lunes, 20 de julio de 2009

MÁS ALLÁ DEL SOSIEGO

Siempre me encantó andar por mi ciudad, principalmente en su parte más antigua, poblada de ruinas que algún día fueron edificios y que aún guardan cierta magia de un instante no tan lejos. Por sus calles estrechas, llenas de adoquines, dando la impresión que el tiempo se ha detenido, permitiendo a las personas dividirla con los escasos autos, nadie camina por las aceras (es una costumbre típicamente habanera) porque casi no existen, son diminutas y pequeñas como las olas rompiendo en la orilla de agosto.
Fuera de ese perímetro eran poco los lugares que llamaban mi atención. La arquitectura de otras zonas no me era tan interesante. Exceptuando un sitio que siempre me gustó.
El Cementerio de Colón, sí, no se espanten; durante muchos años fue el refugio de mis angustias, el oasis para escribir, pensar o simplemente descansar.
Entre los años de 1992 y 96, trabajé como productor artístico del Ministerio de Cultura en el extinto Centro Nacional de Cultura Comunitaria, que quedaba en la calle 8 entre 19 y 21, cerca del ICAIC y de La Pelota, famosa cafetería en la esquina caliente de 12 y 23.
Cuando iba al CNCC, lo hacía de bicicleta (único medio de transporte del Periodo Especial, aberración que nunca acaba). Como vivía en aquel barrio que tiene la llave, cortaba camino por el canal del Cerro en dirección a Boyero, y de ahí a Nuevo Vedado, hasta atravesar el camposanto para salir a Zapata y 23; su entrada principal, donde hay dos grandes puertas de hierros de estilo románico que exhiben como remate una inmensa escultura de José Villalta de Saavedra, la cual representa virtudes teologales como la Fe, la Esperanza y la Caridad.
Antes de dejar la necrópolis, que por su concepción y lujo más parece un museo de escultura al aire libre o una ciudad de mármoles, bronces, ángeles (demonios solamente los vivos) y cruces. Paraba en medio de sus tumbas para admirar sus bellezas, refrescarme del sofocante calor debajo de los frondosos árboles que la pueblan o disfrutar el silencio, que sólo existe cuando las palabras descansan. Como en cualquier otro museo prefería prescindir del guía turístico, para poder descubrir con calma sus encantos, aprovechaba esos paseos para tratar de entender mi fascinación y relación con la muerte.
Recuerdo como si fuese hoy que el primer velorio-entierro que viví (no sé si está sería la palabra cierta), fue el de mi abuelo Alfonso. Se hizo en casa, y al verlo acostado en la cama con su mejor traje me pareció que estaba durmiendo y feliz. Cuando amaneció (otra duda amanece para un difunto) fuimos al cementerio, todos lloraban y yo no entendía por qué; acababa de descubrir un lugar especial. No comprendía cómo las personas podían llorar delante de tanta belleza, me impresionaron sus monumentos fúnebres desde el primer momento, y ese hechizo no paró de aumentar. Con el paso del tiempo confirmé lo qué de niño intuitivamente supe, el día que mi abuelo no despertó más, existe belleza en la muerte. Mi abuela Fina me contaba que después de eso siempre le preguntaba cuándo iba a morir alguien para ir a aquel lugar mágico.
En esa edad no sabía que allí se encuentra la mayor concentración estatuaria de Cuba y sus mejores monumentos funerarios, y que el misterio lo rodea desde su inauguración en la década del 70 del siglo XIX. Cuenta la leyenda popular que el primero a ser enterrado fue su arquitecto el español Calixto de Loira, el 29 de septiembre de 1872, triste coincidencia o destino.
A los pocos fui formando mi gusto funerario dentro de lo que considero la mayor colección de arte de la Isla, mis obras favoritas (en éste caso sepulcros) son: “La Tumba de los Bomberos”, de los escultores españoles Agustín Querol y Julio M. Zapata, levantada en homenaje a esos heroicos hombres y a los vecinos víctimas del siniestro de la ferretería Isasi, el 17 de mayo de 1890, la primera gran tragedia habanera. Otra bella escultura es el panteón dedicado “A los Siete Estudiantes de Medicinas”, fusilados el 27 de noviembre de 1871, diseñada por Villalta Saavedra. Las dos se encuentran en la avenida principal llamada Cristóbal Colón (que también da nombre a la ciudad donde todo acaba, para algunos continúa), sin ninguna duda es el tramo más importante del camposanto abarcando desde el acceso principal hasta su capilla, construcción decimonónica cuyos interiores fueron pintados por el artista cubano Miguel Melero, uno de los primeros en ganar fama nacional e internacional.
Casi (casi es una palabra que no debería existir, es la nada) siempre mis gustos no coinciden con los de la mayoría, porque el más popular de los sepulcros es de una simplicidad que no me agrada, pero a pesar de eso debo admitir que es el más conocido y visitado. Todo habanero que esté leyendo el texto sabrá que me estoy refiriendo al nicho de Amelia Goire, “La Milagrosa”, muerta el 3 de mayo de 1901 cuando faltaba pocos meses para dar a luz, y sepultada con su hija aún en el vientre. Al abrir la sepultura tiempo después para enterrar al suegro, la encontraron abrazada a su hija. La noticia se expandió por toda la ciudad. Desde esa época es un lugar espontáneo de peregrinación, donde miles de creyentes piden favores y hacen promesas.
El mito no para de crecer junto a la creencia popular de los favores milagrosamente concedidos. Su mayor representación es la gran cantidad de pedidos y mensajes agradeciendo las promesas cumplidas que aparecen documentadas en su lápida por creyentes, entre las que sobresalen ropa de bebé, flores y placas de agradecimiento. Su eterna cama de mármol es visitada anualmente por más de 100, 000 peregrinos.
Caminar (mientras se esté aquí) por las calles de esta sui generis gran manzana habanera es adentrarse en la historia e ir al encuentro de los protagonistas de mi metrópolis, descubrir sus costumbres, sus idiosincrasias y sus huellas.

