martes, 2 de junio de 2009

ERNESTO FUNDORA

LA FORTUNA DEL ERROR
Algo nos hizo voluntariosos; algo nos volvió intrépidos. Algo nos infundó la audacia y el don de las profanaciones. La bitácora del viaje humano esta inscrita en la superficie de los astros y al hombre le duele no ser sino una consecuencia más de los eventos azarosos en la Vía Láctea. Sobre dicha mezquindad hemos construido la soberbia, cambiándole a diario el rumbo a nuestra suerte.
En la llamada cadena evolutiva hay un momento curioso que provocó una mutación bioquímica decisiva. Pareciera que por algún cambio climático con raíz acaso astronómica, comenzó a ausentarse de la dieta de los antepasados homínidos una proteína llamada miosina, encargada de garantizar el funcionamiento contráctil de músculos y miembros prensiles. Ante tal escasez, el mono juguetón perdió parte de la fuerza de sus manos y se vio forzado a bajar más a menudo de los árboles y caminar por los llanos; también su mandíbula perdió eficacia en la fuerza a la hora de masticar, disminuyendo considerablemente la presión mandibular sobre las zonas cerebrales y propiciando que la masa del cerebro, antes cohesionada por dicha presión al morder, se ensanchara en volumen y funcionamiento. Así empezó un ciclo de crecimiento cerebral que perdura hasta nuestros días y nos convierte en la especie más cabezona del reino animal, con una relación desproporcionada entre la cabeza y el volumen del cuerpo. Con dicho incremento del tamaño se propagó una red más amplia inter neuronal y de enlaces eléctricos que hizo, de nuestra estúpida cabeza homínida, un hard ware con capacidad para procesar información profusa. Por fin, las dos manos liberadas de las ramas emprendieron nuevos propósitos más refinados y la lengua, ese tercer brazo, cultivó otros usos para crear algo que nos dio un sentido común: el lenguaje, vasallo feliz de un rey generoso que, aún demasiado abstruso, llamamos sinapsis.
Siempre hay algún medio para consumar cada hecho. El caldo de cultivo milagroso en la reunión del fuego, la arcilla, el agua, el oxigeno y la luz nos condicionó desde el origen hasta convertirnos en seres mediatizados e inevitablemente dependientes. Sin embargo, hoy nos espanta la idea de que construyamos y apelemos a nuevos medios para acometer nuevas tribulaciones. Los puritanos, lo conservacionistas, los rígidos que dan por hecho la obra del hombre como acabada, los ortodoxos y hasta muchos académicos ilustrados ven con ojos de terror que el hombre desborde y expanda la experiencia interpersonal y devenga un cibernauta prolongado por la mediación de una maquina que le permite vivir una experiencia concomitante y a veces perezosa pero que, a la vez, lo exime de su limitada mecanicidad espacio-temporal y le permite volar hacia nuevos límites a vencer. Muchos argumentan el peligro de que el hombre, con tales atrevimientos, se aleje cada vez más del hombre, negociando peligrosamente su esencia humana en pro de una segunda naturaleza más ingenieril y astral. De igual manera, los naturistas ofrecen resistencia al uso desmedido de otros medios. Les preocupa que la humanidad reciente se alimente con proteínas artificiales y comidas transgénicas, que viaje en aviones supersónicos, que use un plástico llamado condón que deshumaniza el sexo y frena la natalidad, que litigue a los enemigos sutiles que son las bacterias con antibióticos ultra sofisticados, que manipule la codificación genética de las especies con fines casi divinos, que exalte el dinero como algo sagrado y supremo, que use la televisión como somnífero, ventana de escape o vidriera ante una realidad social monótona o histérica, que se implante hormonas y músculos de silicona, que se trasplante órganos y miembros como si fuésemos barbies, que se cambie de sexo, que provoque el aborto de hijos indeseados, que deambule al centro de cualquier megápolis acribillado por enésimas cargas de toxicidad electromagnética, que use un celular para llamar a un ser querido que pernocta en otra habitación de la misma casa, que tenga sexo virtual por Internet, que por miedo a la duda y ante la crisis de los monoteísmos se aferre a un cóctel de religiosidades fetichistas