lunes, 22 de noviembre de 2010

ERNESTO FUNDORA

FITO PAEZ: UN ANTÍDOTO LIVIANO


“La gratitud no excluye el estupor, la zozobra, la envidia y el leve remordimiento”, escribió Jorge Luis Borges, ese genio literario que trasmutó las coordenadas del sur hacia el norte y legó a Argentina un canon inevitable en la literatura universal. Hoy voy a pasar por alto el escepticismo de tan soberbia frase, para agradecer y hacer reverencia en honor a otro argentino que por estos días cumple 30 años de imantar a varias generaciones; otro sureño que aporta linaje a su país transfigurando el sótano en azotea, quien además nos ha regalado varias de las canciones en español más estremecedoras de nuestra época: Fito Páez.

Yo era un impertérrito adolescente, un eterno copulador de corazones, el vaso de cristal al borde de la mesa, cuando Fito Páez llego a la Habana. Me van a perdonar las inconstancias de la fechas, pero a esa edad uno no considera el valor de las cronologías. Fue a finales de los 80s. El mundo celebraba la caída del Muro de Berlín sin sospechar que a la par empezarían a morir otras utopías. Fue en el Teatro Karl Marx, en el elegante barrio de Miramar, donde lo vi y escuché desgarrar sus canciones por vez primera. Vestía un pequeño y raído short de mezclilla, una camiseta de playa con el print de algún motivo pop y corría descalzo de un extremo al otro del gigante escenario, del piano a la guitarra, del micrófono al auditorio, descalzo como suelen vivir los que no quieren perder el piso. Brincamos y gritamos como no hemos vuelto a saltar en muchos años, fue una noche inolvidable, para él y para nosotros. Desde entonces comenzó una hermandad entre el artista y mi generación. Sin saberlo, llegaría a convertirse en el gurú de muchos jóvenes cubanos.

La razones de aquel amor son muchas; no bastará este texto para enunciarlas todas, pero intentaré, al menos, dejar testimonio de la impronta que el artista rosarino promovió en nosotros. Nos dio esperanzas y eso es ya una acción imperdonable. Las últimas esperanzas de una época maltrecha que ni siquiera las misceláneas y promesas de la derecha neoliberal reciente han podido superar. No todo estaba perdido, dijo o preguntaba, y hasta ofrecía en recompensa su corazón de hombre común, libre, plural y rebelde.

Esnobista fue y sigue siendo Fito Páez pero en el consenso de que un hombre debe mostrarse tal cual es y ejercer el descaro de exhibir sus criterios y la totalidad de su personalidad, gústele a quien le guste, pésele a quien le pese. La Habana de entonces era una ciudad repleta de baches, algunos tan profundos que no tuvieron cicatrices. Sucesos de intolerancia gubernamental a finales de los años 60s condujeron a la creación de los campos de reconcentración de hippies, gays, intelectuales y opositores, campos conocidos como UMAP. Allí fueron a parar justos por pecadores, muchos, por ejemplo, por la simple condición de ser diferentes o por escuchar en secreto música considerada contrarrevolucionaria: Los Beatles. La década siguiente no sería menos uniformada que la anterior y ya sabemos de la violencia que se solapa tras los uniformes. Luego, a inicio de los 80s, otro bache conmocionó la sociedad nacional: el masivo éxodo de más de 120 000 cubanos desde el puerto del Mariel hacia Miami, un forzoso proceso migratorio que el gobierno aprovechó para extirpar a “los raros”. Dichos eventos –penosos, para no decir culposos - dejaron un manto de austeridad y tristezas, una excesiva y cautelosa contención en la expresividad pública cubana ya que el raso de lo inmoral y lo moral oscilaba como un péndulo errático a favor del gobierno. Entonces pocos cubanos se atrevían a practicar formas expresivas no convencionales o excentricidades que fueran mal interpretadas dentro de una sociedad demasiado centralizada y paranoica ante lo diferente. Fito llego en “el justo tiempo humano” a destapar la caja de Pandora.

