jueves, 7 de junio de 2012

VÍCTOR FOWLER ESCRIBE SOBRE LORENZO GARCÍA VEGA


EN LA GRAN PLAYA ALBINA: PALABRAS POR LORENZO GARCÍA VEGA

Uno sabe, y espera, que estas cosas suceden (sucedan), pero cuando la noticia finalmente aparece es como si el tiempo quedase detenido: la muerte de Lorenzo (García Vega), amigo dulce, Lorenzón. Mientras anduve de becario en el Cuban Research Institute de FIU (allá por el lejano 1997) llegué adonde Lorenzo de la mano de dos de los buenos amigos cubanos: Carlos M. Luis y Carlos Victoria. Junto con ello, resultó que mi pequeño apartamento dentro del campus quedaba a par de cuadras del PUBLIX en el cual Lorenzo trabajaba; allí, durante los casi cuatro meses que pasé en Miami, lo veía siempre que me tocaba ir de compras. Lorenzo hecho realidad, con el carrito de bag-boy, el que en sus libros ironizaba acerca del diálogo entre la literatura (en donde era un maestro de primera) y el oficio este que le tocaba desempeñar: duro, resistente, sobre-viviente, el clásico de algo que no fue sino hasta años después cuando nos permitió conocer que eso era “el oficio de perder”. Si no me equivoco, creo que escribí el primer texto que sobre la obra de Lorenzo fue hecho en la Cuba posterior a su partida del país, un artículo de unas pocas páginas que lleva como título De un notario incómodo.

Este muchachón de escándalos, que con cualquier frase mordaz agitaba medio océano a su alrededor y entonces reía como si se ahogara y quedaba mirando con los bellos ojos azules transparentes. En 1994, con motivo del cincuentenario de la Revista “Orígenes”, contribuí –de la mano de Jorge Luis Arcos- a la celebración en La Habana del Coloquio Internacional que, en homenaje al grupo, tuvo lugar. Allí no podían faltar las lecturas críticas de la obra de Lorenzo y una de ellas, la realizada por Antonio José Ponte, dio pie a una de las más desconcertantes reacciones que me haya tocado ver en público alguno.

Ya en fecha reciente, cuando Laurita Vitier trabajaba en una multimedia dedicada al Grupo Orígenes, me tocó servir de puente para que ambos conversaran y el Lorenzón, generoso, aceptó ayudarla en lo que pudiese. Hasta donde sé, en estos años, en Cuba hubo dos ediciones de su poesía: una dentro del proyecto Azotea, que organiza y liderea la poeta Reina María Rodríguez; y otra por las Ediciones Matanzas, de la provincia natal de Lorenzo

¡Cómo me divertía verlo y bromear con esa “playa albina” creada por él a la manera de locus en el cual desplegar la ensayística! Injustamente disminuída frente a la poesía, la ensayística de Lorenzo es una poderosa lección de lo anti-estructurado, lo anti-sistema, lo no teleológico además de contener críticas muy profundas a la mediocridad y banalidad de las zonas más retrógradas del exilio cubano.

¡Cómo disfrutaba cada vez que nos despedíamos con la frase anti-política de su invención: “¡Hasta la derrota!” o cuando, para hablar de Cuba, nos echábamos a reir porque –en un ejercicio de periodismo vuelto de revés- decíamos que se trataba del “país sin destino”. O aquella otra vez en la que me dijo con la voz nasal y la risita pícara: “Sabes qué, Victor, ya tengo la solución… dividimos la Isla en tres y en cada una ponemos un Disneylandia…”

Carlos Victoria, tan dulce tú. Lorenzo, tampoco. Se quedan estos agujeros –que son vacío- como un peso paradojal. Ay, amigos, se les quiere tanto, se les extraña, se les recuerda.



 La Habana, 1960. Ha publicados los poemarios El próximo que venga (1986), Estudios de cerámica griega (1991), Confesionario (1993), Descensional (autoedición, 1994), Visitas (1996),Caminos de piedra (2001), Malecón Tao (2001), El extraño tejido (2003) y El maquinista de Auschwits (2005, Premio UNEAC 2004). Es coautor de la antología Retrato de grupo (1990). Compiló y prologó la antología de jóvenes poetas habaneras Donde termina el cuerpo (1998). Tiene en su haber, asimismo, los volúmenes de ensayo La maldición: una historia de placer como conquista (1998, Premio de la Crítica 1998), Rupturas y homenajes (1998, Premio UNEAC 1997) e Historias del cuerpo (2001, Premio de la Crítica 2002). Obtuvo el Premio Razón de Ser en 1999 con el proyecto de investigación La Habana de los literatos. Colabora asiduamente en publicaciones culturales dentro y fuera del país.

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