lunes, 5 de octubre de 2009

ERNESTO FUNDORA

UN CUBANO EN LA MUCHEDUMBRE - CONCIERTO DE JUANES
1ª PARTE

La Habana amaneció el domingo 20 de septiembre sumida en una de las más eufóricas experiencias culturales de los últimos 30 años: el concierto Paz sin fronteras, liderado por Juanes. Bajo un calor que osciló entre los 35 y los 38 grados, una masa de más de un millón de cubanos, en su gran mayoría jóvenes de entre 15 y 30 años, inundaron la Plaza de la Revolución vitoreando frenéticos todas las canciones que les ofreció la multinacional embajada de artistas hispanos convocados por Juanes.

De todas partes, desde oriente hasta occidente, viajaron jóvenes entusiasmados con la idea de presenciar a muchos de los artistas más cotizados del mundo hispano. Muchos viajaron durante la semana o la noche anterior para ocupar lugares privilegiados en la Plaza. Las primeras filas estaban reservadas para los estudiantes de la UCI (Universidad de Ciencias Informáticas), escuela donde se prepara el futuro bastión cibernético del país; en segunda y tercera fila los demás estudiantes de las universidades cubanas, lo que nos lleva a pensar que hubo dos convocatorias, una oficial y otra alterna hacia el público más variopinto.

Rayando las dos en punto de la tarde, la mitad de la Plaza ya estaba atiborrada por jóvenes acalorados, pero encendidos por el frenesí del evento. Con una puntualidad estricta Olga Tañón rompió la inercia al salir a escena como un remolino caribeño, y aconteció lo inevitable, lo que tenía que acontecer: conexión absoluta entre la artista y el público, un éxtasis multitudinario, estalló la catarsis y el griterío.

Todos querían hacerle evidente a estos artistas su gratitud ante la osadía y generosidad por venir a regalarles un pedazo de felicidad. Inés María, una joven bellísima, estudiante de Ingeniería Civil, explicó que más allá de cualquier jeroglífica premeditación, lo que realmente emocionaba y reconfortaba era el hecho de poder ver a tantos artistas prestigiosos juntos, y de forma gratuita, en un bello domingo de verano.

Por su parte, Hamlet Carmona, un joven mulato de cuerpo atlético y sonrisa contagiosa estudiante de Lengua y Literatura, no pudo reprimirse de decir que si algún argumento merecía vínculos politízante era el de reconocerle a esos artistas la voluntad generosa de tender puentes entre Cuba y el mundo.

"Olga y Juanes nos traen aires frescos", señala Idalmis, una santiaguera que viajó casi un día entero desde la remota provincia oriental. Sólo en una isla maltratada por errores económicos de 50 años que hacen imposible el funcionamiento óptimo del transporte público, se puede hablar de lo recóndito. Ella sufrió los embates del viaje, el agotamiento, las peripecias, pero no se arrepiente, lo toma con espíritu optimista, como una aventura hippie y nos da sus argumentos: "Estos artistas nos hacen bailar, reír, llorar; nos dan cuerda para cargar baterías y seguir vivos. Son artistas progresistas que traen lo mejor de sí. Y para los que vivimos aquí encerrados, sin mucho acceso a la información, esto es un gran refrigerio".

La tarde avanzaba con progresivo entusiasmo. Olga dejó la pista caliente. Y varios artistas subieron a escena: X Alfonso, Dany Rivera, Amaury Pérez, Silvio Rodríguez... Todos corean y gritan como si fueran miembros de una gran familia. Se crea una atmósfera de comunión que burla y trasciende todas las barreras. Por ejemplo, Roberto Ramos, un joven de 26 años, viajó desde el extremo occidental donde vive de trabajar la tierra. Su rostro trasluce la bondad típica del sujeto que trabaja en el campo.

Roberto hizo ocho horas de travesía para ver de manera especial a Juanes y a la Tañón. Por primera vez en su vida presencia un concierto de artistas internacionales. En circunstancias normales ese viaje le habría llevado unas dos horas. Primero caminó 30 minutos por la carretera de Punta de Carta, luego subió en un carretón tirado por dos bueyes hasta San Juan, después abordó un camión hasta Artemisa, para desde allí tomar un coche antiguo. El chófer le hizo esperar casi dos horas hasta tener repleto el almendrón, y apiñado como sardinas en lata llegó a La Habana, hambriento, pero nunca cabizbajo. Entro a la Plaza a las 11.00 e hizo un peritaje para definir el mejor lugar desde donde apreciar el concierto. Guajiro al fin, terminó encaramado en un árbol, desde donde bailó, sudó, y hasta se ligó a una chica a la que le hizo la gracia ayudándola a subir al árbol. Las peripecias del viaje quedaban resarcidas. Todos los jóvenes van vestidos a la moda: camisetas, jeans, gafas de sol, gorras, chancletas, móviles último modelo parece que Cuba no padeciese un bloqueo.