Mi generación subía clandestinamente a las azoteas para escuchar por la FM de los radios made in Rusia canciones en inglés trasmitidas desde las emisoras de la Florida. Como revancha la habíamos emprendido contra la música en español. Benditos Óscar D’ León y luego Fito Páez que nos reconciliaron con las tonadas en nuestra lengua. Por medio de sus canciones supimos de otros mundos, de otras experiencias vivenciales que nos eran ajenas a los cubanos. “Porque nacer en una isla- lo escribió Margarite Yourcenar- es ya un principio de soledad”. Y Cuba tiene el mal karma de los encierros: la fobia al pirataje, el muro que significa el mar y los cardúmenes de tiburones ideológicos que nos han acosado por más de tres siglos. Mis contemporáneos, hacedores también de canciones, nuestros gurús: Santiago Feliu, Carlos Varela, Donato Poveda, Alberto Tosca, Gerardo Alfonso, Ireno García, Frank Delgado, etc., nos iluminaron desde una precariedad prometeica pues no compartían esa experiencia allende los mares, esas horas de vuelo que confiere al artista el ensanchamiento de nuevos universos referenciales. Buenos Aires era entonces una metrópolis digna de admiración, con una movida cultural y comercial intensísima - post dictatorial - y un movimiento de rock nacional en el pico del esplendor. Vecinos argentinos exiliados en la Habana nos habían contagiado con la obra de J. L. Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Juan Gelman, Witold Gombrowicz, Mujica Láinez, Alfonsina Storni, Charly García, Serú Girán, Porcheto, Spinetta, Baglieto, Mercedes Sosa, Alberto Cortés, León Giecco, Silvina Garret, Pedro Aznar, Lito Vitale y Litto Nebbia, Astor Piazzolla, Les Luthiers, más todo el cine argentino, el más sobresaliente del mundo hispano en los 80 y 90. Una legión de prodigios dentro de los cuales Fito Páez vino a significar la tapa al pomo.

Bueno Aires era entonces el New York del sur, decíamos los ilusos. Allí se motorizaban otras dinámicas diferentes a las nuestras. La Habana estaba circunscrita a la Europa del Este y el legado socialista nos robustecía por un lado mientras por el otro nos castraba de alternas efervescencias. Y Fito trajo esa otredad complementaria. Fue el embajador de buena voluntad, orgánico desde el despropósito, sin segundas intenciones, de un aire nuevo, de una brisa que rociaba otro salitre. Enviado por el destino y actuando por generación espontánea nos inundó de relámpagos. Tal fue su influencia que en los círculos intelectuales se puso de moda hablar con acento argentino; aquello otorgaba cierto linaje y favorecía a la hora de la conquista amorosa. Fito nos enseñó a ejercer la anarquía sin presunción ideológica. Nos dijo lo que ya Silvio, Pablo, Amaury, Pedro Luis, Noel, Vicente, Sara y Miriam, no podían comunicar desde sus perspectivas generacionales. Sin embargo, el flaco trazó a su vez un camino de legado y continuidad que se fundaba en el respeto por la buena canción, la palabra poéticamente audaz, la densidad cultural, la elaboración musical reacia a los facilismos así como por el reconocimiento sagrado del valor del artista en el progreso de cualquier sociedad. En ese aspecto fue Fito el más sagaz y libre de los cantautores hispanoamericanos: en tejer una transición de perfecta alquimia entre la modernidad autoral de la nueva trova y la posmodernidad iconoclasta del rock y la fusión. Le quedaba chico el marco de la canción y lo desbordaría con la fuerza de un tsunami, pero reconociéndole los méritos y provechos al gran género. Sabría entrar y salir con sanas y oportunas recurrencias a cualquier modelo de composición que fundamentara sus ideas, llámese canción o estridencia.

