grito de Sisi: vamos a buscar el nido donde puso los huevos, todos corrían siguiendo las huellas de sus aletas, yo continuaba ensimismado en mis pensamientos y ahora con una nueva duda: no son los pájaros los que construyen nidos y ponen huevos -Aquí está- dijo Efraín escarbando con sus manos hasta encontrar centenas de huevos tan blandos que parecían gelatinas.
Cogimos como diez que fueron directamente al sartén que Ismael había puesto a calentar en una hoguera de gajos de uvas caletas. El revoltillo en pocos minutos estuvo listo, y empezamos a degustar eso que se convertiría en una pesadilla nunca olvidada. Tenían un sabor raro, era como si la sal hubiese nacido en su interior, pero quizás por el efecto etílico no percibimos eso.
Ahora que ha pasado más que un águila por el mar, recuerdo como si fuera hoy que mi/nuestro miembro empezó a levantarse como por arte de magia -yo como siempre en las nubes- pensé que algún encantador de serpientes -para ser sincero de majacitos- andaba por ahí encantando imberbes.
Masturbarnos fue la reacción colectiva y espontanea para tratar de calmar los deseos y los dolores de cojones -discúlpenme- pero en esta parte de la historia no cabe ninguna metáfora. Pasaron minutos que se convirtieron en horas que se volvieron infiernos sin eyacular y con un dolor insoportable en los testículos.
No olvidemos que con 15 años se tienen las hormonas a flor de pene, y hasta una sardina la gente se singa -lástima que no hubiese ninguna cerca- y que gracias a Yemayá, la tortuga devoradora de pingas -según Cabrera Infante- ya navegaba tan lejos como lo hice yo tiempo después.
Dejamos todo el campamento y el sueño de la libertad para buscar ayuda, proporcionada por el chofer de otra guagua, cuya marca llevaba el nombre de una playa donde por desgracia se consolidó la mariconá tropical, en el trayecto Maulio recordó que era prohibido comer los huevos y cazar a ese animal tan parecido a aquella profesora, entonces como Cerranos -del mismísimo Canal- hicimos un pacto de silencio.
El chofer nos dejó en el policlínico del pueblo. Al entrar en la sala de emergencias parecíamos los Tres Mosqueteros -que en realidad eran cuatro- con sus espadas listas para la batalla, una doctora muy joven nos preguntó que habíamos hecho o comido para llegar en ese estado, con los sables que parecían recién nacidos del fuego -o sea al rojo vivo- de tanto intentar vaciar su interior “NADA” fue la respuesta colectiva delante de su pícara sonrisa/científica, antes de colocarnos suero en vena y hielo en lo que nos quedaba de los floretes, que al final no cortaron ni siquiera una tilapia.
Mucho tiempo después, y antes que Braulio casi sufriese un paro cardiorrespingatorio por la despiadada mordida de la innombrable, supe que los huevos de tortugas son uno de los más poderosos afrodisiacos que existen, pero esa información como en la mayoría de las veces, llegó tarde.

lunes, 23 de octubre de 2017

UN SOLAR LLAMADO FACEBOOK*


El 20 de octubre pasado tuvo lugar el lanzamiento del libro Meditaciones de Cantinflas o el intérprete digital en la Sociedad del Disparate, del escritor Armando Añel, en el encuentro literario Viernes de Tertulia, que conduce el también escritor Luis de la Paz. Añel plantea en su libro que vivimos en una sociedad donde han cambiado ciertas conductas a partir del surgimiento y popularidad de las redes sociales, principalmente el Facebook, y de la tecnología en general.

Luis de la Paz, en la conversación previa al lanzamiento, cuestionaba con bastante insistencia si era necesaria una mayor regulación de esas redes, que ya tienen sus propias normas de censura y castigos para quienes las incumplen. Particularmente, estoy a favor de ese exceso de libertad o libertinaje –como se le quiera llamar–, creo firmemente que cada individuo tiene el libre arbitrio de escoger qué ver y de permitir quién puede visualizar sus posts, por ese motivo entiendo innecesaria una censura a partir de alguien –llamase dueño– de la red social en la que por voluntad propia participamos.

Mientras pensaba en todo eso, desde la última fila del local evocaba mis inicios en el Facebook y la alegría que me proporcionó esta plataforma al reencontrar a amigos y conocidos que hasta ese instante solo habitaban en la memoria. Trate también de recordar los sucesos incómodos que provoca todo tipo de colectividad, lo mismo si esta es virtual como si no, y aún más hoy, cuando lo virtual ya se impone en muchos casos a una realidad que siempre será despiadada con nuestros sueños; es ese el principal motivo por el cual la virtualidad ha sustituido impiadosamente a la realidad. En la red puedo ser como siempre soñé, cuelgo una foto bien distante de mi espejo, creo un perfil virtual y, desde ese instante, ese otro yo sustituye al yo que siempre he negado. Nada más cómodo y fácil para crear todas esas personalidades que llevamos en el subconsciente.