Grisel es una joven habanera de 30 años que estudió economía, pero vive como modelo de pasarela, de hacer videoclips y fotos publicitarias. "No pensaba venir. A pesar de que vivo muy cerca, me dio miedo tanta gente junta, el ajetreo, la locura de una multitud con la emoción desbordada, pero al final me ganó el gusanillo de la curiosidad. A los quince minutos para las 2:00 me empezó un cosquilleo y me dije: ponte un short, unas chancletas y arranca pa´ allá, y aquí estoy brincando y gozando como una loca, gritándole a Juanes, a Bosé y a Olga, para que nunca se olviden de Cuba y de nuestra pasión".

Un cerco de policías y civiles custodiaba el back stage de los artistas. Olga bajó del escenario mientras un niño de nueve años, ahogado en llanto, se le acerca a pedirle la bendición. La conmoción no le dejaba hablar. Olga se arrodilla al pie de la escalera. Cientos de fans la aclaman. Dedicó un instante sagrado a calmar el llanto incontenible del chico. Se quitó los lentes y el sombrero, le dio un beso en cada mejilla y le fue serenando. El niño recuperó el aliento en cuestión de segundos y Olga tuvo un gesto supremo: se desprendió de una cadena que adornaba su cuello con un crucifijo de amuleto y una placa de valor familiar y se la obsequió al pequeño.

"La verdad de la verdad, es que nunca es una sola", cantó Carlos Varela tras dedicar su participación a los cubanos de todas las latitudes. Minutos antes Miguel Bosé, entre sutil y elegante, supo deslindar el compromiso y dejó claro que su participación obedecía a un propósito de solidaridad con el pueblo cubano y con las ideas pacifistas.

También hubo cientos de desmayos, algunos altercados y desencuentros violentos, reyertas, puñaladas al estilo del barrio bajo... Incidentes controlados por un gran dispositivo de seguridad policial, militar y civil que garantizó un orden riguroso entre un pueblo que quiso estar a la altura del gesto de los artistas.

LA HABANA SIN FRONTERAS

2ª PARTE

Todavía La Habana resuena con los gritos de Paz sin frontera. La gente se quedó cargada, en trance, bajo los efectos de una gigante aspirina emocional; acunando la esperanza de una apertura hacia reformas que provoquen un mejor bienestar a la sociedad cubana. Ni siquiera hablan de transición política, como en otras partes reclaman los cubanos. Aquí la gente tiene la energía síquica ocupada en resolver qué comer, en sacar adelante el día a día, y gracias al evento del pasado domingo, la carga se hace más llevadera.

Juanes y sus invitados dejaron una siembra trans-ideológica, tocaron una fibra sensible de cohesión multinacional, una huella de voluntad progresista para romper el hielo de la inercia, las aguas estancadas, promover nuevas formas de acercamiento y diálogo entre las diferentes percepciones del tema cubano, que entorpecen el consenso inevitable entre la diáspora y los de la Isla, entre los gobernantes cubanos y los de naciones vecinas.

Alguna vez le escuché decir a Alejandro Sanz que una canción no era capaz de detener un tanque pero sí podía movilizarle el corazón al soldado que lo conduce. Eso hicieron los artistas de Paz sin fronteras: pusieron oxígeno en vena demostrando a Cuba y al mundo que es posible tender alianzas con otras concepciones y modelos de pensamientos. Y que en ello se regocija el respeto y se debilita la intransigencia. Resulta curiosa la diversidad de credos de los artistas participantes; y cómo afiliados bajo una sensibilidad trascendente y un propósito noble, fueron capaces de catalizar y estremecer a la nación y a la opinión pública internacional. Católicos, ateos, yorubas, neoliberales, anarquistas, izquierdos, socialdemócratas, de centro y escépticos se juntaron a cantar, reír, bailar y llorar en una fiesta de sana promiscuidad que, sin lugar a dudas, dejará fértil la futura siembra de la concordia y el progreso. Algo que nos evoca la reunificación de Jamaica a través de la música de Bob Marley.

Y no estamos hablando de utopías redentoras ni sensibleras, ni de transformaciones que acontecerán de un día para otro de forma mágica. Todo el que estuvo el domingo 20 de septiembre de 2009 en La Plaza sabe que desde ese instante algo empezó a curarse, que allí se gestó una nueva forma de armonía con un lenguaje propio, con sutilezas de las que hacen temblar a los sistemas dominantes, ya sean los del Imperio o los de la Isla. Fue un idioma entre artistas y pueblo, entre músicos y un público joven que reclama con austeridad ideológica entrar por fin a decidir la parte especifica de la historia que le toca.

Los políticos de todas partes, empeñados en sacar su tajada de provecho del dilema cubano, saben que a partir de ahora afrontan nuevas complejidades, y que el acto de comunión mágica alcanzado en dicho concierto tiene resonadores trascendentes. Un extraño privilegio les otorgó a estos músicos de moda tomar el timón de las reconciliaciones e impedir la injusticia de que un pueblo tan especial siga abatido por la ira y la desesperanza.

Los ojos del mundo se han posado nuevamente sobre Cuba y dependerá de su gente y su gobierno que esta acuciosa atención no sea, una vez más, desaprovechada. Cuba puede resucitar y ganar la complicidad de esa parte civilizada del mundo para burlar los muros ideológicos en busca de salidas emergentes y reabrir “caminos clausurados” por los dogmas desde y hacia la isla.

