Creo
que el ser humano es un eterno insatisfecho. Quizás sea ese el motivo de
siempre añorar muchas más cosas de las que nos rodean, o de querer volver al nacimiento
del tiempo - algo hasta hoy imposible - insistimos en esa incoherencia sabiendo
que no nos llevará a ningún lugar, ya que el único sitio donde realmente estaremos
en paz es aquel que intentamos cultivar en este incesante andar de llevar la
casa en la mochila y los recuerdos en la punta de los ojos.
El
párrafo anterior, desde ayer me pide para ser letra, después de haber ido a una
tertulia en casa de una amiga de mi esposa. Allí, como es casi inevitable
cuando se reúnen los cubanos, en cualquier parte del mundo, se tocaron - uso este
verbo intencionalmente - a pesar de su incorporeidad los
recurrentes temas de la nostalgia, de los éxitos y fracasos alcanzados en todos
estos años de exilio.
Entre
los participantes estaba una cubana, amiga de uno de esos hermanos que nos
regala la vida, con la cual conversé bastante. Ella, que reside en España
a 20 años, visita frecuentemente esta ciudad cargada de ayeres, por eso conoce
el alma de este espacio incapaz de competir con el pasado.
Entre tragos y tapas hizo una de las mejores
definiciones que he escuchado de este refugio separado del mal por escasas 90 millas. Dijo que las personas que lo habitan
“creen que están de transito”, son incapaces
de percibir la inutilidad de los ayeres, y se aferran a la idea de volver al
mismo sitio que escaparon, pero imaginando vivir allí, donde hasta los sueños
pesan, con las facilidades que proporciona la vida en cualquier nación donde la
economía de mercado es más importante que la ideología.
Yo
que he vivido en más de un país siempre sentí una falta inagotable de Cuba, más
específicamente de La Habana, ese pedazo de espejo que sobrevive a pesar de las
inclemencias políticas que la golpea a más de 50 años. Fue una ardua lucha que
duró demasiados abriles - tiempo perdido/irrecuperable - hasta el día
que me propuse vivir el cotidiano del lugar donde me encontrase, aceptando pertenecer
a todos y no ser de ninguno. Olvidar definitivamente ese infierno de calor y
salitres que supervaloramos en la distancia fue el inicio de una vida mejor.
Cuando me vi obligado, una vez más a coger el
camino de las aguas, el acaso me trajo a esta imaginaria isla llamada Miami.
Fue una decisión difícil, ya que nunca cogité este lugar como una morada, pero
no podía obviar la lejanía de mi juventud, y mucho menos la única ventaja de
haber nacido en ese pedazo de tierra delimitador de todo.
A pesar de haber resuelto definitivamente mis
traumas con aquello que ya no podemos llamar ni de país. Al llegar a este espacio, idolatrado
por los que aún viven en la isla, comprobé que no me había equivocado al
decidir expulsar de mi cotidiano la nostalgia de una nación que me pertenece cada
vez menos. Hoy sé, que no podría volver a vivir en ese lugar, después de conocer
a la última ola de emigrantes, que usa para comunicarse un vocabulario tan peculiar
- aquí estoy siendo muy generoso - totalmente incomprensible para los nativos
de la lengua de Cervantes.
Al escuchar sus jergas, no pude dejar de pensar en todo
aquello que aprendí en la escuela, cuando Amparo, la profesora que me enseño a
leer, nos adoctrinaba diciendo que el pueblo es la verdadera y única expresión
de cualquier nación. Hoy veo en esos distantes compatriotas el desastre de ese experimento
llamado hombre nuevo que tanto pregonaba el más absurdo de los sistemas.
No
quiero concluir este texto sin aclararle, que me impregné de las mejores intenciones
cuando lo inicié, y si alguien duda de eso, puedo decirles a modo de coda - aunque
muchos me critiquen - que doy gracias a la mal llamada revolución cubana, descabezada
por los hermanos Castro. Si no fuese por su fracaso, quizás todavía me sintiese
cubano y viviría en aquellas horribles ruinas - no solo arquitectónicamente - capaces
de superar cualquier pesadilla.

Yo también les doy gracias, todos los días, porque haber emigrado es mirar el mundo con otros ojos y tener el alma más limpia. Un abrazo, mi querido Azuquita.
ResponderEliminarTriste!!!! Cada vez se nos aleja más...
ResponderEliminarYo tambien agradezco por haber salido de cuba, doy gracias a dios por vivir aqui.
ResponderEliminarAsí mismo es, pero hay tantos cubanos que ni cuenta se dan de eso...Te mandé otros comentarios por el fb messenger.
ResponderEliminarGracias por compartirlo. Muy bueno y muy certero
ResponderEliminarCierto, muy claro y certero.
ResponderEliminarAsi mismo es Azuqui...yo también le doy las gracias no sólo a Fidel y su mal llamada revolución, sino a familiares míos,parte de ellos ya en mejor(o peor)vida, que no quisieron darme una mano cuando más lo necesité sólo por el hecho de tener un novio alemán federal,a lo mejor si hubiera sido de la democrática,no hubiera caído en la desgracia que me salvó del período especial y que le dió la posibilidad a mis hijos de no ser parte de este hombre nuevo que es una vergüenza.Yo recuerdo con mucho cariño aquella época de La casa del joven creador,que se la quitaron(porque yo ya me había ido) para hacer una trampa de dólares,Las peñas de Maria Eugenia primero en el Guiñol,después en el Sótano,mi apartamento en La habana vieja que ya lo habitan desconocidos....o simplemente las descargas en el muro del Malecón o en casa de alguien.Eso ya es pasado!...y el presente lo estamos pasando si en una sociedad donde,como dice tu amiga la ideología es menos que la economía de mercado,por lo menos con la libertad de vivir donde la economía privada te lo permite libre de la ideología que profesas.
ResponderEliminarNada complicado y aparentemente irreverente, Porque al contar la verdad, Javier Iglesias desarma a cuanto injusto lo critica, vaya usted a saber porque, si ambos se hallan en un refugio a 90 millas, por diferentes circunstancias pero con el mismo fin. En Miami, siempre que escucho las disimiles razones por las que se salieron de la Isla noto una exageración de la realidad,como si lo sufrido por un cubano no fuera suficiente para merecer un exilio. A la vez que no falta el desconocimiento de evidencias que por desconocidas no pierden su valor, nada en la vida es igual, como tampoco existe lo suficientemente perfecto.Entonces no existirán suficientes argumentos para discernir entre lo desconocido y lo cierto. Pero aun así el cubano de la diáspora y el del exilio se expone y opina con una decisión y autoridad tal que asombra al mas erudito o sabio en cuestión. Característica propia de quien ignora las ventajas del capitalismo cuando tu propia economía te lo permite. No necesitas vivir pendiente de que hacen los demás y mucho menos envidiarle como crece, si tu tienes las mismas posibilidades.Aunque siempre hay quien no entiende.
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