viernes, 26 de junio de 2009

LISSETTE BUSTAMANTE

Raúl Castro y Lissette Bustamante


Raúl Castro, a la sombra de Fidel. El libro está a la venta en España, Miami y en otros países

“Las dictaduras, sean de derecha o de izquierda,
no sólo intentan controlar la vida cotidiana del individuo,
sino sus creencias y fantasías”.
MARIO VARGAS LLOSA
Prólogo
CARTA A RAÚL CASTRO
Ministro:
Estas líneas son para el hombre con quien tantas veces intercambié opiniones sobre la realidad de nuestro país y quien me reconoció que Cuba pertenece a todos los cubanos, aunque muchos no lo crean y otros lo duden. Busqué las palabras en la memoria que sobrevienen desde adentro para mostrar las caras de un Raúl Castro Ruz desconocido. Para algunos siempre se escondió detrás de su hermano y aprovechó su poder para mantenerse en el trono de los herederos. Tal vez por eso ha guardado silencio durante tantos y tantos años… Un silencioque usted ha mantenido abrazado a un principio martiano:«Lo que hacemos, el silencio lo sabe», porque la discreción ha sido un estilo en su vida.Acumulo quince años de exilio, sin que el régimen que usted ahora dirige me permita entrar a la isla; quince años en los cuales he aprendido a sobrevivir. No me siento parte de ningún lado y llevo un trozo de cada lugar por donde he pasado. Lo vivido me ha abierto los ojos a lo esencial. Escribo desde Miami, en una espera permanente. Contemplo la bahía de Biscayne y quisiera subir a uno de los yates que veo a diario. Quiero llegar a casa, donde está mi hogar. Necesito conjurar y asimilar mi sufrimiento en medio de tantas separaciones dolorosas.A pesar de tantas vicisitudes, estoy llena de vida. A pesar de estos tiempos de crisis que se viven con dolor.No recibí respuesta de sus ayudantes a las llamadas que hice desde España y Estados Unidos para volver a los recuerdos que me envuelven. He sido tan ingenua que en varias ocasiones solicité la acreditación como periodista para asistir a eventos internacionales en la isla. El silencio o «estás loca» han sido las respuestas. ¡Qué ingenua fui! Sí, ministro, creí las palabras, los discursos y en usted. Me agoté de tanto creer en un proyecto que destruyó la ambición de poder.En aquellos años ochenta mi proyección de futuro era tandiferente a la de hoy, en que las señales de cambio gritan la urgencia por tirar estructuras viejas. Las estrategias del presente se tornan inciertas con el paso de los días. Mi salud grita porque estalla el dolor. Cuán terrible esperar por la muerte de su hermano para regresar y abrazar a mi madre. Cuán terrible esperar por la muerte de su hermano para hablar sin miedo. Es una espera que desgasta e instala la angustia. Y usted lo sabe. No olvido que en más de una oportunidad hablamos de otros que salieron por múltiples razones, sin que les permitieran regresar. Algunos ya murieron sin retornar al hogar. ¿Recuerda nuestras conversaciones? ¿Mi insistencia desde 1984, cuando intentaba que se sentara frente a las cámaras de la televisión cubana, para que hablara de aquella otra Cuba que experimentaba en distintas esferas de las fuerzas armadas y que su hermano no le permitía extender a otras áreas de la vida civil? En aquellos años comencé a conocer los detalles del plan de perfeccionamiento empresarial que desarrollaba en las empresas militares a su cargo. A mediados de los años ochenta, cuando el país por iniciativa de Fidel estaba inmerso en el período de rectificación de errores y tendencias negativas, seprodujo un nuevo retroceso; otra vez la economía centralizada. Mientras tanto, usted ensayaba fórmulas que iban en una línea totalmente opuesta en las fuerzas armadas. Fue en ese entonces cuando logró reabrir los mercados agropecuarios porque sabía que el hambre es peor que la muerte.Ministro, las experiencias vividas a su lado, mis conversaciones con su esposa, así como la relación con su hija Mariela, provocaron una contradicción muy profunda que me atormentaba. Me di cuenta de que vivía dos Cubas, la Cuba de Fidel Castro y la Cuba de Raúl Castro.Hoy, con la distancia que impone el tiempo y las experiencias vividas, insisto en esa entrevista pendiente desde los años ochenta. Es necesario ese diálogo público porque ya no continúa en la sombra. ¿Seguirá sintiéndose, como usted mismo ha reconocido, «el bellaco de los Castro», el hermano que aceptó asumir responsabilidades y culpas que no recaían directamente sobre