Cuba 8 -no lo confundan con la calle- a pesar de
estar ubicado en esa vía tan emblemática de la capital del exilio. En el barrio,
que nostálgicamente llamamos “Pequeña Habana” es uno de mis sitios preferidos
en esta ciudad fundada con el pensamiento de un rápido regreso, que _aún hoy parece
distante_.
Me gusta ir a ese bar/galería/teatro porque me recuerda una
Habana que solamente conocí en la oralidad de mi tío/abuelo Sito, en la literatura
de Cabrera Infante, en las canciones de José Tejedor, de Benny Moré, y de
tantos otros extraordinarios músicos que la dictadura intentó borrar del patrimonio
nacional.
Recuerdo las maravillosas conversaciones con esa persona tan
especial que, con muy poca instrucción, solo terminó lo que actualmente “llamamos
6 grado” es la que más ha influenciado en lo que soy -un hombre con escasas virtudes
e incontables defectos- un inútil cazador/coleccionador de sueños.
Sito, que se llamaba José Quiroga, me describía con un
lenguaje cautivante, en medio a la ausencia de luz -interpreten esto
literalmente- en ese tiempo que eufemísticamente llamaron Periodo Especial, una
Habana maravillosa, deseo de cualquier turista en los lejanos años 50, antes de
la mariconá tropical _que desgració la patria_
cuando la isla florecía por encima de todas las demás naciones del continente “no
solo económicamente” sino también con su música tan singular, que hasta hoy influencia
al resto del mundo.
Fue en ese contexto, más específicamente en marzo de 1953,
cuando Enrique Jorrín compuso esa genial canción "La engañadora",
ustedes se preguntarán que tiene que ver, esa música, con Cuba 8. Si ya han
visitado este místico lugar miamense, y si no lo han hecho _se los recomiendo_ sabrán
que sus portales están adornados con caricaturas y pinturas de los mayores
representantes de la cultura de ese archipiélago hecho pasado, y uno de los
inmortalizados, es el autor de la ya mencionada composición.
Un día delante de la caricatura de Aristides Pumariega,
que ilustra el texto de esa canción, comprendí que la genialidad de Jorrin, era
solo comparada con las novelas de Julio Verne o las predicciones de
Nostradamus, pues iban mucho más allá de la música, cuando compuso esa
cubanísima canción. Quizás, por la ingenuidad de esa década, tan romántica, donde
solo importaba la realidad -ni él mismo imaginaría- que su falsa chiquita, hoy camina en cualquier ciudad del
planeta, con otro tipo de relleno, pero con la misma intención de engañarnos a
todos.
Si no concuerdan conmigo los invito a analizar el
texto de su música: A Prado y Neptuno iba una Chiquita, que todos los hombres, la tenían que
mirar -hasta aquí todo normal- cualquier
hombre no resiste una torcida de cuello ante un femenino cuerpo escultural… Prosigamos:
Pero todo en esta vida se sabe sin
siquiera averiguar. Se ha sabido que, en sus formas rellenos tan solo hay-. Se dan cuenta, que Enrique fue un adelantado a los implantes de senos y
glúteos, tan común en la actualidad. Creo que sus descendientes deberían
reclamar derecho de autor por el uso de la silicona que ha poblado, no solo esta aldea, de más de una “engañadora”.
Ya han percibido, que muchas veces, cuando
conquistamos esa mujer que parece perfecta, aunque soy totalmente contra la
perfección, descubrimos que el plástico implantado en su cuerpo -para burla lo
que la naturaleza o la genética le negó- nos hace sentir, como si estuviéramos haciendo
el amor con una de esas muñecas de silicona, populares entre las personas ,donde su incomunicación, les impide
el vínculo de realmente amar a una mujer con todos sus imperfecciones, pero
real “más real” que el más perfecto de los sueños.
Antes de continuar, debo pedirles perdón, a esas
conocidas -en algunos casos amigas- que más de una vez al recurrido al bisturí
para transformar el cuerpo, que ellas mismas, no aceptan, frente al espejo, y
que como un vicio continúan modificando, sin importarle, la impersonalidad de sus
cirugías “pero debo ser sincero con mi personalidad” y asumo todos los riesgos
y criticas posibles.
No tengo nada en su contra, pero quizás por ser un
hombre antiguo -de aquellos que aún escribe poemas- prefiero la realidad del almanaque
_la aceptación natural de la edad_ antes de la intervención de la ciencia, capaz
de engañar “solo físicamente los ayeres” porque el tiempo biológico, aunque les
duela, no puede cambiarse en un salón de operaciones. Como ya predijo el maestro
Jorrín: “Que boba son las
mujeres que nos tratan de engañar”. Y también algunos hombres tan inseguros como los mañanas.
Jajajajajajajaaaaa....ay Azuqui, este tiempo de corona como que te ha dado un despertón y estás hablaneando hasta por los codos! Ahora me viene una cnación que no sé de donde es; pero que llegó hasta la radio alemana: "No pares, sigue, siggue"!!! Un abrazo.
ResponderEliminarGracias por leerme Flaquita.
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ResponderEliminarJajaja Espectacular querido Javi, usted siga dándole duro al teclado, deje que Laurita coma y lo consienta, nosotros a disfrutar de sus letras.
Gracias a ti por leerme mi querida amiga.
EliminarHa estado bien el tema, jaja. Fresco, agradable, reflexivo.
ResponderEliminarAbrazos mi querido amigo.
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