cuasi paganas, que compre y venda bonos fantasmas de acciones virtuales en la bolsa, que fabrique y consuma medicinas que lejos de curarle lo contaminan y le crean adicción, que busque en las drogas sintéticas las experiencias extra cotidianas y trascendentes, que use zapatos de suelas plásticas y de madera que lo aíslan de hacer tierra impidiéndole que descargue su dañina electricidad extática, que cambie la altivez de mirar las estrellas por una postura cabizbaja en busca de monedas extraviadas en el suelo, que se empasta la piel con cosméticos y perfumes venenosos que le provocan infertilidad, que se exprime el cerebro almacenando y procesando información para sacar ventaja a sus congéneres dejando poco espacio al ocio y al silencio, que utiliza la sofisticada industria de la guerra para exterminar y dominar a sus semejantes, que huye de la naturaleza y se hacine en urbes neuróticas y estridentes, que se rige por la industria televisiva y mercadológica para fabricar sus sueños de apetencias y necesidades, que vive en una ficción y sin embargo se empeña en llamarla realidad; pero que teme a la muerte más que nunca pues, con una ambivalencia extrañísima, su tradición, occidental u oriental, le ha enseñado a adorarla y, a la vez, a aborrecerla, desdramatizarla y connotarla. Desde la pirámide egipcia y pasando por la tragedia griega, el samsara budista, el cielo de los cristianos, el martirologio fundamentalista musulmán, la épica hollywodense hasta el entrenamiento macabro del play estation que hace de un niño un asesino indolente y virtual, la cultura mortuoria ha transitado por todos los pasillos posibles de la enrevesada existencia humana. Desde siempre no hemos hecho otra cosa que vivir para la muerte, resolviendo el enigma de disímiles formas: unas más audaces y avasalladoras que otras, unas dementes y otras justicieras. Al final, toda la voluntad humana se funda en el instinto de supervivencia que atenúa y se resiste al principio de morir. Nuestras acciones todas son una oposición o apelación al thanatos.
Porque el hombre, esa rebelde obra de arte, que transgrede constantemente los marcos que lo definen ¾nunca conforme ni absurdamente seguro de sus infinitas potencialidades¾, desborda el instrumento de su cuerpo y busca un nuevo escalón o plataforma para resolver el problema, hasta ahora inevitable, de su expiración. Con voluntad heroica, aquella que según E.M Ciorán siempre lleva aparejado un castigo, busca adentro y afuera de su limitada “maquinaria” biológica todos los mecanismos y lenguajes posibles que lo sobrepongan a su finitud y lo desmarquen del “principio de estructura disipadora” que según Prigogine rige el universo y hace de nosotros “simples mortales”. Siendo esta la razón por la cual nos hemos convertido en un ente mediatizador y mediático que encuentra fuera de sí la traducción y prolongación virtual de todas sus capacidades, convirtiéndose en ventrílocuo de sí mismo. Desde la primera piedra que le permitió al homínido partir la almendra y someter a su enemigo, hasta esa otra “piedra” que es la computadora, el ser humano no ha hecho otra cosa que buscar un clon o gemelo ingenieril que lo supla, asista, auxilie e imite en todas sus actividades y funciones. De ahí que cualquier medio artificial no sea otra cosa que la extrapolación de las potencialidades humanas en la búsqueda de otro ser menos limitado y más colectivo que homogenice y quiebre la singularidad excepcional de cada uno, en pro de una humanidad común y estándar que aleje a los hombres de cualquier voluntad caótica y accidentada, que lo haga pronosticable mediante algoritmos y que lo aleje del animal azaroso, esclavo del libre albedrío. A veces sospecho que la voluntad prometéica viene codificada en los genes de la especie como un mecanismo de resolutividad, una alteridad o ser paralelo compensador de la rigidez genética que nos condiciona y aprisiona, y no simplemente como código de supervivencia ante la selección natural o socialmente condicionada de la especie... Por eso soñamos con una libertad, apenas próxima, que vamos configurando a través de un ser mediático y programado creativa y socialmente desde la cultura.
