Brasil está pasando por una de sus mayores
crises -no solo política- su economía, que ya fue la 6 del planeta, se
encuentra en un estado tan crítico que es urgente retomar el camino del crecimiento,
pero para eso es necesario primeramente rescatar la credibilidad de su clase política.
El déficit de las cuentas públicas en 2015 fue
de 613 billones de reais -ese valor equivale a más del 10% del PIB brasileiro- el
índice de inflación oficial del año pasado, ultrapasó la barrera de los dos
dígitos, llegando a 10,67%, el dólar que en 2011 -cuando salí de mi lugar- estaba
a 1,75 reais, ahora sobrepasa los 4 reais.
Si llevamos todos estos números a la economía
real -la de los brasileiros de a pie- vemos que el resultado ha sido el encarecimiento
de los productos de primera necesidad. Paradójicamente los más perjudicados por
esta crisis son los que siempre apoyaron el proyecto petista de perpetuarse en
el poder -hoy la llamada clase C- se ha desilusionado con las incumplidas
promesas, y es una las principales fuerzas en las enormes manifestaciones que
han tomado las calles de todo el país exigiendo el impeachment de la presidenta
Dilma Rousseff y la inmediata prisión de su antecesor Luiz Inácio
Lula da Silva.
El desequilibrio de estas últimas décadas se debe
fundamentalmente a la incompetencia demostradas en los 14 años de gobierno
petista. En ese tiempo la nación ha padecido la mayor de sus corrupciones desde
que Don Pedro II dijo las históricas palabras de “Independencia o Muerte”, en
el famoso “Grito de Ipiranga”.
El ex-presidente -que nunca vio nada ni sabe
nada- se ha convertido de la noche al amanecer en uno de los hombres más
próspero del país “junto a su familia”. Posee apartamentos de lujos en las zonas
más cara de Sao Paulo, finca de descanso en un lugar paradisiaco. Sus privilegiados
hijos fueron tocados por la varita mágica de la corrupción, y pasaron de
veterinario del Zoológico de Sao Paulo -el primogénito- y de preparador físico
de futbol -el benjamín- a bien sucedidos empresarios que ganan millones de
reais. Por otro lado, Doña Mariza, esposa de Lula se encarga de humillar en
conversación telefónica con Lulinha a los miles de manifestante que piden la
inmediata prisión de su esposo, y el fin del gobierno de la presidenta Dilma
Rousseff.
La falta de decoro del gobierno petista,
creyéndose superior a la nación, los ha llevado a utilizar inescrupulosamente
toda la maquinaria institucional para perpetuarse en el poder. Intentan
desesperadamente corromper, sobornar -cuando posible- y en un último y exasperado
intento obstruir el funcionamiento de los demás poderes.
El poder Judiciario, conjuntamente con el
Legislativo y el Ministerio Público amparados por artículo 2º de la
Constitución Brasileira donde se deja bien claro que: Son Poderes de la Unión, independientes y harmónicos entre sí, el
Legislativo, el Executivo y el Judiciario, cumplen su papel institucional
de velar por el cumplimiento de las leyes, sin importarse con el cargo público
que ocupe quien la infringe.
La desesperada maniobra de la presidenta de
nombrar a su antecesor y padrino político Ministro de Articulación, demuestra
que ella no es más que un títere manipulable, y que el único que toma
decisiones en ese gobierno es el ex-presidente. Lula quiere escapar del cerco
que le está cerrando la justicia común en la persona del juez Sérgio
Moro, por ese motivo obligó a
Dilma a nombrarlo Ministro, mismo sabiendo que esta decisión podría ser la
antesala y la energía que faltaba para impulsar el impeachment tan deseado por
la mayoría de la población.
El ex-presidente -tenía total consciencia que-
al tomar pose como Ministro, el proceso que corre por la justicia común se trasladaría
obligatoriamente al Supremo Tribunal Federal. Solo no calculó que la oposición y la voz popular tratarían por todas
las formas legales impedir esa pose.
Por otra parte, los jueces del SFT, con toda
seguridad prefieren que un ex-mandatario sea juzgado en la justicia de primera
instancia, pues así no tendrían que asumir el onus de condenar por la primera
vez en la historia del país a un ex-máximo representante del Poder Ejecutivo,
al que hasta hace poco tiempo se consideraba el salvador de la patria.

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