viernes, 1 de mayo de 2009

1º de Mayo Día del Trabajo o del Trabajador

UN BALSERO EN EL EJÉCITO DE EEUU EN AFGANISTÁN
El cubano Alexander Couretm, en el taller en el que trabaja en el "Valle de la muerte". Mónica Bernabé
Por Mónica Bernabé desde el valle de Korengal (Afganistán)

En 1994 construyó una balsa y se echó al mar con su abuela, su hermano, sus tíos y un par de vecinos para intentar llegar a Estados Unidos. Huía de Cuba con la esperanza de alcanzar el sueño americano, y ahora, 15 años después, es un soldado del Ejército norteamericano y se encuentra en el valle de Korengal, conocido como el Valle de la Muerte, en el este de Afganistán. Según él, este lugar es peor que Cuba, que el campo de refugiados de Guantánamo -donde también estuvo- y de todos los sitios por donde ha pasado.
Alexander Couret -ése es su nombre- es mecánico y, por lo tanto, tiene suerte porque no tiene que salir a patrullar ni combatir contra los talibán. Siempre está dentro de la base arreglando los vehículos blindados o lo que se tercie. Sin embargo, desde que está en Afganistán, asegura que le da más valor a la vida, a pesar de que, cuando huyó de Cuba, un poco más y la pierde.
La balsa con la que se tiró al mar estuvo a la deriva cuatro días, en el trayecto se quedaron sin comida, y no tocaron tierra hasta que los guardacostas estadounidenses localizaron el bote. Y la tierra que tocaron fue de nuevo la isla caribeña: le llevaron al campo de refugiados de Guantánamo, donde estuvo un año esperando un permiso de trabajo para entrar legalmente a Estados Unidos.
«Sólo tenía 20 años», dice Couret para justificar su inconsciencia de entonces. Ahora tiene 35 y es padre de tres hijas, y por lo tanto, su situación es muy diferente. "En Afganistán he sentido miedo y no he sabido dónde meterme cuando disparaban contra la base", explica, "y muchos amigos han muerto. Me podría haber tocado a mí también".
Explica que se alistó en el Ejército estadounidense con el objetivo de prosperar económicamente. Cuando llegó a Estados Unidos no sabía ni una palabra de inglés y empezó trabajando como lavaplatos. "Ganaba 7,20 dólares la hora", recuerda. Poco, pero mucho más que en Cuba, donde era camarero en un bar de noche y cobraba uno o dos dólares al día. Después se trasladó a Miami y allí se dedicó a conducir grúas, y el siguiente salto ya fue alistarse. Hace casi cuatro años, en 2005.
"Me incorporé en el Ejército por las ventajas que tienes", admite. Y de hecho, por lo que explica, él ha obtenido buenos réditos. Primero consiguió la nacionalidad estadounidense que, si no se hubiera hecho soldado, le hubiera llevado mucho más tiempo obtenerla y le hubiera costado un buen dinero. Después pudo llevar a Estados Unidos a su hija mayor, de 18 años, que continuaba en Cuba. Y por último, dispone de asistencia médica gratuita para él y su familia. A pesar de ello, asegura que en parte se arrepiente de haberse incorporado al Ejército.
"No cambio todo el dinero del mundo por estar una Navidad con mis hijas", declara. Y en Afganistán ha tenido que sacrificar la Navidad, también el cumpleaños de las niñas y todas las celebraciones. Aparte de eso, asegura que las Fuerzas Armadas le han decepcionado completamente: "Yo me siento como una pieza de ajedrez. Un día te envían a un sitio y otro día, a otro".
Couret estuvo primero en Corea del Sur durante un año, después en Texas, y ahora lleva desde febrero en el Valle de la Muerte. Y admite que aún tuvo suerte que no lo destinaron a Irak. "Enviaron las tropas norteamericanas a Irak para librar a la gente de una dictadura. Pero si fue así, ¿por qué no las envían también a Cuba, que sólo está a 90 millas de distancia de Estados Unidos?", se pregunta.
Por como habla, Couret se siente en el Ejército de EEUU como un elefante en un garaje. Y no sólo por Irak, sino también por Afganistán. "Esta guerra está perdida", dice en referencia al conflicto armado en el país asiático, aunque esa opinión no es exclusiva de él. En el Valle de la Muerte, muchos soldados piensan así. La mayoría llegó en julio del año pasado y desde entonces ha habido pocos avances. Los talibán siguen hostigando las fuerzas estadounidenses diariamente.
Couret asegura que quiere dejar el ejército en cuanto llegue a Estados Unidos, pero aún tiene muchos interrogantes. ¿Cómo garantizar la asistencia médica de sus hijas? ¿Cómo conseguir un trabajo tal y como está la economía? Se plantea abrir un bar porque, opina, la gente siempre bebe, incluso en tiempo de vacas flacas. Y tampoco descarta continuar vistiendo el uniforme de soldado, aunque de momento la oferta que le han hecho no le convence. "Quieren que vaya a la base de Guantánamo y yo no vuelvo a la isla [caribeña] ni loco". Y además añade: "El sacrificio es muy alto. Arriesgar la vida por algo en lo que no crees: la guerra".

Publicado en elmundo.es

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