miércoles, 23 de diciembre de 2009

AL SUR DE DICIEMBRE

En estos años de exilio diciembre se ha convertido en algo melancólico, recuerdo que cuando llegué a principio de ese mes, trece años atrás; Brasil era un sueño de libertad y la ciudad que sería mi abrigo me era desconocida, misteriosa e iluminada como nunca había visto a la mía. María, mi esposa era todo mi universo, todavía lo es.
Al salir de la pecera del aeropuerto internacional de Guarulhos lo primero que vi fue un arbolito de navidad inmenso y tan verde que parecía que toda la naturaleza cabía en él, con sus luces intermitentes que impendían la llegada de la noche, lleno de bolas rojas y doradas, con medias y lazos del mismo color, y muchos Santi Cló pequeños escalando un deseo hecho realidad. Era perfecto, idéntico al que poblaba la memoria de mi tío-abuelo Sito, la persona que más he querido y de la cual no pude despedirme cuando murió, pues según la sede diplomática cubana soy (presten atención en el verbo usado SER, que demuestra permanecía) persona NON GRATA, en cualquier otra situación está condición sería humillante, pero recordemos que estoy refiriéndome al lugar donde nací, MEA CUBA dominado por la dictadura más antigua del mundo, por ese motivo el término en vez de humillarme me enorgullece.
En ese instante entendí por qué mi tío hablaba tanto de esa época del año y el significado de sus historias navideñas siempre repetidas vinieron a mi cabeza. Sentí su voz y su risa después de su justificativa favorita: algún día Cuba volverá a ser como el resto del mundo, y el tiempo que la dictadura nos robó, no impedirá más esa fiesta. Decía que los olores navideños se negaban a abandonarlo, a pesar de tantos años de ausencia, de miserias no sólo materiales. Pensaba que era solamente un delirio incontenible por el pasado, hoy sé que el dolor amanecía en él. Deseé que estuviese conmigo, recordé como cada natividad me contaba lo mágico que era para un niño esperar esa fecha, la ansiedad que no lo dejaba dormir la noche anterior pensando en los regalos, y lo rico que eran los turrones tan típico de esa fiesta, más de cuarenta años sin ellos no borraron de su memoria el sabor dulce y amelcochado de esa delicia española.
Tenía 10 dólares en el bolsillo y otro pasaje de avión San Paulo-Brasilia, debía apurarme para hacer la transferencia y no perder el vuelo, que saldría en 30 minutos, con el lenguaje de señales conseguí comunicarme y llegar al terminar de embarque a tiempo de saber que el vuelo estaba cancelado pues un avión de la misma compañía aérea había hecho un aterrizaje de emergencia en Buenos Aires.
Los pasajeros protestaban, gritaba, y yo en el medio de todos sin entender una palabra. Un funcionario de la compañía aérea nos llevó para un restaurante que parecía la mesa sueca de Hotel Nacional o sea todo un lujo (algo común para un país normal) y dijo que podíamos comer todo lo que quisiéramos, que la compañía pagaría. Para mí que traía el estomago pegado a la espalda desde que nací el idioma dejó de ser una frontera entendiendo sus palabras como por un toque de mágica; comí, bebí y fume (aún fumaba en esa época) sin preocuparme. El hambre que tiene su tiempo se evaporó y pregunté (en realidad gesticulé) si podía andar un poco por el aeropuerto.
Salí de uno de los siete pecados andando pesadamente por un lugar donde el sol nunca se apaga, los anuncios que no entendía provocaban el placer de sentirse parte de algo que nos niegan a medio siglo, que es mucho más tiempo de lo que parece, cuando dependemos del capricho de un megalómano y nuestra individualidad es cero, anduve pendiente al reloj y a las palabras TRANSBRASIL - Brasilia, mi próximo vuelo, él cual salió con cinco horas de atraso.
Quise escribir mis primeras experiencias en éste país de dimensiones continentales en todos los sentidos, después de tantos años, en estos días festivos que me duelen más allá del sentido de ese verbo porque hoy sé que los gustos cambian más por las circunstancia que por el inevitable avance del reloj.
Diciembre que ya fue feliz cuando la Habana no era pasado, significaba más que el fin del año, era el puente con lo que estaba del otro lado del mar, que inundaba todo con un festival de cine, que empezaba de la mano de Changó y terminaba acompañado por San Lázaro, en tan perfecto sincretismo que ni la más cruel filosofía ha podido apagar y que usaba las pequeñas grietas de las eternas murallas como caleidoscopios.
Poco o nada importaban las penurias que mal sabía yo que podían causar nostalgia. No se espanten, sentir falta de la miseria no es un síntoma de locura, pues era una miseria colectiva rodeada de los eternos amigos de la juventud, y en esa edad pensamos que la eternidad estaba al doblar de la esquina y que el mañana cabía en un vaso de ron.
A mucho tiempo, siempre en esta época busco aquel muchacho que se impresionó con la luz para decirle que el turrón no tiene el mismo sabor con su ausencia, que descubrí que el paladar de los recuerdo es infinitamente más detallista pues usa el mayor de los sentidos (la melancolía), que percibí que los sabores que habitaban mi imaginación siguen siendo los más exquisitos, que toda navidad espero por él y su tío con un turrón en la mesa pero las sillas continúan vacías.

5 comentarios:

  1. Como siempre me encantó. Feliz Navidad y próspero año nuevo y que los escombros sigan produciendo cada vez más..

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  2. Hermoso mi querido Javi, pero ese muchacho y su tío nunca se han ido.
    Un beso inmenso, disfruta de estos días,seguramente el próximo año será mejor.

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  3. Vero que bueno saber que está ahí bien cerca, gracias corazon. Cubanita queria tanto saber quién eres, gracias a tí también.

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  4. Javier su articulo me gusto mucho, creo que todos los exiliados de una forma u otra nos vemos reflejados en el. Gracias

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