miércoles, 3 de febrero de 2010

UN LUGAR BAÑADO POR LOS AYERES

Quizás si todavía viviese en La Habana no estaría escribiendo éste texto, porque de la cotidianidad no se siente la menor nostalgia y por eso fui incapaz de percibir los pequeños detalles que presagiaban la ruptura de mis contemporáneos con el útero patrio.
Sólo sé que hay ciertos lugares que te persiguen toda la vida, entre ellos recuerdo uno especial, para mí, pues nada justifica ese adjetivo. Quedaba (el verbo está en pasado por qué no sé si aún existe como en aquel tiempo que duele en cada letra), del otro lado del túnel de Línea, era pequeño de dos cuadras en 1ª entre 14 y 16, y muy frecuentado en los años que ahora son sinónimo de añoranzas.
Se diferenciaba poco de las otras cuadras del famoso barrio de Miramar, uno de los más lujosos de la capital; a no ser por tener dos parqueos que terminaban donde empezaba el mar como mensajes subliminales a algo que estaba porvenir. Hasta hoy no se sabe por qué era tan popular pues no tenía ninguna estructura, a no ser un pequeño espacio de asfalto y bancos de concretos, sin ningún árbol que te protegiera del inclemente sol (en Cuba el sol ya nace violento) menos aún aquellas sombrillas tan usadas en cualquier playa caribeña para alquilar a los turistas.
Siempre creí un eufemismo llamar de playa a esa costa llena de arrecifes, donde era urgente usar tenis o chancletas para entrar en el agua si querías mantener los pies sanos (poco importa si secos o mojados) para en algún momento que aún no pensabas, huir. Bañase era el detalle menos importante de sus habituales frecuentadores que no se incomodaba con la falta de todo, y contrariando toda lógica aumentaban a cada día.
Allí se podía encontrar a los amigos que habían sobrevivido a la noche anterior sin necesidad de marca una cita, todos sabíamos que el día empezaba en la playita 16, y la noche (que sería de mí sin ella) en alguna canción o poema salidos de la irreverencia de una generación cansada de silencios y consignas.
En ese concreto regado a salitre surgieron muchas de las canciones que más tarde se harían famosas en las voces de la multitud, hasta de noche el movimiento no paraba con las descargas de los trasnochados y soñadores del último trago de ron, porque al contrario de lo que dice el bolero: “Las ronda si son buena, no hacen daño y no dan penas”, sólo resaca al día posterior.
Fue uno de los más eclécticos lugares habaneros, por la convivencia armónica de varias tribus urbanas. Podías encontrar a los levantadores de hierro-peso, mostrando el tamaño de sus músculos en los cuerpo trabajado hasta el cansancio, y a quienes mi querido amigo Marín llamaba de “Barril de Pólvora” (mucha pólvora para una mecha tan pequeña y nadie mejor que él para entender de esos asuntos); los punks que mismo bajo un sol (que ya saben) no se quitaban sus ropas negra y su manillas de pinchos, era cómo si el indio no los incomodase; los rockeros con sus pelos largos y sus guitarras llenas de fotos de ídolos prohibidos en la difusión nacional, cantando los viejos temas de los años 60. No puedo olvidarme de los buzos profesionales (con sus caretas pinocho, patas de rana y snooker todo italiano); de los pescadores con bicheros caseros y equipamientos rusos que no soportaban el intenso sol nacional y se derretían como si fuesen helados; y qué decir de los trovadores que hacían del lugar un palco de ensayo, un preámbulo para las conquistas nocturnas, todo con un fuerte acento argentino, aunque nunca hubieran pisado la tierra de Gardel, era obligatorio el voceo. Por último estaban los faranduleros y diletantes habituales que bronceaban su piel con mantequilla a falta de bronceador (en la actualidad faltan los dos y muchas cosas más), una vez usé esa técnica de tostarme y pasé más de una semana con intensas quemaduras en la piel, sintiéndome un lechón asado, (fue una experiencia que me hizo reflexionar sobre el canibalismo). Conté eso a mis hermanos algo más jóvenes, allá por los 90 y no me creyeron (decían que en la Isla nunca hubo esa delicia culinaria, que bronceador es algo de extranjeros), y que eso no pasaba de otro de mis delirios, a veces hablar del pasado es visto por algunos como síntoma de locura. Yo convertido en Quijote por el destino, por una crisis sin fin y por la imposibilidad de soñar de un pueblo que a años sólo piensa en escapar (recordemos las varias aserciones de ese verbo: inventar un baro, hacer un negocio ilícito, redundancia si estoy hablando de la isla, y huir literalmente).
La última vez que fui a 16 (toro, en aquel juego nada prohibido o de la vista gorda) fue en la madrugada del 31 de abril de 1994 (equinoccio de la primavera), eso es sólo un detalle, era el cumpleaños de Alessandra Molina, y después de beber toda la tarde-noche, terminamos de cara al mar(L) o al bien depende de cómo pienses, Ismael González Castañer, Atilio Caballero, ella y yo, sentados en el concreto mojado por el salitre y la humedad nocturna, con un calor del carajo, bañándonos como si estuviéramos en el paraíso celestial para espantar la curda y seguir hablando mierda, porque no hay borracho más pesado que un intelectual que quiere resolver la existencia de la humanidad desde su insoportable borrachera con la certeza etílica de que todo al menos en ese instante puede dar cierto. No olviden que nuestro mayor deseo tiene el nombre de un cóctel y algún día todos tendrán derecho de además de beberlo, de vivirlo. Ahora pararé por aquí y pediré mi-nuestro trago preferido, camarero un Cubalibre para todos y no demore por favor.

