martes, 14 de junio de 2016

LA HUMEDAD DE LOS RECUERDOS


¿VALIÓ LA PENA? 

Nos preguntábamos mi más que hermano Víctor Fowler y yo en otra conversación/despedida “algo casi infinito para los nacidos en Cuba” acompañados de un café en Barnes & Noble -ese espacio que parece otra isla dentro de Miami- Nos cuestionábamos por qué nos tocó de la sociedad del futuro solo las pérdidas, las divisiones más allá de los apellidos. Quién se tomó la prerrogativa de dirigir nuestro destino sin al menos preguntarnos si concordábamos con las promesas que se rompieron antes de llegar ser realidad.

Mientras manejaba desde el último adiós hasta el espacio que algunos llaman hogar esa interrogante no salía de mi ser. Los 20 minutos que separan el cotidiano del reposo siempre me parecieron infinitos, porque eternas son las pérdidas de quien no pertenece a ningún lugar, y a la misma vez es tan libre como el viento. Ese lapsus hoy transcurrió a una velocidad muy superior a la permitida en el expressway que viajan las ideas.

Nunca he regresado a los inicios -ya perdí los deseos de volver a Ítaca- y solo quien ha partido más allá de las consignas y el hambre sabe la profundidad en que puede sumergirnos los recuerdos cuando nos sorprenden desnudo allende la piel “frente a los espejos” en esta perdurable lucha contra la inutilidad de los ayeres.  

Lamentablemente no somos inmunes a los atardeceres -todo pasado fue mejor- y ese lugar es el castigo inhabitado donde nos lleva la insistente memoria, aunque tratemos de esconder detrás de cada sonrisa el dolor que cargan las lejanías, las soledades y los fracasos tan comunes en una generación que fue expulsada al mar _esa nada vestida de azul_ sin la menor preparación para sobrevivir del otro lado de la irrealizable utopía marxista.

Fue inevitable no tocar en los años 80 -no estamos locos- los recuerdos son tan palpables como la mujer que amamos. En esa época salimos a la literatura con la ingenuidad de creer que podríamos cambiarlo todos desde las letras, sin imaginar que mucho tiempo después nos estaríamos preguntando cómo salvar esa memoria disgregada más allá del salitre.  

A pesar de haber sido una década prolifera, en la que surgieron muchos de los iconos que hoy la política de ambas orillas usa a su favor o en contra -según les convenga- y otros tan talentosos o quizás más que la cultura oficinal ignora, es desconsolador saber que de ese breve espacio solo quedan unos versos escritos en la arena; un pedazo de canción esparcida en el viento; un cuadro inacabado; una danza rota; un filme sin editar, porque la cruel realidad no perdona -del arte se muere-

A esta conclusión solamente llegamos después de haber vivido en la esquina opuesta a los deseos, donde más que todo faltan los amigos -ese territorio indispensable para combatir la morriña- en un espacio distante del que te alumbró, y que solamente nos dejó la posibilidad de sobrevivir de acuerdo al tamaño del bolsillo.

No piensen que estoy triste o deprimido, es simplemente el peso de los abriles y las ausencias que se multiplican allí donde más duele. El primero que partió para ese lugar donde quiero creer no habitan la política ni el dinero fue Jorgito García; tiempo después se le unió Santiago Feliú -el tartamudo más genial de nuestros imberbes años- acompañado de la poesía de Alberto Rodríguez Tosca y del también bardo Bladimir Zamora “ellos no son los único que emprendieron ese viaje” pero quiero ahorrarme las lágrimas de cada nombre. Esas pérdidas nos avisaron que era el principio del fin, el irreversible destino que hasta ese instante nos parecía lejano.

Huir ante tanto dolor -una vez podría ser el camino- la tentación del desespero, pero el tiempo “ciclón de las pérdidas” empieza a removerlo todo y los miedos que los años acumulan te atan a tierra, aunque navegar parezca otra vez preciso.

Quizás este grito convertido en palabra no pasa de una percepción creada por la persistente llovizna que exacerba la tristeza de esta isla interior transformada en silencios colgados en letras marcadas por el hierro vivo de la nostalgia.

Después de tantos días pasados por agua, ayer amaneció con un sol capaz de apagar la humedad de los recuerdos. Se prenunciaba un día espléndido -y así fue- Recibí la visita de otro hermano de toda la vida José Antonio Quesada _ese ser que quiso mirarse por dentro_ cuando todo el mundo quería mirar más allá del horizonte.  

Conversar con Jose -sin acento- en el más típico hablanero, y rememorar instantes donde a pesar de las carencias que nos impusieron éramos felices porque la amistad lo curaba todo -incluso la nada como todo- fue el mejor de los regalos, y quizás la única respuesta a la interrogante que inicia este texto.

Valió sí compadre, porque estamos vivos a pesar de todo.

martes, 3 de mayo de 2016

JAVIER IGLESIAS: POESÍA


LA IMPIEDAD DE LOS AYERES

La vida es una hoja de otoño
posando lentamente en inconclusos espejos,
nada escapa a las ausencias con sabor a navajas
que degollaron corderos
el día anterior a la prohibición de las palabras.