Su poética, la de entonces, que es la misma de ahora sólo más crecida, ostentaba más postmodernidad que secular modernismo, si es que alguien logra despojarse de las herencias. Zanjaba una ruptura en lo fragmentario del discurso, cierto estridentismo, disparatismo y escritura automática típico del boom de las drogas químicas y del acceso a percepciones extracotidianas, algo que ha influenciado favorablemente a todo el arte de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. En el panorama internacional establecía un puente entre el norte y el sur, entre el occidente etnocéntrico y esta América ansiosa por reoxigenarse. Charly adoquinó el camino para luego denostarlo de solemnidades. Acuñó la idea de una filosofía barata y zapatos de gomas, casi un apotegma de nuestra época. Fito, como gran alumno, reivindicó algunas de aquellas ideas pero le aportó frescura y recodificó el componente esquizoide del genio predecesor volviéndolo más potable y ameno. También, y acertadamente, tomó cautela con el compromiso al respecto de los visos políticos que tiene la canción. Se vacunó contra el catecismo y el panfleto. Su metafísica portaba otra raíz doctrinal.

“Que pasa en la tierra que el cielo cada vez es más chico”, fue uno de los cuestionamientos que nos puso a pensar, nos alebrestó el hormigueo de la razón y el sinsentido en tiempos donde todos abdicaban al sentido común. Como flashes de un films sus imágenes histéricas o piadosas, soberbias o encantadas, atravesaron como flechas la cuarta pared en pro de suscitar el estallido lúdico de las ideas, la bacanal emotiva y el juego de las perplejidades. Así reconfiguró otro modelo sentimental más tecnocrónico e incluyente que terminó lactando de lo mejor del rock británico, la nueva trova cubana, la generación Beats, el groove del funk, el rap y el soul de los afroamericanos, las sublimes líneas melódicas de la canción napolitana , las abiertas armonías brasileras o la melancolía del tango y la milonga. Como tampoco renunció, en los solos de su piano, a las influencias de los figurados al estilo Chopin, Rachmaninov o Legrand, un instrumento que en sus manos puede transitar de las melodías dulces a las vertientes más concretas. También encontramos marcas textuales del eclecticismo en sus letras, que oscilan entre un Lorca, pasando por un Borges, dejándose arañar por Vallejo y Rimbaud, hasta llegar al extremo de un Ginsberg.

Fotogramas, secuencias de tres décadas, casi microfilms, logran traducir sus obsesiones a través de canciones donde el eclecticismo es la marca regente. No se reconoce dentro de algún ismo más bien lo acepta e incluye todo. Su máxima es comunicar y para ello acude a todas las herramientas. Se ofende si le dicen cantautor, trovador, jazzero, performan, y con mayor gratitud responde al término de rockero. Pero Fito es todas esas cosas recombinadas y con una pizca de sazón insaciable. Su heterodoxo libar lo ensancha, a veces juglar, por momentos sajón, otras italiano, sureño o negro norteamericano, clasicista europeo, en fin, qué más da una etiqueta si lo que importa es el decibel al que se elevan las almas.

Sus tramas, historias o jeroglífico textuales llevan el ADN de un ser vital, la música infinita de alguien atento, con exuberante captación de tendencias y apertrechado con las mejores antenas. Conciso o distraído, en las antípodas dignas de su tiempo, despierto o discreto según lo reclame la ocasión, Fito sigue sembrando la inconformidad que mueve a los estoicos en pro de nuevas averiguaciones. Ayudó, por ejemplo, como pocos a universalizar la argentinidad, a revisarla, cuestionarla, “sentado al lado del camino viendo cómo todo pasa”, ofrendando a unos flores y a otros pateándoles el trasero. Sendas actitudes ejercidas con valentía y pagando el precios de lo necesario.

