A veces creo que la vida se resume a un eterno caminar en círculos, ruinas
que nos persiguen -más allá de los recuerdos-. Ya han pensado cuántas veces sentimos
que hemos vivido el momento que estamos viviendo /perdónenme la redundancia/ o la infinidad de ocasiones que, a pesar
de nunca haber estado en ese lugar, creemos conocerlo, mismo siendo la primera
vez que lo visitamos. Es una sensación escalofriante, como si estuviésemos
viendo la misma película nuevamente.
Acaso no les ha pasado, en este exilio que se ha convertido en “nuestra
casa”, sorprendernos al ver un rostro que nos parece familiar _en medio de la multitud_ pero que, al ir a saludarlo, descubrimos
que además de no hablar nuestro idioma, nunca ha estado en los lugares que por
diferentes motivos nos ha tocado sobrevivir.
Quizás esa circularidad, sea motivada por lo único realmente
importante, en este lapsus de tiempo donde aún somos materia. La eterna inconformidad
de no encontrar la felicidad -el más ansiado de los deseos- desde que el hombre
descubrió que era la conciencia, lo que nos diferenciaba de los animales “aunque
a veces seamos más irracionales que ellos”.
En este eterno desconcierto, no importa lo que hagamos o dejemos de
hacer, al final buscamos siempre lo mismo, y en esa búsqueda, muchas veces “perdemos
el camino” que supuestamente nos llevaría al nirvana -si es que realmente
existe- por estar adaptado al infortunio de los proscritos, o por distraemos
ante los azares, que nos ofrece la cotidianidad, y que aceptamos, casi siempre,
inconscientemente como único destino.
Yo “que también podrían ser cualquiera de ustedes” para tratar de
engañarme, recurro al mar _recuerden sus múltiples significados_ eterna
fuga para los nacidos en ese lugar que pesa más que los ayeres “rodeado por la maldita circunstancia del agua” como
ya dijo aquel gran poeta menospreciado, y censurado por la dictadura. A pesar de sentirme distante de esa isla -tan distante como
los deseos irrealizados- sigue corriendo en mis venas el salitre hablanero, y
esa sensación de náufrago que me acompaña, desde que partí más allá de la irrealizable
utopía comunista.
Tal vez por eso busco en el océano -un escape- un refugio para
gritar al vacío, cuando la angustia del silencio reprimido no alivia la imitación
de felicidad que nos exige el presente -provocando la ansiedad del diario
acontecer- porque debemos aparentar lo que la sociedad cree como perfecto “la
impoluta falsedad” de la que me niego a ser parte.
No crean que soy un rebelde sin causa “soy simplemente un soñador”
inadaptado a lo políticamente correcto, o quizás un atrapador de sueños, dentro
de una burbuja inventada, para protegerme de los espejos, porque la vida al
contrario del celuloide no es bella -es cruel- para los que tenemos el más
solitario de los oficios, como escape allende de las monedas -sin criticar a
Judas-.
Ninguna letra llena los bolsillos, es un reto inútil, el de
los escritores _que no sirve
para nada_ a no ser para seguir preñando quimeras, porque ella -la escritura-
eterna insatisfecha no conoce de límites. Y cada día te exige más, sin
importarle, que “las palabras” antes de convertirse en ideas, son
simplemente lágrimas que fecundan la pantalla de cualquier laptop _incluso la
de ustedes_ o tatuajes imaginarios, que nunca fuimos capaces de hacernos “porque
la piel es real” duele, y no caben todas nuestras ideas en el más perfecto de
los cuerpos.

Me acostumbré a tu manera de decir y te reitero mi gratitud por la continuidad de Escombros...
ResponderEliminarAunque escribír tal vez sea un oficio distante de famas y ciertos lucros ( salvo excepciones ) no cabe dudas que es útil y necesario...
Mi abrazo
Gracias por tu cariño hermano de tantas batallas brasilienses.
EliminarEse decir y llevar de las olas donde te sumerges para escribir, nos deja más que clara tu esencia, tu virtud y tu seguridad en cada letra. Gracias no te apartes jamás de ellas.... Abrazo.
ResponderEliminarGracias por leerme Sandrita.
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