miércoles, 10 de noviembre de 2010

LAS LUCES QUE NO ACABAN

Siempre que llego a San Paulo tengo la sensación de estar en aquella Habana de los años 50 que mi fallecido tío-abuelo Sito me enseñó amar con sus simples historias llenas de nostalgias pero sin ninguna amargura porque no se cansaba de decir que nadie podría robarles las noches gastadas en bares y fiestas inmemorables. Era su justificativa al sueño usurpado. Esa impresión que me devuelve a mi infancia no es porque la ciudad se haya quedado en el pasado (el lugar donde habitan los recuerdos), todo lo contrario el desarrollo con sus modernos rascacielos es una de sus marcas registrada. Lo que me fascina e impacta es la perfecta armonía que ha conseguido entre sus antiguas edificaciones y la modernidad. El respeto a la arquitectura de siglos anteriores y la capacidad de revitalizar la mayoría de esas obras arquitectónicas recuerda mucho la recuperación de una pequeña parte de la Habana Vieja (salvando las distancias políticas) el trabajo de artesano es muy semejante.
Dónde mejor se puede apreciar esa transformación es en su centro histórico hoy totalmente restaurado con sus antiguas construcciones como el majestuoso Teatro Municipal, el Viaducto del Té, el Valle de Anhagabaú y el imprescindible Mercado Municipal.
Lo que me traslada a la ciudad que sólo conocí por la oralidad de la persona que más me influenció en mi niñez, y que tan magistralmente describiera Cabrera Infante en su necesaria e intensa obra de recuperación colectiva de la memoria de una nación dividida en miles de exilios y despedidas es la posibilidad de encontrar en la metrópolis de los altos edificio cualquier tipo de diversión y una inmensa variedad de culturas conviviendo armónicamente.
El gran encanto de Sampa es parecerse al mismo tiempo con muchos países y ciudades. Un ejemplo de eso es Cuba que poco representa en términos de emigración (nuestra comunidad es pequeña comparada a la de otras naciones) y económico para el desarrollo de esta tierra. Sin embargo existen tres discotecas típicamente cubanas, ambientadas con objetos y fotos que mezclan dos épocas irreconciliables: Antes del comunismo y después de la desgracia tropical. Siendo solamente una de ella propiedad de un emigrado patrio radicado en el más bohemio de los barrios paulistanos (del cuál sabrán más adelante), las otras dos son de brasileños, uno fanático del comediante-en-jefe ubicada en Villa Olimpia, un barrio de clase media y la tercera en Itaim Bibi, una de las más caras y elegantes zonas capitalina. Eso demuestra la vocación de esponja de esta metrópolis capaz de asimilar y aplatanar cualquier influencia foránea.
La aldea infinita (como ya saben) tiene muchas caras, y para quien no conoce y quiere aventurarse en esa selva de concreto describiré algunas de ellas. Aclaro que no son todas sino las que más disfruto en mis constantes visitas a la tierra de la llovizna.
San Paulo recuerda a París en el Largo de Arouche, a Salvador en la Estación del Brás, a Tokio en la Libertad, a Roma al lado del ya mencionado Teatro Municipal, a Múnich en Santo Amaro, a Lisboa en el Pari, al Soho londrino en la Villa Madalena (dónde está la discoteca propiedad de un compatriota) y a la pernambucana Olinda en la Freguesia do Ó, entre otras muchas nacionalidades. Esa mezcla es la que convierte a la capital paulista en la más cosmopolita de las ciudades brasileñas y forman definitivamente la cultura paulistana en una perfecta simbiosis.
Si alguien duda de eso sepan que aquí se hacen mejores pizzas que en Nápoles, titulo dado por el concurso internacional de esa delicia en el que Sampa es bicampeona, también mejores sushis que los de Tokio según declaró el Imperador Akihito y mejores ropa vieja con congrí que en la Habana, y esta opinión es mía.
 A pesar de haber tanta diversidad en un solo lugar no imaginen que todo sea perfecto. La ciudad es una suma de cualidades y defectos, alegrías y tristezas, festejos y tragedias. Hay hoteles de lujo, como el Fasano, el Emiliano y el L'Hotel. Posee la octava calle más cara del mundo (la Oscar Freire) pero también encontramos personas durmiendo debajo de los puentes símbolos vivos de la desigualdad social que impera a tanto tiempo en esta parte del continente americano. En la urbe más rica de la nación la riqueza y la miseria son tan hipócritas que no se dan la mano.   
Aunque nada de eso impide su pluralidad. En un grupo de paulistanos podemos encontrar bebiendo el típico café del atardecer en cualquiera de sus maravillosos cafés a un italiano (la mayor y más poderosa emigración), un japonés, un nordestino, un chino, un curitibano o un alemán por solo mencionar algunos de los que forman éste abanico de razas y cultura que nos invita a descubrir la magia de una ciudad que como el alma femenina no para de inspirarnos y sorprendernos. Por eso sugiero que en su futura visita (no se olviden del Mundial de Fútbol en 2014 o de los Juego Olímpicos en 2016) no dejen de conocer la más embrujada de las ciudades brasileñas.

8 comentarios:

  1. Ahora me dejaste con deseo de conocer esa ciudad

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  2. Excelente post, Javier. La enorme selva de concreto que nos deja ver el desarrollo en las ciudades... Luces y movimiento!!

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  3. Brasil,desde que estuve en su pabellón en la feria mundial del 2000 aquí en Alemania,Hannover es para mí uno de los países que tengo en mi lista...multicultural,multifacético,riquísimo en recursos naturales,etc...en fin,no voy a servirte de eco...Me gustó lo que escribes y te envidio que eso sea parte de tu dia a día...Quién sabe si nos ponemos las pilas y vamos junto a ver la final Brasil-Alemania en el 2014?Un abrazo y que Dios te siga bendiciendo con tan buena inspiración.

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  4. Los espero a todos por aquí, casa ya tienen.

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  5. Eh..Javier...ese es São paulo...lugar de innumeras culturas...este es mi lugar....
    Abraços

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  6. La verdad que le debo, me debo otra vuelta pero esta ves a fondo por Sao Pablo, la inmensa, la diversa. Pasè por ella como un cometa, apenas pude ver. Dios dirà.
    Gracias

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  7. Liesel Inmaculada Diaz Fernandez27 de enero de 2016, 14:27

    Genial.... !!!!!

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  8. La jungla de asfalto!

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