Fito ha coloreado una época para los oídos más sensibles “hurgando en la ecuación de su destino”. Nos presta su hebra de hilo y las agujas de su cabeza para tejer el ropaje con que soportar la inmundicia del repertorio mercadológico actual; canciones huecas que hoy nos dejan huérfanos y lo peor, nunca nos desnudan. Creó un “antídoto liviano”, una forma de decir, de pronunciar la palabra, de esgrimir la melodía, una fitomanía que ya empieza a congregar seguidores y epígonos. Porque hemos de aceptar patentizada una forma -Fito de cantar, con un personal fraseo, el uso tan irreverente del falsete, del subir sin llegar y manipular la croma; como hay una forma-Fito de gesticular, de moverse en escena, de diseñar visualmente sus conciertos, de lograr la euforia en el auditorio, de ponernos a saltar retumbando las lunetas en nombre del amor que se agazapa después del amor. “La luna no siempre es la misma”, sentencia apenado, pero para su dicha la noche apenas rebuzna oscuridad, un paisaje roto para un ente que implora la exuberancia de luz o cuando menos, el impasible asidero de la sonrisa. Fito funge como una nave itinerando nuevos mundos. Nosotros viajamos con él, aceptamos su rumbo, saboreamos la rabia y la ternura que acicalan sus canciones, siempre solares.

En Cuba lo quieren por igual eruditos y solariegos, jazzistas o timberos, oficialistas u opositores, negros y blancos. Tiene ese raro don de las simpatías. Y sabemos que no hay forma del querer que no provenga del merecer. En la Habana tuvo y tiene grandes amigos, novias para siempre, detractores arrepentidos, imitadores hechizados, cómplices, y hasta herejes. Pero siempre será admirado y bienvenido. Se ganó su lugar con talento genuino, algo que saben apreciar los cubanos, un pueblo tocado por los dioses con el don de la música. Es de los pocos extranjeros autorizados a hablar bien o mal de la nación, lo que se le antoje, porque nos conoce, nos quiere y con poesía se lo ha ganado. Su candor, su inteligencia, su forma tan particular de acercarse al orillado les otorga poderío y desuello.

Nos devolvió muchas cosas. Nos devolvió a los cubanos de los 90 el afecto por la música en nuestro idioma y le aportó una nueva categoría estética a la canción de pensamiento: el swing. De aquellos años, entre el 1987 y 1994 en que expiró el socialismo y Cuba quedó a la deriva económica sin teta madre a quien parasitar; tiempos duros plagados de desesperación y crudezas, recuerdo la vigorosidad de sus conciertos, el voltaje de intensidad que nos imprimía en el espíritu. Eso hay que agradecerlo como se agradecía entonces un plato de comida, porque muchos nos estábamos salvando con sus canciones. Había muerto “el hombre nuevo” que soñaba con un mundo mejor y, sin embargo, Fito ofrecía la esperanza de que nos topáramos con un sueño en cualquier esquina, ya fuera en 11 y 6 de Buenos Aires o en 23 y M de La Rampa. “Tienen que correr a toda velocidad”, ya que “se hace amargo el licor de las cosas perdidas”, nos decía aquel hippie desenfadado, sobreviviente del hastío que provoca “nadar en piletas”.