su persona? Quiero recordarle que, a pesar de los fusilamientos de 1989, no guardo rencor; una vez más aceptó ser la marioneta de Fidel. Una comparecencia pública en la Sala Universal de las FAR. Junio de 1989. Tenía que condenar a quien fuera uno de sus mejores amigos: el general Arnaldo Ochoa Sánchez, a quien usted llamaba “el negro” por su piel bronceada; el hombre con el cual compartía sus insatisfacciones, sus secretos entre sombras. Admiraba en Ochoa su calidez y espontaneidad. No tenía pelos en la lengua. Hablaba con una claridad y transparencia tan sorprendentes que supo ganarse la admiración no sólo de los militares, también de la población, lo cual irritaba a su hermano comandante. Recuerdo que un lunes 29 de mayo de 1989, se reunió con los generales Abelardo Colomé Ibarra y Ulises Rosales del Toro, para discutir el nombramiento de Ochoa como jefe del Ejército Occidental, el más importante junto al Oriental. Recuerdo que ese mismo día por la tarde usted le comunicó a Arnaldo que su carrera sería interrumpida, lo que su amigo comprendió. Por algunos de sus ayudantes supe después que le dijo a “el negro”, que pasara lo que pasara, siempre serían hermanos. Pero ministro, ¡qué poco duró esa hermandad prometida! Dos días después, conversó a solas con Ochoa. El 2 de junio de 1989, el héroe de tantas guerras, desde el desembarco de bahía de Cochinos hasta la feroz embestida sudafricana en Cuito Canavale, en Angola, entró en su despacho para hablarle como tal vez nunca lo había hecho. Ya Arnaldo estaba harto de los métodos de su hermano comandante. Había visto en África y en otros países lo fácil que le sería a Cuba obtener recursos con un poco más de apertura política y mental. Usted sabía que su amigo del alma había defendido siempre a la tropa. Cuando el hombre aguerrido salió de su despacho ya sabía que sus días estaban contados. Quizá Ochoa pensó que sus oficiales en Angola, los mismos que iban a su modesta casa en el barrio de Nuevo Vedado para compartir unos tragos y hablar de política, esos mismos hombres a los que había ascendido, lo apoyarían. Pero no, se quedó solo. El general Arnaldo Ochoa fue arrestado el 12 de junio de 1989. Fidel estaba colérico y exigió medidas ejemplarizantes. Le ordenó que cortara las cabezas de las serpientes que envenenaban su Revolución. “El negro” ha sido uno de los héroes de la República de Cuba y admirado en Venezuela, Angola, Etiopía y Nicaragua. Yo también lo respetaba y me impresionaba su modestia que contrastaba con la arrogancia de otros. Usted sabe a quienes me refiero. No hace falta mencionar nombres.Vuelvo a la Sala Universal de las FAR. Corría el mes de Junio de 1989. Día 14. Allí pronunció un discurso desastroso y ridículo, tal vez el más lamentable y difícil de toda su vida. ¡Qué duro fue ese verano de 1989! Una vez más Fidel lo ponía contra las tablas. La orden fue clara: explicar a los oficiales del ejército que Ochoa había caído en desgracia. Fue arrestado para acusarlo de traidor. Recuerdo que en esos días era imposible conciliar el sueño. El escenario mundial de aquel momento era muy relevante y decisivo. El sindicato Solidaridad había ganado las primeras elecciones libres en Polonia el 4 de junio de 1989; Hungría se preparaba para comicios libres; 100 mil mineros siberianos estaban en una huelga indefinida; millones de soviéticos exigían la autonomía desde el Báltico hasta Georgia; los primeros martillos empezaban a golpear el muro de Berlín y la URSS se convulsionaba con la glasnost y la perestroika. Con “el negro” ya yo había compartido simpatías por el proceso iniciado por Gorbachov. Y usted y Vilma lo sabían. Nos sentíamos impotentes, frustrados, asustados porque Fidel había decidido eliminar a Ochoa de su escenario de poder. No sé si Lorenzo, que ha sido su asistente personal, le dijo que yo también lloré, no tanto como usted. Fidel esperaba que no se saliera del discurso escrito, revisado y controlado por el comandante. Ministro, la tensión nerviosa que tenía era evidente para los que lo conocíamos. Comenzó a decir disparates cuando intentaba salirse del guión elaborado para su escenificación. Admitió que sentía un profundo dolor por lo que tenía que hacer. Ha sido su más patética actuación. Yo sabía que usted no estaba borracho como muchos creyeron y aún afirman. No supo mostrar la astucia de otros momentos y mucho menos enfrentarse a su hermano.Después del 14 