Cómo salvarse de los ayeres
-agujeros negros-
después de descuartizar la memoria
en la violenta cotidianidad de los números.

Todo es matemática del otro lado de la política
poco importan las ideologías
cuando el dinero amanece destruyendo sueños,
recordando que la impiedad habita
más allá de los despertadores.

Soy un inútil coleccionador de silencios,
bicéfalo con huellas inolvidables
en océanos preñados de despedidas.

Qué hacer con esta manía de no-ser
si el atardecer se desnuda en el mar/ventana
cómplice de los infecundos recuerdos
que insisten en sembrar soledades.




LA CULPA ABSOLUTA

He enterrado relojes en la arena
pero la memoria sobrevive a los naufragios
no habrá mapas para hallar tesoros
en la isla donde el futuro siempre fue una farsa
destinada a apagar ayeres
más fructíferos que las inacabadas promesas.

Las joyas,
continúan en manos de piratas uniformados
con el mismo discurso
anterior a la muerte de la verdad
cuando la ciudad aún no era pasado
ni la culpa absoluta.

Destruir es una palabra inocente ante tantas ausencias
después que todo se rompió
ni el sonido de la lluvia alcanza.
Solo queda el mar y la espera. 



DEL OTRO LADO DE LOS RECUERDOS

Luz que huye de mi ser
en la inacabada soledad
territorio habitado por los que no están,
por los que se fueron
-más allá de las fotos-
en esta muerte interminable.

Ausencias que ni la memoria salva,
todo conspira para perpetuar ayeres
-incluso la acida lluvia-
que recuerda el día después del hongo
cuando se instauró la nada
con sus poderes absolutos
destruyendo el misterio de las cosas
que poblaban el jardín de mi infancia.

Ahora todo es pasado
-solo queda un árbol seco-
huérfano de raíces
incapaz de alimentar al fuego
que podría destruir diciembres.

miércoles, 20 de abril de 2016

EL ROCÍO DE LA SAUDADE


Son las 8:01 de la noche, acabo de llegar a casa después de pasarme todo el día -inútilmente- reflexionando sobre el destino. Somos capaces de imponernos a él o simplemente piezas de un juego de ajedrez “llamado vida” que nos mueve a su antojo. Me gustaría tener respuestas a esas interrogantes, pero la incertidumbre aparece donde debían amanecer definiciones.

Este estado de ánimo fue causado porque mañana “21 de abril” se conmemorarán los 56 años de Brasilia, único -Patrimonio de la Humanidad- edificado en el siglo XX. Quizás para ustedes que no tuvieron el privilegio de desandar sus calles huérfanas de esquinas, será un día común _no para mí_ que viví en esa ciudad con alma de Bandeirantes*, donde la anti-poesía habita más allá de la política el tiempo necesario para entender su lenguaje.

Por mi cabeza pasaron a una velocidad muy superior a 24 imágenes X segundo los lugares que más frecuenté: Las Librerías Cultura y FNAC -únicos espacios donde sobrevive el español- La Biblioteca Nacional; El Centro Cultural Banco do Brasil “CCBB”; El Cine de Arte Casa Park; el congreso nacional -en minúscula como se merece- por su ausencia de verdades, en el cual trabajé como traductor con el Escritor y senador Cristovam Buarque y en el que protesté por primera vez en la historia de Brasil, junto a Carlos Rafael Jorge Jiménez -miembro del MCL- contra la dictadura de los Castro; la Ciudad Satélite Núcleo Bandeirante, en la que residí la mayor parte del tiempo que me tocó pernoctar en ese espacio de concreto armado y muchos otros que no nombro para no alargar la lectura.  

Sentir falta de los abrazos brasilienses, duele y produce una lluvia interior tan intensa como en aquella novela donde la soledad parece no tener fin -les aclaro- que desde pequeño la llovizna incentiva mi melancolía, quizás por eso la más bella de las palabras portuguesas “Saudade” desgarra con mayor intensidad ese lugar que nadie ve “invadiendo todo” ahora que la distancia y el tiempo tratan de apagar lo que en algún momento fue mi cotidianidad -en el país que hoy más que nunca me pertenece-

Esa lluvia “solo mía” se esmera en dibujar la tristeza más allá de los frontales. Es algo provocado por las soledades que anidan en las alas del gorrión/pardal, por las incertidumbres de quién siempre siente que le falta algo o que está en el lugar equivocado.

Por haber vivido gran parte de mi existencia en diferentes geografías, sé que la mejor manera de vencer los ayeres es adaptándose lo más rápido posible a las costumbres que a partir de ese instante formen parte de tu cotidianidad, algo nada fácil en esta lucha contra los recuerdos.

Con el paso del reloj sobre mis sueños –siempre difíciles- he aprendido que no vivimos una sola vida. Los países y ciudades que en algún momento habitamos fueron un recomienzo -otro reto- quizás una ventana que clausuraba el pasado o una rendija a la supervivencia, en el inevitable camino que nos lleva a un único destino.