Pasados los días renuncio a mi insistencia de buscarle la “quinta pata al gato” acerca de las razones ocultas o manipuladas para este concierto, donde además coincidían de forma interactiva más de un millón de jóvenes dispuestos a pasar un buen rato. Prosigo a continuación mi safari de anécdotas entre la millonaria concurrencia. Los presentes aprovecharon para conformar nuevas tribus y redes humanas, lo que le aporta al evento un plus de valor cultural y sociabilizante. Hoy sienten y se regocijan con una energía renovadora, participativa, integrista. Se juntaron con homólogos de toda América Latina en el disfrute de un trance propulsado por una complicidad generacional, animista, lúdica y comprometedora a la vez. Desde la visita del Papa el mundo no paseaba por Cuba convocando a tanta multitud.

Muchos me preguntan por algún gesto de desobediencia civil y, en honor a la verdad, reconozco que no me tocó verlo. Creo que no estaba en el espíritu de la concentración. Apenas vi a un negro de sesenta años decir, mientras caminaba mascullando entre dientes su desesperación: “Pan y circo, pan y circo”, me recordó a Pánfilo, pero no hizo eco en los jóvenes eufóricos.

Cambié de rumbo y me encontré con Luisa, una de las pocas señoras de avanzada edad. Le pregunté y respondió orgullosa que venía desde Lawton, del barrio del comandante Camilo Cienfuegos, para rematar jactanciosa: “También el de Celia Cruz”, dejando entrever su pasión por las dos Cuba, la republicana y la revolucionaria. De ambos períodos confesó tener recuerdos felices y terroríficos. “La vida siempre ha sido una de cal otra de arena”, me dijo en tono de tristeza antes de ofrecerme un cucurucho de maní. “De esto vivo, ayúdame, papito”, me dijo jacarandosa. Le compré varios cucuruchos a cambio de su impresión acerca del concierto: “Chico, la verdad, este pueblo es muy fiestero. Al cubano, bailando se le olvidan todas las penas. Así somos. Si viene Juanes, bienvenido, aquí se le quiere a todo el que traiga un poco de alegría”.

Jaime, un mexicano venido de Oaxaca interrumpió mi diálogo con la anciana. Aproveché para preguntarle cómo la está pasando y con una sonrisa despampanante confesó: “Ojalá y todos los días del año se hicieran estos conciertos. ¡Viva Bosé, Viva Juanes, Viva la Virgen de la Guadalupe, Viva la Revolución, Viva la Paz, Viva La Caridad del Cobre!”. La abuela para no quedarse atrás le cortó el aliento al ranchero: “Y Viva el Futuro”.

Un grupo de adolescentes irrumpió intercediendo entre la anciana y el mexicano y quedé a merced de una madeja humana que me desplazó hacia otra zona del concierto. Se me erizaba la piel involuntariamente. Pude sentir la vibración del clamor humano, al apogeo emocional que se suscita solo en las grandes congregaciones. Un factor de comunión y emociones nos enlazaba a todos: la música, la más religiosa de las creaciones humanas. Caminé, bailé, conversé, rocé, interactué, opiné, coqueteé, debatí, repellé, seduje y fui seducido. Me diluí en la masa, fui público devoto, espectador despierto, sumé mis manos a la ovación cerrada. Pedí por Cuba, por Colombia, por mi tiempo, por la humanidad entera, tan confundida y necesitada de sonreír. Terminé juntando mi voz a miles de jóvenes cubanos y del mundo entero: colombianos, brasileños, venezolanos, mexicanos, costarricenses… que al unísono con Juanes, reclamaron a través de un estribillo simple y visceral la necesidad de un mundo sin fronteras. “Ese muchacho se ha ganado un lugar en nuestra historia”, me dijo un padre de familia con ojos llorosos mientras cargaba en los hombros a su pequeño hijo.

“Muévete, Cuba, muévete, muévete”, gritaba Giovanotti, incitando a romper la inercia. Mayito, el cantante de Los Van Van, se desgañitaba soneando los versos de José Martí. Yothuel, el de Orishas, rapeó en yoruba una plegaria misericordiosa a favor del destino de Cuba. “Es tiempo de cambiar”, decía Juanes, y el retumbe coral estremecía al auditorio. Quienes lo vieron en televisión también fueron subyugados.

Los artistas lloraban en escena y yo aproveché la oportuna curación que ofrecen los abrazos. Recogí las serpentinas hasta el próximo carnaval.

Ernesto Fundora, cineasta y escritor cubano residente en México, viajó a Cuba bajo el encargo de escribir dos crónicas para el diario El Mundo de España. Estas fueron sus improntas del Concierto paz sin Frontera que nos ofrece en cortesía y bajo la mirada inusual de un cubano de a pie.

2 comentarios:

  1. Interesante punto de vista de alguien que participó.

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  2. Si estuvo allá debe ser un agente de los comunista viviendo bien en méxico.

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