13 comentarios:

  1. Javier, gracias por enseñarme la otra cara del cementerio, no sabia de esas cosas, cuando vivia en La Habana nunca me detuve para ver sus tumbas.

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  2. Cada dia fico com mais vontade de ir a La Habana!

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  3. ESCOMBROS HABLANEROS20 de julio de 2009, 7:43

    Que bueno Camila que mis texto colaboran para eso

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  4. Saludos Javier, acabo de leer tu post.. en verdad es cementerio es único en el mundo... Patrimonio de la humanidad? la mayoría de los cementerios son fosas y lápidas o cruces ... el de la habana es un todo un museo-cementerio..


    iho

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  5. Yo también hacia lo mismo

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  6. Es increíble su capacidad para describir los lugares más peculiares de la ciudad. Pero también me encanta porque presenta una imagen simple y natural de la muerte. Nos recuerda lo que intuitivamente ya sabemos: La muerte es una certeza para todos los vivo y no hay razón para temerla.
    Lo más interesante del textoes que el autor nos habla acerca de la muerte respetuosamente, como si se tratara de una persona bienvenida, aunque también parece admirar la vida y su belleza.

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  7. Tienes razón..me encantó este texto..si miras las fotos de mi FB comprenderás que compartimos la fascinación que sobre nosotros ejerce "El Cementerio de Colón"...gracias

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  8. Javi, tengo una relación difícil con la aceptación de la muerte, ya sé que es lo más natural del mundo, pero el cementerio me produce pavor. Sin embargo, acabo de leer tu post y sentí la calma, me encanta como fluye tu verbo.
    Un abrazo grande de tu hermana

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  9. Javier, aún si mi relación con los cementerios continúa siendo conflictiva, he sentido la paz, es así como fluye tu verbo!

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  10. Gracias mi querida Tenchy por esas lindas palabras.

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  11. Javier.... que te puedo decir; sé que no soy la única rara en la faz de la tierra....ja! A propósito, tu artículo contiene algunos datos muy interesantes que desconocía.

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