miércoles, 26 de enero de 2011

UN PEDAZO DE LA CIUDAD


Siempre que puedo voy a una pequeña tienda de discos y Cds usados, antiguos o raros (nunca entendí por qué esas clasificaciones) para ver las novedades que dejaron de serlo a mucho tiempo. Es un lugar tan pequeño que pareces salido de la imaginación pero con una amplia variedad musical y con un excelente trato. 

El lunes pasado fui, y su dueño (que también es el dependiente, el cajero o como dirían mis compatriotas el hombre orquesta) al verme entrar me dijo: cubano tengo algo especial para ti. No fue difícil adivinar que ese “algo” solamente podía ser un Cd de música cubana. Pero él (el hombre orquesta que vive de otra forma de la música) no sabía que realmente era algo inesperado. Un Cd de mi amigo Pedro Luis Ferrer (vi que estaba usado, entonces me surgió la duda de si también sería raro o antiguo). 

Fue una agradable sorpresa encontrar las canciones ya conocidas y muchas veces cantada en su casa de Regla (la de Pedro, sospecho que el hombre orquesta no conoce Regla, ni el significado más femenino de esa palabra pues tiene delirio de amar varones) en las memorables descarga que daba allá por los 80 (antes que su voz fuese silencio) regadas con mucho ron y comida para mantener su nada esbelta figura.

Al llegar a casa (que en realidad es un apartamento), escuché el Cd mientras navegaba por el virtual mundo donde hoy habitan la mayoría de mis viejos (éste viejo no se refiere a edad) amigos. Una canción especialmente llamó mi atención, la había escuchado antes, en aquel lugar que ya saben, pero como no era de mis preferidas siempre pasó inadvertida.  Es una que habla del Caballero de París, legendaria figura para más de una generación de cubano (más específicamente de habaneros) incluyendo la mía. Entonces decidí investigar sobre su vida, y compartir lo descubierto con ustedes.

Su nombre era José María López Lledín, nació el 30 diciembre de 1899 en Lugo, España, en una familia normal por lo que no era ni caballero ni parisiense y si un legitimo gallego que llegó a la Habana el 10 de Diciembre de 1913 a la edad de 12 años como muchos de sus compatriotas queriendo mejorar de vida (ahora es todo contrario).

Existen muchas hipótesis sobre su locura, pero dos en especial llamaron mi atención: en la primera dicen que perdió la razón cuando fue arrestado en 1920 y remitido a la prisión del Castillo del Príncipe, por un crimen que no había cometido. Allí empezó a hacer discursos (esta sin duda es la mayor característica de los locos) presentándose como Papa, Rey o Caballero. La otra, mi preferida es que enloqueció por una gran decepción amorosa, algo más creíble pues ya saben cómo duelen las mujeres (principalmente las cubanas). Es posible encontrar muchas más informaciones sobre él para quién quiera ahondar en su vida pero que no aportaría nada nuevo a éste texto. Además imagino que todo habanero tendrá una anécdota envolviendo su figura.

Recuerdo la mía con una nitidez que me espanta porque no pasó nada extraordinario ese día ni sabía que mucho tiempo después usaría la memoria de ese instante para escribir este texto, pues en aquel momento el futuro aún no era pasado y yo debía tener unos 8 o 10 años pero mismo así por algún motivo inexplicable ella reposó hasta el justo momento de nacer convertida en texto.

Salíamos de una fiesta de cumpleaños en Jalisco Park, caminando por la calle 23 hasta una de sus más famosas esquinas (si lo dudan lean a Cabrera Infante) 12 para coger la guagua que nos llevaría de regreso a Luyanó. Íbamos Elsa con sus hijos Ramón, Noel y Jesús (todos en el diminutivo); Ana Rosa con su pequeño Fico, que sólo es un apodo (aquí es verbo y entre sus varias acepciones una es la de enamorar) y mi madre (no creo necesario colocar su nombre) con mis dos hermanos (que ya conocen de otro texto) y conmigo. 

Casi llegando a la esquina de 14 Ana Rosa avistó (uso ese verbo pues al anunciarlo parecía un marinero gritando Tierra a vista) al Caballero de París del otro lado de la acera, yendo en dirección contraria a la nuestra y empezó a gritar insistentemente para todos, miren al caballero, el caballero, el caballero… mientras lo acompañaba con su vista que no percibió el poste de hierro que la devolvió a un siglo y lugar dónde sólo los locos (que pueden pensar lo mismo de nosotros) son caballeros. Su ojo izquierdo (aún no sé cómo recuerdo ese pequeño detalle) se inflamó con la misma velocidad de la risa que provocó en nosotros su tropezón.


Por éste breve recuerdo, donde pueden confirmar que no hay nada extraordinario a no ser haber sobrevivido al tiempo he conseguido acordarme de uno de los más folclóricos personajes habaneros fallecido el 11 de Julio de 1985 a la edad de 86 años y enterrado inicialmente  en el cementerio de Santiago de las Vegas hasta que un Leal (podría ser fiel) historiador de la dictadura de nombre Eusebio decidió transferirlo al convento (ahora una sala de conciertos y museo) de San Francisco de Asís, para después convertirlo en estatua y en propaganda turística. Algo que interpreto como una burla a otro barbudo también loco (recuerdan los discursos), que se cree Rey o Mesías y del cual espero nunca se construya una estatua pues la demencia de éste no-caballero es destructiva y contraria a la poesía.

8 comentarios:

  1. me encanta, un abrazo, sonia

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  2. Yo vivía en 23 y 12 y me recuerdo de el gracias por recatar esa memoria. Javier

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  3. Muy bueno Javier, muy bueno, gracias
    JC Recio.

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  4. La memoria y el unir las historias de dos caballeros y un no-caballero (no quise utilizar la palabra bastardo) es una estocada al tiempo...gracias...debes los recuerdos de PLF y su casa en Regla

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  5. Sonita, Javier, Juanca, Salvador ese personaje a mucho tiempo es parte del imaginario popular. Abrazos a todos.

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  6. La habana tiene historias para contar, y esta del caballero de París atrapa.

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  7. El Caballero de Parìs, què buen caballero.

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  8. Ilhos y Quevedo es bueno saber que pasaron por aquí.

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