Nos enseñó que un artista también puede hablar desde su lado hembra sin afectar el protagonismo de una masculinidad tantas veces excedida. Por su culpa yo dejé crecer mi cabellera a la altura de la cintura y fui rockero sin tener que renunciar a ser timbero. En él se conjugaban las antípodas musicales cómodamente. Recuerdo al genio de Gonzalo Rubalcaba subir a compartir la escena del Karl Marx para acompañarlo en una excelsa e insuperable Rumba del piano. Los músicos de mi generación que luego forjaron el proyecto Habana Abierta, llegaron a concebir un nuevo género musical que mucho debe a este rosarino: el Rockandson. Entre jarana y choteo a quienes usábamos el cabello largo nos gritaban en la calle: ¡Vayafitopaeeez… y uno sentía orgullo de aquella burla porque traía el pimiento del cariño y el reconocimiento de una identidad clara. “Ciudad de locos corazones” era también La Habana y tuvimos que escapar de ella. Creció este artista a nuestro lado y lo fui reencontrando en varias metrópolis del mundo. Entre los objetos personales de mi exilio venían sus discos. Sus profecías salieron a flote. Tramó con audacia la ruta de las crónicas urbanas de muchas ciudades de Latinoamérica, se declaró en cortocircuito frente a las inmundicias sociales. Sobrevivió a los milicos fascistas y luego a la dictablanda del sicótico Ménen. Mientras Charly García saltaba por la ventana de un hotel, Fito Páez saltaba por múltiples escenarios con inescrupulosa notoriedad internacional.

No pocas veces, compulsado hacia lo sideral, semejante al místico que busca en el cielo la causalidad disfuncional de lo telúrico, Fito aún escamotea la residencia de los dioses con reclamo y poca malcriadez. Su discurso al respecto nunca es definitorio pero sí urgido de sensaciones que clarifiquen el nexo entre lo elevado y lo bajo, entre lo que nos trasciende y lo que nos asusta. Sabe que el hombre es un animal de vuelo raso, un reptil que arrastra, conflictuado, su mediocridad. Por eso acierta cuando reconoce que: “ Solo hay una forma de salir del laberinto: hacia arriba”. Su filiación mística, más rebelde que filosófica, nos indica la importancia que él confiere a “la aventura vertical”. “Qué pasa en la tierra que el cielo cada vez es más chico”, vuelve a retumbar en mis oídos. Herético sin perder la ternura, Fito indica los insomnios de esta época y eleva el rango traumático al plano iniciático de las preguntas. “Preferiría tu sonrisa a toda la verdad”, se duele. No exhibe confirmaciones, mejor nos estremece incendiario con las interrogantes. “Solo el amor me salva”, aunque ironiza acotando, “Solo a veces”. “Por qué nos cuesta tanto el amor”. Pero su contradicción lo arroja a atizar la esperanza y al rescate de los valores simples de la existencia: “La proyección de la vida”, un “te vi”, una dadora obsesión en “dar es dar”, “el encantamiento de un amor”, “el destino errante”, “lo importante del camino”, “reparar en el perfume que lleva el dolor”, o en “no ser un muerto vivo”.

Su exuberante cosecha, por encima de 500 canciones con más de 15 hits, algunos ya clásicos, son temas que siempre invitan a la resurrección, al despertar de conciencia, a la liberación interior, a la arqueología de un Oasis personal frente al descrédito de los enquistados modelos de emancipación social. Y aunque su origen subyace en las ideas de izquierda, su ideología ha ido derivando hacia un centro cada vez más excéntrico, algo que viene caracterizando a la vanguardia pos ideológica que mira con acritud y desconfianza a los círculos que detentan el poder político y económico actual. Un escéptico de nuevo tipo que con el descaro que solo embarga la inteligencia nomádica se porfía en declarar: “No tengo mapa en este mundo”. Vocación errabunda que suplanta con una deificación del concepto helénico y antiguo de ciudad-estado por sobre el de nación. Porque Fito no habla de países sino de ciudades, y reconoce y prestigia los centros culturales donde se destila la cosecha de una época que luego confiscan las geopolíticas dominantes. Rosario, La Habana, Buenos Aires, Miami, New York, Madrid, Roma, París, Estambul, México DF entre otras, ofrecen un marco escénico a sus preocupaciones universales, al fastidio civilizatorio de la pertenencia.