El desafío le toca resolverlo a la bioética. Desde Darwin, pasando por Nietszche hasta la eugenésica existe la tendencia de legitimar la evolución humana mediante la sobre vivencia del más dotado y la decantación de los débiles. Este principio parece pervivir subterráneo en la ética de la humanidad actual. Recientes estudios han logrado detectar la existencia de un gen denominado ASPM que mutó desde los primates hasta hace 6000 años con la revolución agrícola y la formación de los primeros pueblos civilizados. En su trayectoria este gen ASPM ha tenido tres variantes, unas antigua de raíz tribal típica de pueblos cazadores, una intermedia de matriz agrícola y otra más reciente la cual le permitió al hombre adaptarse y perfeccionar las funciones superiores, el razonamiento abstracto y el planeamiento de sus actividades. Agruparse y convivir en colectivos, digamos, está relacionado con este gen y su mutación micro y macrocefálica, ya que el tamaño de la corteza cerebral insidió en nuestra capacidad de asociación. También los genes FPOXP2 y el MYH16 responsables de la capacidad lingüística y del surgimiento del lenguaje nos capacitan para permitir asociarnos en grupos de más de 100 a 150 personas básicamente, cantidad máxima que se permitía el hombre antiguo para vivir en comunidad. La biotecnología comienza a sacar provecho de estos descubrimientos y se plantea la opción de construir o modelar un sujeto meritocrático que ensanche sus capacidades, apuntalado en dones e inteligencias, conformando el nuevo linaje de una casta que superará a los hombres ordinarios a partir reajustes en la calidad de su ADN.
Pensar que tras la condición sui géneris e irrepetible de un sujeto singular nacido de forma natural se esconden las razones de muchos problemas sociales y una carga de peligrosidad y de riesgo para el nuevo orden social, motiva a la tecno-ciencia a concebir un ser prefigurado y modelado desde los genes. La genética y la biotecnología, herederas de una tradición milenaria de alquímicos obsesionados en convertir el plomo en oro, tratan de sacar de ese homo raris a un ser superior. Todo ello a sabiendas de que nunca un hombre será idéntico a otro desde el momento cuando reconocemos que son ilimitadas las posibilidades variables del entorno y las sinápticas del cerebro, y que, como plantea Carl Sagan: “existe un ingente numero de configuraciones mentales no experimentadas y ni siquiera atisbadas por el ser humano a lo largo de la historia de la humanidad”. O sea: Ni aceptando la idea de una conspiración de los grupos hegemónicos y autoproclamados pueblos elegidos que se arrogan el derecho de amputar o potenciar a los hombres en dependencia de sus intereses y liderazgos ni con el influjo más fundamentalista y teleológico del pre determinismo genético se podrá detener la marcha dialéctica del proceso evolutivo. A la par de los seres excepcionales creados en laboratorio, paralelamente, ese otro laboratorio que es la propia naturaleza se encargará de seguir concibiendo seres acordes con las nuevas exigencias y circunstancias. Y nunca estará sobrado que el hombre experimente consigo mismo ensanchando los limites de sus potencialidades, haciendo crecer exponencialmente su riqueza biocultural como individuo y como ser social.
La literatura comercial y el periodismos amarillista han puesto énfasis en la idea de un complot, de la existencia de un mal plan urdido desde los senos de grupos de poder y elites aristocráticas practicantes de doctrinas ocultistas, esotéricas, maquiavélicas quienes pretenden anestesiar a la gran mayoría con fórmulas secretas de manipulación de conciencia que les permitan gobernar y detentar absolutamente el poder. Según dichos autores de moda, estas sectas secretas conducen a la mayoría hacia destinos prefijados por sus intereses y estratifican la sociedad apelando a veces a métodos de funcionamiento errático en los sistemas de comunicación y control mundial. Esta idea, esplendida para la ficción y no desechable en una visión localizada del sujeto histórico, se torna ingenua ante una visión dialéctica y compleja de la macrohistoria. Por ejemplo algunos grupos de resistencia han querido mostrar la globalización como una empresa premeditada de estandarización cultural y hegemonía liderada por las corporaciones y los grupos banqueros, cuando sabemos plenamente que este es un proceso inevitable y útil con antecedentes en la antigüedad si bien por momentos manipulador de mayorías para determinados propósitos excluyentes. El faraón Ajnaton unificó la pluralidad egipcia legislando al dios Sol (Atón, enfrentado al secular Amón-Ra) como el eje de toda la fe devota de sus ciudadanos, Alejandro Magno diluyó las distancias geopolíticas entre oriente y occidente, los viajes de Marco Polo abrieron líneas comerciales insospechadas entre Asia y Europa, Constantino utilizó la figura de Jesús como el punto de cohesión de esa diversidad asincrónica que era el expandido Impero Romano, la conquista del nuevo mundo por las potencias europeas en el renacimiento y las guerras Napoleónicas secundadas por expediciones científicas y reformas institucionales intercambiaron el saber y las costumbres entre culturas ajenas, y el legado de la Revolución francesa con la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano entre otras gestas, a fin de cuentas, crearon un lobby para la actual globalización. Estos y otros hechos nos abocan a la consolidación de un proyecto planetario unificador necesario e impostergable que hará de la humanidad entera una empresa común.