9 comentarios:

  1. La playita de 16, cuántos recuerdosssss!!!!!
    Javi otra vez me has llevado de la mano a mi juventud, qué maravilla todo aquello que vivimos y, comoi siempre digo, qué bueno haberlo vivido, todos esas vivencias nos convirtieron en estas personas que hoy, desde donde quiera que estemos, llevamos esos olores y esos lugares a flor de piel.

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  2. Qué tiempos aquellos, gracias Javier por los recuerdos

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  3. Esos recuerdos nunca nos abandonaran, abrazos azucar

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  4. Precioso! Todos tenemos esa "esquinita" para los recuerdos grabados en el alma. Como diria Serrat:
    "Son aquellas pequeñas cosas... que hacen que lloremos cuando nadie nos ve".
    Toda mi admiracion. Besos.

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  5. ja, esto esta bueno!, me ha gustado, y mucho! Ah, mi Habana!, quien la recuerde la quiere màs? Yo también estuve por la Playita de 16... El cubano, en general, pienso yo, ama el mar. Es por el asunto de "La maldita circunstancia del agua por todas partes?", tendria que preguntarle a Virgilio ? El mar nos rodea, entonces para salir no se puede cruzar alguna frontera, hay que nadar! (...) Se ama el mar, aunque ese mar no de ni langostas ni camarones ni pargos para alimentarnos bien! Pero amamos el mar!, las playas del este, la playita de 16, la de Santa Fe, Cojimar !! Santa del Mar, ruega por nosotros pescadores....

    saludos, uf se me acabo el ron, lo que tengo ahora un la coca y la cola

    un abrazo virtual para tanto virtualismo

    ih

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  6. Me acuerdo una noche que un grupo de amigos nos fuimos a banar cerca de esa zona (a lo lejos habian unos pilotes grandes de hormigon y hasta alla nadabamos), era de noche y hacia tremendo calor, despues de echarnos una ronda fuimos a "refrescar" para alla, que locura, solo la juventud y los tragos nos protegian de ese mar inmenso negro, hoy lo recuerdo con nostalgia y con miedo. La Habana, la ciudad del amor.

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  7. la Playita de 16, cuantas historias en este lugar... que buen escape en aquella nada que habitábamos. No hay dudas que el swing de la gente que la veraneó le dió la popularidad que goza, porque como bien dices: de playa nico...pero ¡qué buen lugar de encuentro! ja excelente tema para un libro, ¿no crees?
    . Gracias brother

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  8. Gracias a cada uno de ustedes, todos son especiales para mí por sus comentarios.

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  9. Yo vivia en 12b y detras me quedaba el mar mi nombre es Diana Bover y tengo muchos deseos de encontrar a alguien de mi zona

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