Dice el refrán que los gatos tienen
siete vidas. Que cuando los lanzan al vacío –ese espacio indefinido– siempre
caen de pie. Que son desconfiados, traicioneros y muchas cosas más que deben
incomodar a sus admiradores. Invariablemente son usados como ejemplo de
animales independientes y nada sumisos a sus dueños.
Con los exiliados pasa algo similar, ya
que cada vez que emprendemos un nuevo destino, en la ya larga diáspora
nacional, es como si volviésemos a nacer con todas las dificultades de un parto
no-natural, en vientre ajeno. Para seguir la comparación con los pequeños
felinos, no olviden que generalmente quienes toman los caminos del mar –que en
la mayoría de los casos conducen al bien– lo hacen por su incapacidad para
formar parte del dócil rebaño que alimenta con su silencio a las dictaduras.
Yo he nacido –quizás sea lo contario–
dos veces en estos veinte años de lejanía. Ellos, que no son ustedes, me
prohíben volver –el más triste de los verbos– al tronco patrio, que cada día
siento más lejano y menos interesante. Algo que no me incomoda, ya que hace
mucho tiempo tomé la decisión de cambiar ese limitado concepto de nacionalidad.
Hoy me considero un ciudadano universal
con raíces más brasileiras que insulares. Sé que esta declaración puede traerme
problemas –no solo de interpretación– en esta aldea, territorio de la
discordia, donde momentáneamente he anclado mi andar.
Si partimos de la base que antes de las
palabras surgen los pensamientos, les digo que aún pienso en portugués, que mis
ideas bailan samba, que mi consciente se resiste al español. Si esto les
pareciese poco, no olviden que otra intrusa pero necesaria lengua –me refiero
al idioma– pide permiso para entrar en un cuerpo anquilosado por los años, y
por la terquedad de los destierros.
Recuperar el habla que me parió, y
adquirir la nueva, se ha convertido en una batalla interior, me niego a olvidar
el idioma que me ha acompañado desde 1994, y al cual agradezco gran parte de mi
escritura, que es lo mismo que mi vida. Es una cruzada casi perdida, ya que la
cotidianidad es la peor de las desmemorias.
Lo único que ha conseguido la diaria
invasión de cubanidad en Miami es hacerme sentir aún un imberbe, que trata de
readaptarse a esa cultura primogénita pero distante de los patrones que adquirí
en estos largos años de vagar entre los sueños rotos y la cruda realidad del
excomulgado. Sentimiento lógico y justificado, por haber vivido demasiado
tiempo al sur de los discursos, y por mi inmersión en ese otro lenguaje del que
ya les hablé.
Para parar de escribir sobre mojado,
debo reafirmarles que me está costando mucho trabajo adaptarme al cubaneo
imperante en este espacio. Los emigrados recién llegados, que supuestamente son
los tan cacareados hombres nuevos, confirman el fracaso de ese macabro
experimento. Al abrir sus bocas percibo que el idioma que aprendí en la
infancia es totalmente distinto a esta jerigonza para mí incomprensible.
Si a todo lo expuesto anteriormente sumamos que gran parte
de las personas que habitan esta ficticia e impuesta nacionalidad – a 90 millas
de todos los sueños– continúan viviendo de alguna manera bajo la influencia del
des-gobierno de la isla, asumiendo como doctrina esa incomprensible
intolerancia que tanto daño nos hizo, no veo a corto plazo una normalidad
ideológica, mientras en las dos orillas no exista una amplia tonalidad de
colores. Hoy lamentablemente –al sur o al norte– se es zurdo o se batea a la
derecha.
* Texto publicado originalmente en Neo Club Press

Que relato más conmovedor, sentí la soledad de ese gatito
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