Por otra parte no dejan de tener razón aquellos que critican la afección del hombre “mediático” cuando le exigen responsabilidad a los medios por someter al individuo en un modelo o patrón regular, creándole ideas inalcanzables que recrudecen su angustia y sentimiento de fracaso. Los medios, inescrupulosamente, agudizan el sentido de la soledad y de la vida catastrófica, en lugar de curtir al sujeto para que se sobreponga productivamente a las múltiples soledades que confrontará en su vida. La mediación puede ser avasalladora. Toda la cultura mediática va encaminada a crear un sujeto agónico y desamparado que experimenta desazón cuando no miedo y horror ante su soledad. La televisión y la mercadotecnia se aprovechan del principio Frommiano de la separatidad que experimentamos desde el nacimiento cuando somos arrojados del vientre materno, otra metáfora de la expulsión del paraíso, para confundirnos con sentimientos de invalidez y destierro que nos obligan a buscar sentido de pertenencia a través del consumo y la participación en el mercado. Millones de mensajes son construidos desde la “mala leche” o desde la ignorancia y la visión sicologista sensiblera, basados en el miedo a la muerte y en otras fobias, para convertir al espectador en marionetas frívolas, cuando, en su lugar, los medios debieran adiestrarnos en la reflexión y el conocimiento racional de estos fenómenos que nos agobian. La industria del miedo y de la muerte tratan al individuo como una victima insalvable del sufrimiento y escasa vez le ofrecen alguna guía o ruta de salida. Sus mensajes, muchas veces sutiles, ahondan la incapacidad ya innata que tiene el ser humano para convivir con sus problemas existenciales. Al final se ha consolidado a un sujeto sicológicamente débil y esclavizado por sus pasiones, que no asciende a otra esfera superior de reflexión sino que sucumbe y se pliega en la búsqueda de su homologo social, su grupo de pertenencia: su clase, estirpe, su gueto y su padre adoptivo, que puede ser el estado, la iglesia o el dinero, negociando su enclénquica individualidad con un miserable rol público o un papel de prestigio social que los redima. Pero ¡cuánta violencia se solapa tras la forzosa uniformidad a que nos convocan los medios, que no es la requerida por las leyes reales de la naturaleza y del desarrollo social! Cada vez más el mundo parece un circo habitado por fieras, payasos, malabaristas y domadores, donde a todos se nos exige el reto de subir al trapecio.
La mayor de las veces el mercado funge como el espacio emergente para crear sociabilidad y violar el orden de las restricciones sociales. Desvalido, el sujeto busca pertenecer y enrolarse en alguna comunidad que participe de sus afinidades e intereses. El dinero en esta fase juega un papel valiosísimo de intercambio y muta en herramienta de vinculo y enlace humano ¾valor de condición elogiable que muchas veces no queremos reconocerle. Un ejemplo de que el medio no es perverso ¾perversa es la idea que tenemos de él, como dijo Krishnamurti refiriéndose al deseo sexual¾, es que el dinero en sí, hasta el momento, no sólo es un elemento que en numerosas ocasiones socava al hombre sino también en muchas otras, lo ayuda a crecer. Solo la acción humana caótica, distorcionadora y codiciosa le imprime al dinero una dimensión negativa. Y, por supuesto, tras las bambalinas de estos fenómenos hay más de una razón pesando. Por un lado, está la teleología de los grupos de poder conduciendo a las masas hacia propósitos viles, y, por otro, operan las leyes que compulsan a la humanidad a la concreción de factores de cohesión y unidad impostergables. Una perspectiva que desmiente y descalifica la idea del complot, podría ser que la construcción y consolidación de un hombre estandarizado culturalmente y hasta predeterminado genéticamente en sus gustos, deseos, sueños y apetencias, nos acerca de forma inmediata a alcanzar el modelo utópico de igualdad social, tan pretendido por los proyectos de progresismo. Este tal vez sería un camino para acabar por fin con la beligerancia conflictual de la especie, tendencia que nos mantiene estancados y al borde del colapso de la civilización y aun de la humanidad. ¿Quiere decir que un hombre homologado por las maquinas y la alta tecnología construirá el consenso y la paz que no han logrado ni la ética, ni la ley, ni la filosofía ni las religiones? La respuesta no está a la mano. Pero es un hecho que, definitivamente, en el futuro estaremos religados no por un Dios ni por una ideología, sino por basamentos antropológicos corregidos desde cierta uniformidad biogenética y por una voluntad y conducta regida por la educación ¾incluso ética¾ desde los medios, basada en impactos estéticos (“encantamiento” por medio de las artes... ) y usando el mercado como el espacio social de mayor interacción humana ¾véase el mall como un ensayo actual a pequeña escala y en forma bruta.
