miércoles, 10 de agosto de 2011

PUNTO CERO


Desde muy joven escuché hablar de la crisis de identidad que sentimos al llegar a los cuarenta. No era un tema normal para alguien – Yo – de tan poca edad, pero como siempre anduve con personas de generaciones mayores a la mía, me veía obligado a tratar de entender un universo entonces muy distante.   

Hoy sé que esas conversaciones, al quedarse grabadas en ese espacio dueño del silencio y la vergüenza, de alguna manera me prepararon para cuando llegase al tan temido puerto donde el ayer está más lejos que el mañana. Tal vez, por eso, al cumplir la temeraria edad no sentí nada especial o disparejo que denunciase el inicio del ciclo más importante de nuestras vidas. Ya que la acumulación prematura de experiencias me sirvió para asimilarlo. También preferir  guiar mi vida con aquella frase que Lennon dijo una semana antes de morir: La vida empieza a los cuarenta.

Parecían – no se dejen engañar - proféticas esas palabras, ya que no percibí ningún cambio y mi existencia continuaba normal, que también puede ser diferente – dependiendo de cómo pienses - Hasta poco tiempo atrás, cuando descubrí súbitamente y de la manera más cruel que el tiempo pasa de un modo disímil al que pensamos o esperamos. A él le sobra el talento para envolvernos de una forma tan sutil, que somos capaces de conformarnos con la infelicidad como rutina de vida, algo totalmente ilógico, pues tengo absoluta seguridad, que no nacimos para vivir en ese estado, en que muchas veces habitamos y aceptamos por comodidad o miedo a enfrentar lo desconocido.

Influenciaron en ese descubrimiento una serie de desagradables acontecimientos, difíciles de admitir que acentuaron aún más el sentimiento de soledad que me acompaña hace demasiado tiempo.

Después de esos sucesos la sequía de hijos que veinte años atrás – un tiempo  infinitamente mayor al que Gardel cantaba - no me preocupaba, empezó a atormentarme como una pérdida irremediable.

Toda esa avalancha de infortunios me hizo reflexionar sobre la cercanía al medio siglo de vida. Una edad donde cualquier peso es multiplicado por mucho más de lo que ya perdimos. Sin embargo no debemos olvidar que en esta etapa aún podemos arriesgarlo todo para intentar renacer o seguir conviviendo en la desdicha.

Los cincuenta son el perfecto punto de equilibrio donde estamos más preparados que nunca para navegar hasta nuestro interior o tirar el ancla definitivamente.

Es verdad que las dudas son mayores y las ausencias de respuestas también, pero por otro lado la capacidad de saber lo que no queremos nos permite concentrarnos en alcanzar o al menos intentar lograr aquello que creemos necesario para la tan ansiada paz que debía traer la experiencia.

Por eso ahora quiero pensar al contrario de John que la vida empieza a los cincuenta, ya que de algo debe servirnos todo el tiempo que pasamos por ella. Gracias a la sabiduría adquirida con los fracasos, podemos diferenciar lo que no queremos seguir siendo.

Pues en esta edad, entre otras cosas comprendemos literalmente el significado de perder – entiendan el verbo como morir – a los amigos  y eso crea un abismo indescriptible dentro de nuestra realidad, junto con una urgencia de intentar conseguir aunque sea en el último y mínimo instante la posibilidad de enfrentar el futuro – no olvidemos que ya es una victoria estar vivo - con la esperanza de que nazca de nuestro interior aquello que buscamos a tanto tiempo, y no esperarlo de los que nos rodean ya que en algunas situaciones extremas ni la mejor de las compañías – nuestra pareja o nuevos amigos – pueden llenar el vacío que sólo nosotros seremos capaces de ocupar.

En casos específicos – como el mío – ser huérfano de descendencia nos hace sentir la necesidad de querer dejar algo que perpetúe lo que somos o al menos la mejor parte de lo que hemos conseguido ser – que nunca es lo que los otros esperaban - en este lapsus llamado vida.

No obstante debo confesarles que a pesar de padecer la oscuridad de la paternidad, y de sufrir la ausencia física donde poder dejar mis huellas, quiero creer que no me queda otra opción – aunque la soledad no me abandone - a no ser buscar una ventana donde no amanezca la melancolía.

10 comentarios:

  1. Que bonito Javier, si te sirve de consuelo, en España pregúntale a una persona de 60 si es joven o mayor, verás como te contesta, que sigue siendo un chaval!!!, estás en el país equivocado, vente pa la madre patria y verás toda la población de mas de 70 que hay. Pero ojo,no se te ocurra ir a Estados Unidos, que como dice la película, "no es país para viejos". Besitos de tu compi y ánimo que aún tienes que comenzar.

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  2. Me gusta esa reflexión y tus búsquedas....es lo que te hace Mayor ( no precisamente en edad ) en sensibilidad, diría que es lo que nos hace buscar tus paginas y eso es HUELLA ...un Abrazo

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  3. Me gusta la forma que tienes de confesarte, eso me acerca a tu prosa y pensamiento. Como dice Salvador, es la sensibilidad de tus sensibilidades lo que nos comunica a un punto cero, uno cercano a lo que padeces. gracias.
    JC Recio

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  4. Gracias Ana, Salva y Juanca por siempre estar por aquí.

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  5. Cuanta verdad, como golpes, como la vida misma, interesante reflexión, debe ser una bendición tenerte de amigo.
    Un abrazo, desde el sur.
    (Estaré un mes de vacaciones, alejado de toda tecnología)
    Gino.

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  6. Los cincuenta como dices puede ser el inicio, te lo dice alguien que ya los paso.

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  7. Para allá vamos todo, hermano!, poco a poco se llega! Y el asunto es no dejarse caer, aunque en verdad todo se esté cayendo!

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  8. Gino te extrañaré, pero disfruta tus vacaciones. Anónimo gracias por tu consejo. Ihos me he reído mucho con ese final de tu comentario.

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  9. Muy reflexivo, y centrado.


    Yo también preciso encontrar esa ventana, tengo un hijo de 11 años que no conozco aún y las esperanzas a veces se tornan más estrechas.

    Pero bueno debemos continuar hacía adelante, hasta que se acabe el camino.


    Un abrazo

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