Las redes sociales se han convertido en grandes solares donde la privacidad ha dejado de ser un elemento fundamental en la convivencia social, conozco muchas personas alarmadas con este hecho. Quizás el haber nacido en el Canal del Cerro y crecido entre solares, donde siempre la privacidad fue un objeto de lujo, me permite sentirme más ambientado en este Gran Solar Universal y Virtual llamado Facebook, y dar y recibir de él solo lo mejor.

En mi modesta opinión, más allá de cómo trata el tema Armando Añel en su libro, la Sociedad del Disparate no es más que el resultado de la evolución, o involución en algunos casos, de la raza humana. Si nos remontamos a la época del hombre de las cavernas, veremos que uno de los primeros lenguajes usados, mucho antes que las palabras, fue el del dibujo grabado en sus grutas, y hoy, miles de años después, volvemos a sustituir las palabras por dibujos más tontos y menos didácticos llamados Emojis. ¿No será esto un retroceso virtual a la era paleolítica, donde entre otras características se vivía sin ninguna privacidad en una colectividad donde se obedecía al más fuerte físicamente? Hoy vivimos igual, obedeciendo al más fuerte… pero económicamente. A lo largo de los siglos, lo único que han hecho las sociedades es reciclar ideas y llevarlas a la modernidad de su tiempo.

Otro de los “grandes logros” de la internet es el selfie. Hoy todo el mundo, incluso en la más ridícula de las situaciones, se tira un selfie para enseguida colgarlo en la red. Aquí volvemos a la discusión del fin de la privacidad. Yo particularmente no lo creo, porque la privacidad es unipersonal y como tal depende de la decisión de cada cual.

Analicemos literalmente qué es un selfie: se trata de un autorretrato digital, o sea, podemos decir que Van Gogh, Goya, Rembrandt, son algunos de los precursores del selfie. Y si esta teoría que sostengo llegara a ser comprobada científicamente, veríamos que desde los inicios de la humanidad hemos vivido en la Sociedad del Disparate. La única diferencia es que ahora se han eliminado las fronteras geográficas y desde la tela de mi laptop puedo navegar a cualquier parte del universo, incluso a tu casa si me lo permites.

*Publicado originalmente en Neo Club Press.


martes, 14 de junio de 2016

LA HUMEDAD DE LOS RECUERDOS


¿VALIÓ LA PENA? 

Nos preguntábamos mi más que hermano Víctor Fowler y yo en otra conversación/despedida “algo casi infinito para los nacidos en Cuba” acompañados de un café en Barnes & Noble -ese espacio que parece otra isla dentro de Miami- Nos cuestionábamos por qué nos tocó de la sociedad del futuro solo las pérdidas, las divisiones más allá de los apellidos. Quién se tomó la prerrogativa de dirigir nuestro destino sin al menos preguntarnos si concordábamos con las promesas que se rompieron antes de llegar ser realidad.

Mientras manejaba desde el último adiós hasta el espacio que algunos llaman hogar esa interrogante no salía de mi ser. Los 20 minutos que separan el cotidiano del reposo siempre me parecieron infinitos, porque eternas son las pérdidas de quien no pertenece a ningún lugar, y a la misma vez es tan libre como el viento. Ese lapsus hoy transcurrió a una velocidad muy superior a la permitida en el expressway que viajan las ideas.

Nunca he regresado a los inicios -ya perdí los deseos de volver a Ítaca- y solo quien ha partido más allá de las consignas y el hambre sabe la profundidad en que puede sumergirnos los recuerdos cuando nos sorprenden desnudo allende la piel “frente a los espejos” en esta perdurable lucha contra la inutilidad de los ayeres.  

Lamentablemente no somos inmunes a los atardeceres -todo pasado fue mejor- y ese lugar es el castigo inhabitado donde nos lleva la insistente memoria, aunque tratemos de esconder detrás de cada sonrisa el dolor que cargan las lejanías, las soledades y los fracasos tan comunes en una generación que fue expulsada al mar _esa nada vestida de azul_ sin la menor preparación para sobrevivir del otro lado de la irrealizable utopía marxista.

Fue inevitable no tocar en los años 80 -no estamos locos- los recuerdos son tan palpables como la mujer que amamos. En esa época salimos a la literatura con la ingenuidad de creer que podríamos cambiarlo todos desde las letras, sin imaginar que mucho tiempo después nos estaríamos preguntando cómo salvar esa memoria disgregada más allá del salitre.  