En lo textual se apropia abundantemente de cuanto meandro fortifique el cause fundamental de su poética, un amazonas verbal y sonoro. Un duelo entre la decepción y las primeras fascinaciones sobresale en su obra. Así le ganan los recuerdos de infancia, los descubrimientos de juventud, la idea del viaje, la nave que pese a todo va, el jardín, las tías y abuelas, los bares de Bs. As, las novias casi musas, el circo, los satélites, la radio, la TV, el cine, todo lo solar y la perpetua búsqueda de una salida. Aunque del otro lado del camino cierta agonística lo lleva de la mano y refuerza sus neurosis: “Un hombre se hace fuerte cuando se decepciona” o “Naturaleza sangre: fuimos hechos para mentir, fuimos hechos para fingir y tu amor, me salva”. Pero a medio camino entre lo infausto y lo maravillado “existe un cielo y un estado de coma”, y se deja ingeniar por un optimismo que delata su veta progresista, primigéniamente cristiana: la fe en el amor como promesa y meta. “Quién dijo que todo está perdido”, pegunta y ofrece su corazón aminorando el impacto en la caída que siempre se avizora. Su corazón no está a disposición como donante vulgar de órganos sino como el hombre con atisbos neorrománticos que todavía (¿ingenuamente?) Prestigia y concede un lugar fundamental a la inteligencia de las emociones, a la sabiduría refugiada en la razón de los grandes sentimientos. Utópico quizás, ansioso tal vez, nunca derrotado, Fito Páez pesquisa los secretos de la vida “esperando una casualidad, un llamado del cielo”. Pero no todo está perdido, le diría a mi amigo Rodolfo: Quedan la barbarie y un caudal de hojas secas dispuestas al fuego porque como bien reconoce: “Todo es imperfecto amor y odio”. Estamos a merced de una elite de locos –“gentes sin swing, sin corazones”- que timonean el rebaño hacia el abismo. Y Fito, como cualquier verdadero artista, sabe que la única justicia posible es aquella que se construye en el huerto privado de una obra, en la simulación de un nuevo mundo que sólo germina en la confortable jardinería de la creación personal. Sus mensajes están claros: rebeldía, liberación, amor, responsabilidad, alegría y conectividad. Eso también lo heredó de la revolución Beats, de la suerte de haber “nacido en el 63 con Kennedy a la cabeza y una melodía en la nariz”. Sus temas no hablan del pozo sino de la sed. Cuando invocan las aguas aluden a marejadas tropezosas, aunque a no dudarlo, sus naufragios siempre encuentran playas generosas.

Fito Páez esta cumpliendo 30 años de carrera musical entre otros avatares artísticos, ya que el cine se ha vuelto su amante pertinaz. Lo acabo de ver actuar en el Auditorio Nacional de México DF donde ofreció un concierto de excelencia, empezando afónico y terminando con una noche en extremo euforizante, soltando el corazón en la escena como si fuera su primera noche. Ya es un pibe de 47 años y no para de dar giros como “un boomerang en la city”. Por dicha, su piel ostenta los hematomas del camino y sus vísceras resisten benéficas a tantas demoliciones. Se ha puesto grande y sigue pareciendo un niño. Ya fue nihilista, anarquista, militante, rebelde frontal, proletario y burgués, y aún no se cansa de dar brincos, de enarbolar la protesta. Sólo que ahora tiene a su favor la experiencia vital que lo provee de instrumentos sutiles o ásperos, según lo reclame la ocasión. Ya es un hombre iluminado por la prudencia y sabe caminar sobre el campo minado sin abdicar de su credo y usando la argucia de tirar libremente su cable a tierra. Qué más decir del artista, del hombre que ya apenas se deja salpicar por los medios, figura incomoda para ellos. “En tiempos donde todos contra todos”, el poder le inquiere ¿Qué hacer con un espíritu que desconsuela las farsas?