Encajaría pensar, entonces, que por un lado lo que sucede conviene y que, por otro, estamos atrapados sin salida, como el cíclope en el laberinto. ¿Puede un error social albergar una sabiduría superior en pro de metas supraindividuales? A veces lo grotesco engendra huellas sublimes y la delicadeza surge de la recomposición de lo rústico. Los que ven como lineal, ascendente o descendente, y unidimensional el frenético curso de la historia humana, desprecian la fertilización intrínseca propiciada por los desvíos del caos y del error. No faltará quien nos alerte de una nueva clase social en camino a florecer: la “meritocracia” ( sujetos manipulados y corregidos genéticamente prestigiados por la exactitud del conocimiento y la sensibilidad, los dones y los talentos, quienes accederían a las esferas de poder con ventaja biotecnológica y que habrían de dictar la axiología de una nueva era donde los grandes propósitos humanos debieran trascender la mezquindad, la avaricia y los conflictos que nos han regido por mas de 10 000 años. Nadie, por ahora, puede hacer pronósticos de cuán provechoso ¾o ruinoso¾ pudiera resultarnos ese experimento.
Pondré un ejemplo insano pero ilustrativo de la fortuna que puede estar implícita en el error. La guerra, verbigracia, es considerada por la ética como un desatino humano; sin embargo, si consideramos que, además, ha sido una vía de desarrollo, un camino útil en el avance tecnológico de la especie humana, debiéramos pactar en el acuerdo de no anular la ambición hegemónica de dominación de unos sobre los otros como un modelo competitivo y estimulante para el desarrollo social. Ya sé que mi análisis (amoral por cierto) carece de valor cuando justifica maquiavélicamente el medio en pro de los fines, pero trato de comprender, aprehender el fenómeno y darle una connotación otra, en cuanto a su utilidad toda vez que la guerra hasta el día de hoy sigue siendo un hecho inevitable en la civilización humana que, incorregible desde lo cultural habrá que procesarlo en un futuro desde la biogenética. “Conflictos habrá siempre- apunta el filósofo Gustavo Pita- lo que se quiere con un futuro pacífico es que cambie la forma de su solución. En este sentido, lo mejor sería evitar no sólo las guerras (el modo de solución comúnmente utilizado hasta ahora a los conflictos humanos), sino en general, las "contradicciones antagónicas", e incluso, como enfatizan hoy algunos filósofos - y no sin razón - también las llamadas "revoluciones sociales" (no las culturales), en las que siempre hay gran destrucción de valores de la cultura”.