de junio se acumularon diez días de interrogatorios. El 22, el periódico Granma publicó un extenso editorial escrito de puño y letra por Fidel, en el que se hacía un relato pormenorizado de los hechos que el comandante entretejió para convertir a Ochoa en cómplice del más importante productor de cocaína del mundo, Pablo Escobar Gaviria. Así su hermano barbudo comenzó el exorcismo. El 25 de junio se inició la farsa judicial. No me olvido que una semana antes, el Día del Padre, Arnaldo recibió en su celda a sus tres hijos, Yanina, Diana y Alejandrito. Les prometió que colaboraría para salvar su vida. Por ellos, por sus hijos, expresó un arrepentimiento público. Se declaró culpable y manifestó que su último pensamiento ante el pelotón de su ejecución sería para Fidel. Ministro, en el mes de julio, poco antes de que se cumpliera la orden de ejecución usted reconoció que no hizo nada por salvar a su amigo de las balas que recibió de seis tiradores en un potrero cercano a la base aérea de Baracoa. Tal vez para encontrar un poco de paz en su conciencia dijo públicamente que había llorado en su despacho del Minfar. Lamentaba la suerte que esperaba a los familiares, amigos y admiradores de Arnaldo. Usted no podía soportar el peso de su conciencia. El espejo del baño de su despacho mostró la cara de un Raúl destruido y aplastado por Fidel. Se había arrancado una vida en nombre de la Revolución. Estalló el llanto. “Las lágrimas rodaban por mis mejillas”, declaró con una aplastante tristeza. Como usted mismo reconoció primero sintió rabia contra sí mismo. “Luego recobré inmediatamente la compostura y entendí que estaba llorando por los hijos de Ochoa”, por Yanina, por Diana y por Alejandro, a quienes conocía desde su nacimiento. Tal vez aún hoy siente un profundo dolor por haber contribuido a borrar de la historia fidelista de Cuba al general Arnaldo Ochoa Sánchez. Tal vez el dolor no se aplaca porque no evitó que mientras amanecía el 13 de julio de 1989, fusilaran en La Habana a su amigo “el negro”, también al coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón Trujillo y al capitán Jorge Martínez Valdés. En las semanas siguientes fue destituido el ministro del Interior, el general José Abrahantes Fernández, quien poco después murió en la cárcel en extrañas circunstancias. Estos fueron los momentos más difíciles y oscuros que se han vivido desde el inicio de la Revolución en 1959. Y me pregunto, ¿siente remordimientos? ¿Cómo puede sobrevivir con el peso de ese crimen?Su actitud despertó un sentimiento de miedo y parálisis enciertos niveles de la oficialidad cubana y, a su vez, muchoshombres que compartieron penurias y vicisitudes de riesgo en Etiopía, Angola y Nicaragua junto al general Arnaldo Ochoa Sánchez no olvidan, ministro, que usted no fue capaz de negarse, aunque fuera por una vez, a protagonizar aquel disparate. En fin, mi carta es para que sepa que las páginas de este libro ni pretenden salvarlo del juicio de la historia ni ajusticiarlo. Veremos si Raúl Castro Ruz logra ser el hombre del presente, si conserva la confianza en la opinión real del pueblo cubano, esa visión crítica de la sociedad de la cual ha estado tan ausente el régimen y que usted tanto ha buscado. Me confirmandesde La Habana que aún le quedan esas enormes ganasde escuchar verdades muy duras que han sufrido miles ymiles de cubanos y también extranjeros. Su discurso del 26 de julio de 2007, elaborado de una forma muy meticulosa, contó con la ayuda de su compañero de vicisitudes, obstáculos y retos políticos, Carlos Aldana.Intuyo que sabe también que no queda mucho tiempo; usted tiene problemas de salud, Vilma falleció, y ya acumula setenta y siete años. Ojalá intente ganarle a la muerte.Los recuerdos invaden cada día y me aferro a mi mantrapara escribir con transparencia y sin miedos. Usted decía que era una «lengua de chicha», es decir, una palabra picante como el ají que pica y molesta. Por suerte, a algunos les gusta. Se reía a carcajadas al ver la cara de varios miembros del Buró Político y de altos oficiales del ejército y de la Seguridad del Estado cuando les advertía que no me andaba con rodeos ni adulaciones. A usted le gustaba. Y así sigo, ministro; expreso mis objeciones con claridad, lo cual también me ha creado problemas en el exilio, aunque muy distintos. En otras ocasiones parecidas a las que tuve en la isla. El oportunismo no tienenacionalidad