A pesar de haber sido una década prolifera, en la que surgieron muchos de los iconos que hoy la política de ambas orillas usa a su favor o en contra -según les convenga- y otros tan talentosos o quizás más que la cultura oficinal ignora, es desconsolador saber que de ese breve espacio solo quedan unos versos escritos en la arena; un pedazo de canción esparcida en el viento; un cuadro inacabado; una danza rota; un filme sin editar, porque la cruel realidad no perdona -del arte se muere-

A esta conclusión solamente llegamos después de haber vivido en la esquina opuesta a los deseos, donde más que todo faltan los amigos -ese territorio indispensable para combatir la morriña- en un espacio distante del que te alumbró, y que solamente nos dejó la posibilidad de sobrevivir de acuerdo al tamaño del bolsillo.

No piensen que estoy triste o deprimido, es simplemente el peso de los abriles y las ausencias que se multiplican allí donde más duele. El primero que partió para ese lugar donde quiero creer no habitan la política ni el dinero fue Jorgito García; tiempo después se le unió Santiago Feliú -el tartamudo más genial de nuestros imberbes años- acompañado de la poesía de Alberto Rodríguez Tosca y del también bardo Bladimir Zamora “ellos no son los único que emprendieron ese viaje” pero quiero ahorrarme las lágrimas de cada nombre. Esas pérdidas nos avisaron que era el principio del fin, el irreversible destino que hasta ese instante nos parecía lejano.

Huir ante tanto dolor -una vez podría ser el camino- la tentación del desespero, pero el tiempo “ciclón de las pérdidas” empieza a removerlo todo y los miedos que los años acumulan te atan a tierra, aunque navegar parezca otra vez preciso.

Quizás este grito convertido en palabra no pasa de una percepción creada por la persistente llovizna que exacerba la tristeza de esta isla interior transformada en silencios colgados en letras marcadas por el hierro vivo de la nostalgia.

Después de tantos días pasados por agua, ayer amaneció con un sol capaz de apagar la humedad de los recuerdos. Se prenunciaba un día espléndido -y así fue- Recibí la visita de otro hermano de toda la vida José Antonio Quesada _ese ser que quiso mirarse por dentro_ cuando todo el mundo quería mirar más allá del horizonte.  

Conversar con Jose -sin acento- en el más típico hablanero, y rememorar instantes donde a pesar de las carencias que nos impusieron éramos felices porque la amistad lo curaba todo -incluso la nada como todo- fue el mejor de los regalos, y quizás la única respuesta a la interrogante que inicia este texto.

Valió sí compadre, porque estamos vivos a pesar de todo.

martes, 3 de mayo de 2016

JAVIER IGLESIAS: POESÍA


LA IMPIEDAD DE LOS AYERES

La vida es una hoja de otoño
posando lentamente en inconclusos espejos,
nada escapa a las ausencias con sabor a navajas
que degollaron corderos
el día anterior a la prohibición de las palabras.

Cómo salvarse de los ayeres
-agujeros negros-
después de descuartizar la memoria
en la violenta cotidianidad de los números.

Todo es matemática del otro lado de la política
poco importan las ideologías
cuando el dinero amanece destruyendo sueños,
recordando que la impiedad habita
más allá de los despertadores.

Soy un inútil coleccionador de silencios,
bicéfalo con huellas inolvidables
en océanos preñados de despedidas.

Qué hacer con esta manía de no-ser
si el atardecer se desnuda en el mar/ventana
cómplice de los infecundos recuerdos
que insisten en sembrar soledades.




LA CULPA ABSOLUTA

He enterrado relojes en la arena
pero la memoria sobrevive a los naufragios
no habrá mapas para hallar tesoros
en la isla donde el futuro siempre fue una farsa
destinada a apagar ayeres
más fructíferos que las inacabadas promesas.

Las joyas,
continúan en manos de piratas uniformados
con el mismo discurso
anterior a la muerte de la verdad
cuando la ciudad aún no era pasado
ni la culpa absoluta.

Destruir es una palabra inocente ante tantas ausencias
después que todo se rompió
ni el sonido de la lluvia alcanza.
Solo queda el mar y la espera. 



DEL OTRO LADO DE LOS RECUERDOS

Luz que huye de mi ser
en la inacabada soledad
territorio habitado por los que no están,
por los que se fueron
-más allá de las fotos-
en esta muerte interminable.

Ausencias que ni la memoria salva,
todo conspira para perpetuar ayeres
-incluso la acida lluvia-
que recuerda el día después del hongo
cuando se instauró la nada
con sus poderes absolutos
destruyendo el misterio de las cosas
que poblaban el jardín de mi infancia.

Ahora todo es pasado
-solo queda un árbol seco-
huérfano de raíces
incapaz de alimentar al fuego
que podría destruir diciembres.