Reconozcamos, por otra parte, que desconocemos los caminos y senderos virtuosos que podrían abrirse cuando la humanidad avance hacia una era de concordia y de mínimas rivalidades una vez que corrija esos aspectos en un plano biotécnico. Está por demostrarse cuál modelo es más progresista, si el de la coexistencia pacifica basada en preceptos de amor y respeto o aquellos que nos han estimulado a querer dominarnos por medio de la violencia y de la superioridad tecnológica, modalidad esta que desde nuestros ancestros cazadores quedó impresa en nuestros cerebros . Hasta ahora sólo conocemos un mix viciado de ambas tendencias que no resulta sustentable. De modo inconsciente, en nuestra especie aflora alguna información que recurrentemente nos indica preferencia hacia el paradigma de un modelo social pacífico, basado en el amor al prójimo. Parece un fundamento oculto y codificado en sueños, mitos, memorias, filogénesis e, incluso, bajo el velo de las intuiciones, donde se revela la idea de que fuimos en algún momento una especie armoniosa habitando un paraíso del cual nos expulsaron ¾como advierten reiterados mitos fundacionales¾; ese Paraíso de ambiente amable y lúdico del cual fuimos desterrados por algún fenómeno accidental y dislocador (humano o astronómico ¾algunos suponen que divino) que cambió nuestra codificación radioactiva y nos sumió en la expresión más pueril y primitiva de existencia, esta que hemos conocido como historia de la civilización y que llevó a Karl Marx a declarar que el hombre apenas vivía la prehistoria del hombre, que grandes conquistas y hazañas humanas estaban por acometerse. Sigue siendo un enigma a resolver la razón por la cual el hombre trabaja apenas con el 2% de su información genética y con un estrecho rango del 3 al 7 % de su capacidad cerebral y que su 98% de ADN coincide con el los primates. Como también es un enigma decodificar los signos que indican que la humanidad ya ha sucumbido 5 veces. Pero latente está esa imagen de una vida otra, ensoñada, fruto no sólo de las fantasías, no carente de conflictos pero sí preponderante a que el hombre iluminado los vaya resolviendo con la eficacia del conocimiento, el trabajo y del amor. De esa vida, pre-nemotécnica, el mejor testimonio es la coincidencia de los mensajes y discursos que han traído todos los grandes hombres que llamamos elegidos, maestros, gurues, avatares, iluminados, Mesías, santos, genios, profetas... Tal vez la excepcionalidad de dichos seres estribe en que aún mantienen viva la memoria reminiscente de dicha información y que pueden propagarla y hacérsela manifiesta a la inmensa mayoría de nosotros: los tarados.
Lo que ni por disciplina filosófica ni por voluntad sicológica hemos conseguido, la ciencia, en su caprichosa visión providencial, lo promete desde el eslabón primario de la vida: los genes. Por suerte, esta vez el hombre será el medio para ese fin que ya es el hombre en sí, y jugará a ser dios marcando su destino y recomponiendo la alquimia dislocada para acercar la utopía a una realidad concreta. El proceso demandará retos y nuevos desafíos cada vez más complejos que los vividos por nuestros antepasados y por los miembros de la era cristiana. Quienes hoy empezamos a sentirnos obsoletos apenas sospechamos haber nacido para y desde la nada, como esos ratones de laboratorio que se pierden el privilegio de roer por campos y ciudades. Al final no viviremos para saber la utilidad de nuestros errores ni comprenderemos el fruto de estar inmersos en fluctuantes paradojas. Se acercan fechas decisivas: el 2012 con la alineación planetaria del sistema solar con la vía Láctea que implica el debilitamiento e inversión del magnetismo de la tierra que nos dejará expuestos a nuevas radicaciones e inclinaciones del eje y a catástrofes ecológicas inimaginables. Y en el 2029 y el 2036, la primera visita y el regreso del meteorito gigante Apophis con la posibilidad nunca remota de colisionarnos. Cualquiera de dichos sucesos puede cambiar la historia, la esencia biosocial y aun la molecular, de la humanidad.
Si la justicia divina hubiese intervenido a partir de la noción del bien y del mal que nos rigen hoy, evitando que el mono sagaz le aplastara la cabeza al mono forajido con el uso ingenioso de la piedra, tal vez hoy no tendríamos a mano una computadora ni estaríamos pensando en la conquista de metarrealidades. Por eso no hay que temerle a las catástrofes ni a los excesos humanos, ni siquiera a ese bárbaro hombre “mediático” que huye de su condición natural y se refugia en el traje mutante de un predecible androide.
Un amigo filosofo que cree y descree de los libros, me regaló un día una idea tomada del Fausto de Goethe que me ayuda en todo momento a justificar y a aceptar tanta calamidad humana. Le dijo Mefistófeles a Fausto: “soy una parte de aquel poder que siempre quiere el mal pero siempre obra el bien”. Lo que en lenguaje refranero podría traducirse como: “no hay mal que por bien no venga, todo lo que sucede conviene y árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”. Vivamos pues complacidos, el día a día, a merced del laberinto.

Ernesto Fundora Hernández (La Habana 1967). Es director de cine y escritor. Ha publicado el libro de cuentos El Perpetuo Envés, el poemario Amago, Premio Provincia de León, España. Como cineasta ha sido premiado en varios géneros. Vive en México DF.

1 comentario:

  1. Una clase; me recuerda las conferencias de cualquier cosa con que nos embobaba el Dr. Mario Masvidal (Mayito): era capaz de tomar cualquier grano de arena del conocimiento humano e incorporarlo para apoyar su discurso. Puedo decir que hoy el dia ha valido la pena. Gracias a los dos por la luz del dia

    Carlos

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