ni ideología.Pocas veces pude soltar mi lengua picante con su hermanocomandante. También tenía miedo de su ira y de su mal carácter. Me fui ganando su confianza en la misma medida que sentía su necesidad de saber más y más, decía, y usted más y más oía con atención e insistía en saber más y más. Mi miedo se desvaneció al preguntarle qué pasaría cuando muriera Fidel.Madrugada de un 4 de abril de 1986 en uno de los salones de la planta que ocupa su despacho en el edificio del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, un espacio de reuniones informales. Usted buscaba la retroalimentación, tan necesaria y característica en su gestión y que ha buscado en las asambleas que se han desarrollado en todo el país. Sinceridad, realismo, momento oportuno y forma correcta. Lo que usted siempreha pedido a sus más cercanos colaboradores. Lo que usteddeseaba desde hace años, abrir la caja de los truenos.Ministro, ahora está en sus manos convertir a Cuba en loque una vez soñó y comenzó entre las filas del ejército, la parcela que su hermano le dejó para «jugar a la perestroika». No se enfrentó a sus decisiones, sólo manifestaba sus opiniones con cautela; usted siempre ha sabido el alto precio que han pagado quienes lo han hecho.Una fuerte carcajada inunda la habitación donde escribo.Estoy tan cerca y tan lejos; desde aquí percibo La Habana en todas partes, casi se respira, casi se siente en medio del desorden de las noticias. Y una idea, una voluntad, una convicción, un grito de dolor exclama: «¡Quiero regresar, quiero regresar y quiero regresar!».No olvido cómo muchos en el PCC pensaron que entre usted y yo existió algo más que una especie de amistad, sesiones de confesión y terapias que nos servían para sobrellevar el peso del poder del comandante. A mí también me aplastaba. Ya en ese entonces usted sabía que no pegaba ojo esperando la llamada de uno de sus hombres más cercanos. Carlos Aldana, con su ternura y atención, me ayudó a comprender por qué me llamaba «terrorista ingenua». Ese hombre, que su hermanoapartó del poder, se convirtió en el duende de mis madrugadas. Ese hombre ha sido quien más rápido ascendió en el PCC y con esa misma velocidad cayó y ahora lo recupera para continuar el camino indispensable para estos tiempos. Cuando hablábamos del «duende» no hacía falta pronunciar su nombre.En más de una oportunidad me preguntó por mi novio ycasi siempre Aldana estaba cerca de nosotros. ¿Una provocación o una muestra de su poder? Usted quería que Carlos se marchara a su despacho, quería conversar sin su presencia. No sé si sabe que en una oportunidad Carlos me preguntó qué había hecho para ganarme su confianza. Le intrigaba nuestra comunicación hasta el extremo de decirme, cuando nos encontramos en la tienda de los generales: «Si quieres te asciende, te regala una pistola y te sienta a su lado». Había traspasado su control y temía que me expusiera demasiado, que hiciera gala del mote que el mismísimo Aldana inventó para mí. Le preocupaba mi ingenuidad y también su ego se resentía porque ya no era el único que escuchaba mis parrafadas de «lenguade chicha».Y usted, ministro, no me ascendió, aunque lo intentó; tampoco acepté la pistola que me quiso regalar y me negué a ingresar en las filas del PCC cuando insistió. Sin embargo, tuve la oportunidad de entrar en sus miedos y en su preocupación por el abismo en que cayeron las ilusiones de varias generaciones. Cuba es un país con grandes problemas de ilusión. Y la ansiedad que provoca la incertidumbre está presente en la voz de cada cubano dondequiera que esté. Casi nadie cree que nuestras palabras salían como rayosque iluminaban mis experiencias no sólo en Cuba, sino también en la guerra de Nicaragua. Usted parecía entender mi desencanto, la profunda tristeza que se instaló en mi vida al ver cómo tanto esfuerzo por lograr aquel tan repetido «hombre nuevo» se desvanecía sin poder hacer nada. Tal vez por esta razón, algunas personas que hoy se mantienen en las esferas del poder fidelista me aseguran que usted permitió mi salida de Cuba. Dicen que ordenó al general Abelardo Colomé Ibarra, ministro del Interior y gran amigo suyo, que me permitieran emprender el camino del exilio en lugar de condenarme a un silencio que no podría soportar. No me hubiera doblegado a las presiones de los oficiales de la Seguridad del Estado que de manera incesante me acosaban psicológicamentey visitaban