lunes, 16 de noviembre de 2009

EL MURO

Mi recuerdo gira hacia un pasado que habita en la memoria de un encuentro.
Atrevida y sin pedir permiso, la primavera había llegado a un Berlín algo engarrotado por el último invierno. Cúpula azul intenso con apenas nubes sobre las agujas de las iglesias y los tejados. Mis pasos anónimos entre la gente que llena la plaza de la Universidad Humbolt no llaman la mínima atención de nadie. Allí, décadas atrás unos energúmenos quemaron toneladas de libros en nombre de un nuevo régimen que prometía durar mil años y que a finales de abril de 1945 ardió como aquellos pliegos bajo las bombas aliadas y el fuego directo del ejército rojo. Nada es eterno, pensé para mis adentros, y recordé la estatua de Lenin tirada a media acera unas calles más arriba con el brazo que una vez señaló el horizonte comunista dirigiendo ahora el índice hacia el impasible cielo de esta ciudad tan extrañamente hermosa. Al final de la avenida bajo los tilos la puerta de Brandemburgo señala el fin de la caminata pero antes de entrar en su amplia plaza veo decenas de puestos callejeros que venden los despojos de lo que un día fue la RDA. Uniformes, medallas, postales, símbolos socialistas con obreros abrazados a campesinos, banderas nacionales de un país extinto, botas de un ejército que ya no desfilará, cuadros al óleo con imágenes de los dirigentes del partido, camisas azul oscuro de las juventudes comunistas, un traje de vuelo de piloto de combate, fotos del muro, de las garitas, de los perros y sus dueños con fusiles automáticos, de la torre de comunicaciones que parece una aguja pinchando una bola acristalada, de más obreros, más campesinos, estandartes de los sindicatos, todos felices de ser socialistas, niños rubios y sanos mirando hacia no sé donde pero que se supone un futuro sólido y feliz bajo el comunismo, galardones por el cumplimiento de los planes quinquenales, trofeos a ciudadanos por hechos que ya nadie recuerda y menos importan pero que en su momento costaron lo suyo y, trozos del muro. Hay miles de cachos de todos tamaños y formas, a dos y cinco marcos, con fragmentos de viejos grafitis aún visibles, el muro está en venta, se vende como churros, los turistas compran sin pensar que tal vez se trate de un fragmento arrancado de la casa de cualquier vecino porque no es posible que “El Muro” sea tan grande como para mantener esa industria paralela a tal escala durante tantos años. Pero no importa. Estamos en Berlín y los controles, los chivateos, las amenazas, las escuchas, la doble moral de la nomenclatura comunista, las esperanzas fallidas, las promesas incumplidas, los francotiradores de la frontera, los registros, la hermandad indisoluble con Moscú, la eternidad del internacionalismo proletario y el paraguas de los tanques soviéticos ya no están, se han ido, se fueron al carajo. Nadie los quiere. El antiguo enemigo vuelve a ser tu hermano, tu compatriota, el tipo que habla tu lengua y tiene tus genes, tu cultura, en un despertar de pesadilla descubriendo cómo es la vida más allá de la colmena, sin los zánganos de corbata y uniforme dictando normas sobre cómo vivir y morir. Esta ciudad ha sufrido mucho, desde el eco de las botas de las SS hasta el susurrante sonido de los carros de la Stasi, en su oficio gris de espiar y controlar a la gente como ganado, su gente, sus padres, sus hijos, sus abuelos en nombre de qué ¿de la patria? ¿Qué patria? La que hoy veo sobre los mostradores de esos vendedores callejeros. Toda Europa conmemora hoy el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín y su estruendo hace reflexionar sobre el peligro de las utopías porque ellas nacen del corazón de las grandes ideas y luego los hombres, en su infinita mezquindad y avaricia, las pervierten y pudren en el intento de perpetuarse en el poder.
Algún día veré caer el muro de cañas que cubre mi Isla. Lavaremos la bandera de tanta sangre inocente, de tanto ahogado en el estrecho de la Florida, de tantos caídos en las guerras africanas, de tantos fracasos de alcohol y esquina, suicidios y abandono, promesas olvidadas, comités de defensa de no-se-qué, familias rotas. De tanto silencio como arma de control de masa y haremos guarapo con nuestro muro. Y aunque sea amargo, me da igual, será nuestro guarapo.

4 comentarios:

  1. Nuestro muros caerán algún día

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  2. No hay mal que dure cien años ni país que lo resista

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  3. No conocía tu parte de escritor, he acompañado lo que vienes publicando en éste blog y me parece muy interesante. Felicidades

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  4. Muy bueno, y el ex muro de Berlín tal y como dices, es la muestra práctica de lo que pasará con el muro de la Habana. Guardad los carteles de las CDR con sus brazaletes, y los diplomas de vanguardias, y el pelo de alguna barba que pronto se pondrán en venta...YA VIENE LLEGANDO.
    www.cubacambios.blogspot.com

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