Hoy quise escribir sobre otro que habita en mí. Fito es uno de ellos. Porque labró mis fascinaciones, las de mis generación: el rock, la aldea global, el pelo largo, las drogas, el sexo libertario, la autocomplacencia, las no concesiones, la pureza evitable, el recelo de las martirologias, el no ser domesticable mas sí voluble. Se nos hizo imprescindible a la hora de caminar con elegancia al filo de mañosas navajas. No es santo el hombre que cumple con entrar al laberinto ni epigonista el que lo sigue. No pido beatificarle aunque comulgue con el ditirambo. Cierto que, y algunos argumentarán, que transita una pausa creativa en la madurez del oficio como compositor. Se ha enredado con los excesos y deberá superar la intermitencia con la ablución de nuevas canciones. Ahora Fito surca un in pass-todos atravesamos alguno y hasta varios en la vida. Quiero comprenderlo, quizás justificarlo: otros magmas atraen su atención, verbigracia, el ejercicio hipnótico de la paternidad o la pasión costosa hacia el cine. Un buen espectador busca comprender el intríngulis de los conflictos humanos viviendo en la carne de sus personajes. Ya volverá “el amor, el después del amor”. No lo dudo ni un instante: “Las piquetas de sus gallos cavan buscando la aurora”. Nunca ha cesado, “ya se viene, la rumba del piano, rumbamada”.

En la noche del Auditorio Nacional una “mariposa tecnicolor” retozó con la luz de las bombillas sin dejarse calcinar, cuestionando las glorias, las tumbas implicantes, el por qué de que fuimos hechos para vivir, para fingir, redimidos por el amor frente la lógica que se nos deshizo en la boca, buscando y perdiendo certezas. Así va Fito Páez, sin un rumbo predeterminado por la veleta, perseverante, hierático, con el favor del aire o en contra de éste, pero en perpetuo movimiento. Y como los buenos molinos arrastran agua dejándose arrastrar, en una inercia paradójica que le agradecemos sus contemporáneos, los que aprendimos de él su talismán y su cuota de locura. A mí, en lo personal, todavía me sirve su linterna y recurro a sus canciones cuando la oscuridad acecha. Me inyecto su antídoto liviano que más que anestesiarme me enseña a saltar - ameno- desde mí mismo, contra el único techo que este argentino habanero nos enseñó a reconocer: el cielo.

La Condesa. México DF. 9 de noviembre 2010.
A propósito de los 30 años de carrera musical de Fito Páez y de su concierto en el Auditorio Nacional de México DF el 6 de noviembre 2010.

6 comentarios:

  1. Fito nos marcó a todos.

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  2. Bien, valiò la entrega, el grito desenfadado, generoso a Fito. Gracias Azuquita por traer a Ernesto con su disparador a punto, con esta Fitolandìa que algunos puede parecer obsesiva, a mi me parece Justa.
    Abrazo a ambos

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  3. La semana pasada, andaba yo un poco por el suelo, a causa de esos estados de ánimos que van y vienenm, suben y bajana, y comencé, diría yo, inconcientemente, a cantar o a tararear aquello de TIRATE UN CABLE A TIERRA, y recordé largamente aquellos tiempos en que en Fito Paez nos alegraba un poco el alma (aquí queda demostrado que no sólo a mí).. Y me dije, si volviéramos a la etapa del Fito!!
    Este texto de Ernesto Fundora, excelente texto, de más está decir, ayuda, y mucho, a poner por delante los valores -los buenos, los verdaderos- de la música, de lo que en realidad sirve la poesía, la canción, las buenas letras de las canciones que estimulan a sobrtevivir, a vivir, a alegrarnos el alma oyendo lo que otros apuntan....
    Claro que bien valio la entrega, la colaboración de Ernesto Fundora...
    Y resalto: """A mí, en lo personal, todavía me sirve su linterna y recurro a sus canciones cuando la oscuridad acecha. Me inyecto su antídoto""""

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  4. Genial el articulo. Gracias azuquita.
    Besos desde España
    José Antonio Quesada

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  5. Buen articulo, en lo personal siempre le sigo, lo he visto en Miami, siempre me alegra encontrarlo y reconforta...Gracias

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