mi casa; aquella misma que un día lemostré cuando iba en su coche después de una de nuestraslargas conversaciones sobre lo que piensa la población de su papel en la Revolución y el rechazo que provoca entre los cubanos. Usted decidió bautizarme como «la Oriana Fallaci cubana». Me pareció y aún hoy me parece una exageración, ojalá hubiera hecho todo lo que esa gran periodista realizó para que el mundo descubriera a muchos hombres del poder. Insistía al decirme que mi estilo «es descarado, atrevido por momentos, contestatario y trasgresor». Tal vez no recuerde que me abracé a una frase de Fallaci: «La desobediencia hacia los prepotentessiempre la he considerado como el mejor modo de usar el milagro de haber nacido». Me miró, tomó una de mis manos y la estrechó muy fuerte, tanto que casi me hace daño. Entendí lo que decía. Su silencio hablaba, aún era una joven que quería conservar la ilusión. Tenía treinta años. Su apretón de manos era tan real y doloroso que no lo quería creer. Temía que no volviera a respirar. Era la confirmación de sus miedos y el sello de nuestra confianza. Era cierto, vivía dos Cubas.Ahora, para hacer honor a ese nombre con el cual ustedquiso bautizarme en momentos en que Cuba sufría un duro y doloroso período especial, en que sabía que lo importante no eran los tanques sino darle de comer al pueblo, escribo este libro con esa misma «constancia» con que usted escribió en una dedicatoria que me regaló un 2 de diciembre de 1986, mientras conversábamos en el salón vip del teatro Carlos Marx después de la clausura del III Congreso del PCC. Fue aquella una larga madrugada, pero fructífera porque comenzó el parto de la confianza.Una vez más, ministro, aquí estoy, la «lengua de chicha», la periodista que usted supo que ya estaba agotada de las rabietas de su hermano y de su ego excesivo; me sentía hundida al entrevistarlo y rearmarle los discursos; aquella muchacha que quería explotar y no podía porque también el susto penetraba; eso sí, un poco menos que a usted. Tenía el ímpetu de la juventud y unas ganas enormes de cambios. Había abrazado la perestroika, la glásnost, y admiraba a Mijail Gorbachov, quería que usted, junto a otros altos oficiales del ejército y cargos del PCC, se atreviera a abrir la olla de los desastres de la versióncaribeña del socialismo. Antes de despedirme, dejo un grito en estas páginas, reclamo mi derecho a entrar y salir de mi país como cualquier persona, un derecho que usted muy bien sabe que nos ha sido arrebatado durante años. Lo dejo con el deseo de descubrir el gran secreto que guarda La Habana después de la desaparición política de Fidel Castro.Una vez más le escribe la irreverente, la impetuosa, la intensa y extensa, la atrevida, de quien usted dijo que no tenía nada que ver con «los enanos» a los que se refería Reynaldo Arenas.
Hasta pronto,
LISSETTE BUSTAMANTE
Sin número de identidad en Cuba.
P. D. Lamento decirle que aquella pluma Parker que me entregó, donde estaba grabada su firma, para regalarle a mi hija Yara cuando tenía seis años, se quedó en la casa de La Habana. Cuando partió para Madrid, la olvidó; tal vez usted no logró captar su atención tras mi partida. Sólo puedo asegurar que, desde que le entregué aquella pluma que guardó entre sus secretos, supo que Fidel tenía un hermano que se llama Raúl Castro.

Lissete Bustamante es periodista, escritora y fotógrafa. Ha trabajado para televisión, radio, periódicos y revistas. Su carrera se ha desarrollado entre La Habana, Europa, América Latina, y países árabes. Actualmente reside en Miami.

6 comentarios:

  1. Pero quién piensa esa mujer que es

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  2. Bueno, si anonimo leyo bien, no hace falta presentacion: una espectadora en primera fila de la historia cubana de los 80'.
    Y si ese fue el prologo, que no dira el libro.

    Carlos

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  3. Javier, olá! Como faço para votar no seu blog? Ele merece todos os votos do mundo. Beijos, Bia :)

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  4. Te ganaste el odio de los come-candela y mi admiracion!!!

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  5. Esta entrevista a Popeye mano derecha de pablo escobar cuenta la verdad sobre el caso Ochoa
    http://kubaneando.net/videos.html?task=videodirectlink&id=5434

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