lunes, 17 de agosto de 2009

CARLOS LUIS PUJOL

EL PECADO Y EL SÍNDROME DE LA CARNE DE RES

A Jorge Ferrer, por traerme estos recuerdos.

Parece una tontería: está rodeado de seis amigos, conversando todos al mismo tiempo sobre los momentos más impactantes del filme que acaban de ver, y él, que en alguna otra ocasión intentaría seguir el hilo de la conversación en ese idioma que entiende pero apenas lo puede hablar, lo que hace es masticar con trabajo y desgano su McDonald y recordarse de su viaje a Villa Clara, hace 16 años atrás.

Pleno año 1993, el momento más crudo del Período Especial, y si en alguna parte se notaba, era en los polvorientos pueblos del interior del país, donde se observaba a los viejos, puros pómulos, sentados sin esperanzas en la entrada de sus casas de madera. (Siempre lo intrigó la ausencia del resto de la gente: ¿Estarán escondidas dentro de las casas?)

Pues en uno de esos pueblos, él y otro amigo tuvieron que visitar a un conocido común. Y por supuesto fueron bien recibidos: si algo derrochan los habitantes de los pueblitos de campo (cuando los encuentras) es la hospitalidad.

– ¡Muchachos! ¿Qué es lo que hacen por aquí? – les dijo, alegría sin aspavientos, la señora de la casa. – Pasen, pasen, siéntanse como en su casa. El niño salió, pero regresa enseguida.

Ellos pasaron y se acomodaron, y la madre del amigo se disculpó, para acto seguido perderse en el interior de la casa. Se notaba la falta de electricidad, pero el Indio estaba afuera que no perdonaba y los salvaba de la oscuridad; apenas tuvieron tiempo de acostumbrarse a la penumbra, pues reapareció la señora, con una bandejita de aluminio donde lucían apetitosos dos platicos de postre con cucharitas.

– Miren lo que les traje – dijo gozosa, aunque sumó un tono de disculpa – no es mucho, pero ustedes saben cómo está la cosa.

Ellos agradecieron profusamente, bocas hechas agua: “Para qué se molestó”, “Pero si es cantidad”, “Se ve que está riquísimo”; y los dos atacaron como fieras el manjar de apariencia fibrosa y color blancuzco.

Él, apenas lo probó, supo que estaba a punto de vomitar: miró como pidiendo perdón a la señora, pero ésta los observaba beatífica, como sólo lo saben hacer quienes tienen la convicción de haber hecho un bien. No podía rechazarlo; tragó, y con lentitud, volvió a rellenar su boca con aquello dulce que lo repugnaba, y no sabía que era.

– ¿Qué les parece mi dulce de col?

– ¡Riquísimo! – respondió su amigo que había terminado su parte con una satisfacción que ya hubiera querido él compartir.

– ¿Y a ti, te gusta?

Él, boca llena, masticando despacio, asintió. Pero algo andaba mal, a pesar de sus esfuerzos: por primera vez en su vida en sus ojos se había comenzado acumular lágrimas que no eran de tristeza. No podía con aquello.

– Pero mi’jo, ¿Por qué te haces eso? – dijo la señora, comprensiva, quitándole el platico de sus manos – Nada es obligado en esta vida. Mira pa’ eso, si estás hasta llorando.

Él salió corriendo de la casa mientras, entre risas, su amigo le decía a la asombrada mujer: “Déme eso acá, ni se le ocurra botarlo, que es pecado”. Él en la calle devolvió todo lo que había comido, y más.

Sacude la cabeza, apesadumbrado: de repente, lo que siempre fue una anécdota comiquísima de contar dentro de Cuba, se había convertido en un pedazo de tristeza en su exilio.

– What’s up? – le pregunta uno de sus amigos. El vuelve a la realidad, para toparse con 6 pares de ojos que lo observan.

– Es que no me gusta eso – responde en el mismo idioma, señalando la McDonald.

– Eso es una doble cheeseburger clásica – le apuntan en tono didáctico – ¿Y dices qué no te gusta?

– Es que me parece que estoy masticando bagazo de caña con pepinillos y queso.

Los amigos ríen.

– Bueno – dice otro, y se encoge de hombros – ya sabes, es que la carne de res no te gusta. Déjala.

Y con lo mismo, siguen conversando entre sí, dejándolo a él martirizarse con las dudas, el sentimiento de culpa, el aquello de tener frente a sus ojos un manjar prohibido en su país… ¿Dejarla?

Seis pares de ojos vuelven a posarse sobre él, esta vez con asombro.

– Pero, brother, deja eso, te va a caer mal.

El no hace caso; mueve negativamente la cabeza, mientras mastica a conciencia la McDonald que hace un rato había decidido abandonar.

2 comentarios:

  1. Pensé que sólo escribias sobre ajedrez, me gustó lo que leí. Felicidades

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  2. A mí también no me gusta

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