lunes, 21 de septiembre de 2009

THEÓFILO SILVA

Theófilo Silva y yo
BERLUSCONI E ITALIA

Shakespeare amaba Italia, pero ni por eso dejó de mostrar con su perspicacia las idiosincrasias de los “romanos”. El conflicto de las familias Montechio y Capuleto, en Romeo y Julieta; la vileza de Iago, en El Mercador de Venecia; el intrigante Iachimo en Cimbelino; Alonso, el cobarde Rey de Nápoles, en La Tempestad. Shakespeare mostró muchos vicios de la sociedad italiana.
Aquellos que están chocados con el comportamiento de Silvio Berlusconi, Primer Ministro de Italia, no conocen la historia ni al pueblo de ese bellísimo país. Diferente al resto del mundo, la principal institución italiana es la familia, y enseguida la empresa familiar. El Estado viene después. El emprendedor bien sucedido en Italia es el modelo favorito de todos y una especie de príncipe del pasado.
Sus sociedades secretas tienen como base a la Iglesia Católica y a la familia. La más famosa de esas sociedades “La Cosa Nostra” (la Mafia), tiene fuertes conexiones en el Estado y hasta hoy nadie consiguió desmontar esa organización criminal, mística y romántica.
Italia es aún un país dividido entre el norte rico y un sur donde todavía hay mucho que hacer para igualarse al resto de la nación. El proceso de unificación de sus ciudades - otrora poderosas unidades - como Milán, Venecia, Florencia y la propia Roma, realizado en el siglo XIX, no se completó en el corazón de todos. Muchas de las ciudades del sur viven como se el poder público no existiese. En Sicilia y Calabria las personas se recusan a pagar impuestos, luz, agua, etc.
Desde el inicio de la antigua Roma las familias ya sentían orgullo de sus antepasados. La mayor vanagloria de Julio César era su origen familiar. Con la caída del Imperio Romano en el siglo V, todo ese engreimiento es destruido, y Roma conoce la barbarie. Sólo a partir del siglo XIII es que Italia prospera y sus ciudades se tornan las más importantes de toda Europa.
Es en ese período que tenemos noticias de las poderosas familias controladoras de esas pequeñas naciones: los Sforza, Médici, Este, Gonzaga, Bórgias y los Viscontis. Los Viscontis, en los siglos XIV y XV eran la familia más rica de Europa, rivalizando con la riqueza de los reyes de Francia. Familia famosa por su poder, lujo, crueldad y perversión sexual. Sus orgias sexuales ultrapasaban lo imaginable. Se Mataban entre si y la traición entre ellos era algo banal. Dos de sus representantes, Barnabo y Gian Galezazo Visconti pasaron para la historia: el sobrino mató al tío y se quedó con el trono.
Berlusconi es un Visconti viviendo en la época de Internet, ni las leyes ni la Prensa lo dominaran. Desde lo alto de sus muchos billones de euros y de su condición de Jefe de Estado, él no reconoce poder superior al suyo. Es un príncipe del Renacimiento con conexiones familiares. El partido político por el cual se eligió fue creado y es patrocinado por él, es Primer Ministro por la tercera vez. Cuando salga del Gobierno, con la altura que permite su poder económico, continuará haciendo lo que quiera.
En Alemania o Inglaterra eso sería imposible, en Italia no. Los italianos son diferentes en ese particular. De 1945 hasta hoy Italia tuvo 61 gabinetes. En la década de 80, estuvo tres meses sin ningún gobierno.
Berlusconi ya hizo lo que quiso, con 74 años es un ciudadano encima de todo y de todos. Los italianos admiran eso. Al mundo no le gusta su comportamiento, pero Italia es así. Dante Alighieri llevó todos sus iguales para el Inferno. Y nosotros, ¿para dónde mandaremos a Berlusconi?
Theófilo Silva, escritor brasileño y Presidente de la Sociedad Shakespeare de Brasilia.

Traducido del portugués por Javier Iglesias.

2 comentarios:

  1. Gracias Teófilo Silva por esta clase sobre tu Italia, de hoy, de ayer; y gracias a Azuquita que nos da la posibilidad de leerte.
    Adjunto a mis saludos este escrito del ilustre y sabio José Saramago.

    ¿Hasta cuando?
    By José Saramago

    Hará unos dos mil cincuenta años, días más día menos, a esta hora o a otra, estaba el bueno de Cicerón clamando su indignación en el senado romano o en el foro: “¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”, le preguntaba una vez y muchas al bellaco conspirador que había querido matarlo y hacerse con un poder al que no tenía ningún derecho. La Historia es tan pródiga, tan generosa, que además de darnos excelentes lecciones sobre la actualidad de ciertos acontecidos de otrora, también nos ha legado, para nuestro gobierno, unas cuantas palabras, unas cuantas frases que, por esta o aquella razón, acabaron echando raíces en la memoria de los pueblos. La frase que dejé más arriba, fresca, vibrante, como si acabara de ser pronunciada en este instante, es sin duda una de esas. Cicerón fue un gran orador, un tribuno de enormes recursos, pero es interesante observar como, en este caso, prefirió utilizar términos de los más comunes, que podrían haber salido de la boca de una madre que reprende a un hijo inquieto. Con la enorme diferencia de que aquel hijo de Roma, el tal Catilina, era un mequetrefe de la peor especie, ya sea como hombre, o como político.

    La Historia de Italia sorprende a cualquiera. Es un extensísimo rosario de genios, pintores, escultores o arquitectos, músicos o filósofos, escritores o poetas, iluminadores o artífices, un no acabar de gente sublime que representa lo mejor que la humanidad ha pensado, imaginado, hecho. Nunca le faltarán catilinas de mayor o menor envergadura, pero de eso ningún país está exento, es lepra que a todos nos toca. El Catilina de hoy, en Italia, se llama Berlusconi. No necesita asaltar el poder porque ya es suyo, tiene suficiente dinero para comprar todos los cómplices que sean necesarios, incluyendo jueces, diputados y senadores. Ha conseguido la proeza de dividir la población de Italia en dos partes: los que les gustaría ser como él y los que ya lo son. Ahora promueve la aprobación de leyes absolutamente discriminatorias contra la emigración ilegal, saca patrullas de ciudadanos para colaborar con la policía en la represión física de los emigrantes sin papeles y, colmo de los colmos, prohíbe que los niños de padres emigrantes sean inscritas en el registro civil. Catilina, el Catilina histórico, no lo haría mejor.

    Dije antes que la Historia de Italia sorprende a cualquiera. Sorprende, por ejemplo, que ninguna voz italiana (al menos que yo sepa) haya retomado, con una ligera adaptación, las palabras de Cicerón: “¿Hasta cuando, Berlusconi, abusarás de nuestra paciencia?” Experiméntese, puede ocurrir que dé resultado y que, por esta u otra razón, Italia vuelva a sorprendernos.

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  2. Rafa gracias por ese artículo voy a pedir para Theo leer. Oye cuando me vas a mandar algo para colgar. Abrazos Azuquita

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