lunes, 1 de febrero de 2016

ESE REFUGIO SIEMPRE ABIERTO


Es increíblemente que todas las religiones asocien la lluvia con la purificación del cuerpo y el alma. Si es así, podemos considerar a las tempestades un milagro –mismo que no habitemos en ningún dogma religioso- cuando esas lágrimas del cielo se rompen en nuestra piel penetrando hasta ese subconsciente más allá de la epidermis donde ahogamos las penas; para los cubanos esto se cumple literalmente; en ese estrecho de 90 millas que hasta ayer “esto es una metáfora” separaba el mar/del bien.

Hoy es sábado, llueve y el azul que es mi ventana está inquieto. Miami Beach –mi temporal abrigo- me recuerda más que nunca Sao Paulo, ese reposo que a pesar de carecer de océanos llena todas mis ausencias, y que será mi último destino por el libre arbitrio que solamente descubrí al andar sus arterias, después de ser expulso de aquella isla que ya nada significa porque aprendí en este inconstante vagar que uno no pertenece al lugar donde nació y si a la tierra donde alcanzamos la plenitud ciudadana que nos fue negada en el alba de nuestras vidas.

La lluvia es mucho más que lo estigmatizado. Ella, mujer incorpórea, sosiega eso que Nirma llama mi carácter, me traslada a un inexistente espacio en el cual todos los obstáculos parecen ahogarse ante la inmensidad del azul.

Ese quinto color del espectro luminoso, siempre ha sido mi confesor. En los momentos de mayor soledad -cuando hasta la sombra me abandona- encuentro conforto solamente en sus olas tan femeninas al acariciar.

Mi relación con el mar fue cambiando con el pasar de los años. El primer recuerdo que tengo fue cuando mi tío/abuelo Sito se ganó “por obrero vanguardia” unas vacaciones en una casa en la playa de Guanabo.

Yo tendría unos siete u ocho años, y desde los cinco ya vivía en ese lejano lugar llamado divorcio. Mis padres no podían atenderme porque estaban muy ocupados en construir –cada uno a su manera- el tan cacareado futuro mejor, que hasta hoy esperamos. Mi madre vivía en la noche y mi papá en el comunismo.

Ese encuentro inicial con el mar es la remembranza más antigua que me habita, después de la muerte de mi abuelo Alfonso. Puede parecer absurdo, pero solo recuerdo lo que he contado hasta ahora, no consigo acordarme del mágico momento en que entré en esa transparente inmensidad que siempre he perseguido en todos los países que me ha tocado sobre-vivir.

Quiero imaginar que la primera vez que pisé la arena y mi vista se sumergió en la salobre humedad, sentí esa emoción de película “Hollywoodiana”, donde el inocente niño descubre la perfección de la naturaleza.

A pesar de las ausencias de detalles, desde ese instante mi vida ha estado ligada al mar. Cuando aún estaba en la isla -era la tentación- el único camino posible de escape, por suerte soy bien cobarde, y esa condición me mantuvo vivo. No formé parte de la silenciada estadística de los que perdieron la vida en las 90 millas que separa todo.

Años después, ya adolescente me escapaba de la escuela para ir a su encuentro. El Malecón se convirtió en una gran aula a cielo abierto. Allí encontraba todos los días al viejo Juan –pescador de orilla- y embustero profesional, con una labia tan exquisita que conseguía captar nuestra atención, aunque siempre contase la misma historia de cuando pescó un tiburón tan grande que se comió la mitad de su bote, y por eso desde ese día solo pesca en el Malecón.

Creo que Juan, y los libros que leía en esa época de inconsciente candor aún me influencian. Quizás por eso no puedo prescindir de la maresia -esa brisa vestida de azul- que acompaña cada mañana mis pupilas pero que no alcanza para rescatarme del otro lado de los recuerdos. Soy un náufrago de la memoria, pensando erróneamente que todo pasado fue mejor.


Batallo incansablemente con la cotidianidad, porque aún creo en la posibilidad de sembrar girasoles en el océano que habita el centro de mi ser. Sigo un camino que no sé adónde me llevará, con la absoluta seguridad de no darme por vencido, a pesar de esos golpes tan magistralmente definidos por Fayad Jamis.

14 comentarios:

  1. Como siempre: brillante. Mi abrazo conciudadano

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    1. Oye la próximas vez que vengas a mayami tenemos que vernos.

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  2. Es una delicia leerte.. yo tambien tengo una fascinacion por el mar... no podria vivir alejada de el. Y la lluvia .. si supieras me recuerda el barrio, tu calle siempre inundada, el disfrute de mojarse en los ciclones... Javier, que maravilla leerte.. repito!

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  3. Si. La lluvia, como ahora mismo, lo refuerza todo. La amo tanto...

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  4. Si. La lluvia, como ahora mismo, lo refuerza todo. La amo tanto...

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  5. Carmen Amalia Nunez1 de febrero de 2016, 8:32

    Me gustó mucho.....te deseo que vivas siempre cerca de tu querido mar que te inspira y nos deleitas .....aunque tenga que ser en la orilla opuesta. Cariños pasados por agua

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  6. Ana Fajardo Curbelo1 de febrero de 2016, 8:33

    Extraordinaria reflexión y más aún para los vivimos todo lo descrito. Amo el mar, la lluvia y tener amigos que me regresen el tiempo. Un abrazo!

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  7. Maria Nilma Cechet1 de febrero de 2016, 8:35

    Ah o passado! não tem como arrancá-lo como erva daninha porque ele faz parte de nosso jardim, mas podemos cultivar outras flores para compor com ele um belo espaço. Sempre fico triste quando te leio, porque sei que não é só um escrito, que não é ficção, é o coração tentando se acomodar no peito. Abraço grande.

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  8. Fantástico azúcar

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  9. MUCHAS GRACIAS JAVIER !!QUE HERMOSO !!

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  10. Muy lindo azuquita, lo lei dos veces.....,cuando nina mi primo mandy me llevo a casa de un amigo llamado alberto, .vivia en santa fe.. ,,era una casita de madera creo que estaba cerca del mar, nunca olvide el olor a madera vieja y a salitre ,me encanto ese lugar .me gustaria vivir cerca del mar ,,algun dia!!!.

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  11. Juan Carlos Rivera Quintana2 de febrero de 2016, 11:41

    Hermoso niño!!!

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  12. Somos isleños y para cualquier lado que tiremos tendremos el mar infinito a veces tranquilito que uno se piensa poderle caminar encima y otras veces tan furioso que de mirarlo se te quitan todos los berrinches...Tu lo sigues teniendo cerca, en la otra orilla. Yo lo extraño tanto!!! Cuando voy a un lago cierro los ojos para que el leve movimiento del agua me parezca aquella playa de la infancia tempranito en la mañana....y la lluvia, ese chaparrón de mayo que limpiaba por todo el año!!! Lindo lo que escribes mi querido Azuqui...Gracias por activar también mis recuerdos! Un abrazo.

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  13. Muy triste un abrazo chucho

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