Brasilia fue sin duda ninguna -un renacer- cuando todas las puertas de aquella otra capital bañada por el azul se trabaron entre la política y los sueños a una velocidad muy superior a las quimeras de quien pensaba que todos sus problemas se solucionarían, justo después que el salitre preñado de mentiras se convirtiera en ayeres.

La primera impresión de lo que sería mi futuro no fue la esperada por alguien que tenía demasiados deseos rotos -acumulados en el inxilio- La ciudad me pareció un Alamar sin agua, a pesar de sus construcciones híper-moderna “imagino que esto puede parecerles un absurdo” pero el concepto de sus barrios y sus edificios me recordaron -salvando el desarrollo- esa aberración habitacional al este de aquellos escombros donde los mañanas aún parecen lejanos.

Solo con el paso del tiempo, y con la llegada de nuevos amigos como José Humberto Mancuso “periodista/hermano” -que me mostró la magia del portugués- Armando Lacerda, con el que hice varios filmes “algunos premiados”; Antonio Soares Aragão, que me enseñó el interior de Goiás, especialmente ese espacio inigualable llamado “Posada do Rio Quente”; Ignacio Villavicencio -cubano- incansable promotor de esa cultura desde sus varios emprendimientos “siempre menores a sus sueños” Recuerdo que el primero fue Boate Caliente -en la ciudad satélite de Taguatinga- inaugurado por el grupo Raison “de mi hermano Luis Emilio Ríos” el segundo Rincón Latino, en Asa Norte y el más duradero, y ultimo Havana Café, también en Asa Norte; otro que merece ser recordado es Julio Cesar Gonzales -también cubano-, el primero que confió en mí, dándome trabajo como profesor de español, y muchos más que espero no se sientan menospreciados por omitirlos, pero que ayudaron -tal vez inconscientemente- a ser más soportable la sequedad de ese planalto/meseta que inexorablemente me acompañará. 

Todos esos hermanos extra-carnales aliviaron el dolor de habitar más allá de los espejos. Sin ellos nunca hubiese podido sobrescribir -la única forma que conozco de vivir-.

La tan criticada monotonía brasiliense nunca me impidió vestir con palabras a las ideas que siempre me han atormentado, con la única diferencia de que a partir de esa circunstancia nacieron en una lengua hasta entonces desconocida, y que desde ese instante es la primera que habita mis pensamientos.

Brasilia/DF -corazón burocrático- donde se decide el destino de la nación, es para mí mucho más que ese arte imposible llamado política, que insiste hoy más que nunca en usurparnos los mañanas con el corrupto des-gobierno Petista, alejando a cada segundo el sueño “Del País del Futuro” profetizado por Stefan Zweig, en el distante 1941.

Pero a pesar de tantas adversidades y traiciones de la izquierda que han invadido la nación con su insaciable hambre de robar el erario, sé que mi vida estará eternamente ligada a tí -BRASIL-.


*desbravadores.

lunes, 21 de marzo de 2016

GIGANTE POR LA PROPIA NATURALEZA


Brasil está pasando por una de sus mayores crises -no solo política- su economía, que ya fue la 6 del planeta, se encuentra en un estado tan crítico que es urgente retomar el camino del crecimiento, pero para eso es necesario primeramente rescatar la credibilidad de su clase política.  

El déficit de las cuentas públicas en 2015 fue de 613 billones de reais -ese valor equivale a más del 10% del PIB brasileiro- el índice de inflación oficial del año pasado, ultrapasó la barrera de los dos dígitos, llegando a 10,67%, el dólar que en 2011 -cuando salí de mi lugar- estaba a 1,75 reais, ahora sobrepasa los 4 reais.

Si llevamos todos estos números a la economía real -la de los brasileiros de a pie- vemos que el resultado ha sido el encarecimiento de los productos de primera necesidad. Paradójicamente los más perjudicados por esta crisis son los que siempre apoyaron el proyecto petista de perpetuarse en el poder -hoy la llamada clase C- se ha desilusionado con las incumplidas promesas, y es una las principales fuerzas en las enormes manifestaciones que han tomado las calles de todo el país exigiendo el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff y la inmediata prisión de su antecesor Luiz Inácio Lula da Silva.

El desequilibrio de estas últimas décadas se debe fundamentalmente a la incompetencia demostradas en los 14 años de gobierno petista. En ese tiempo la nación ha padecido la mayor de sus corrupciones desde que Don Pedro II dijo las históricas palabras de “Independencia o Muerte”, en el famoso “Grito de Ipiranga”.

El ex-presidente -que nunca vio nada ni sabe nada- se ha convertido de la noche al amanecer en uno de los hombres más próspero del país “junto a su familia”. Posee apartamentos de lujos en las zonas más cara de Sao Paulo, finca de descanso en un lugar paradisiaco. Sus privilegiados hijos fueron tocados por la varita mágica de la corrupción, y pasaron de veterinario del Zoológico de Sao Paulo -el primogénito- y de preparador físico de futbol -el benjamín- a bien sucedidos empresarios que ganan millones de reais. Por otro lado, Doña Mariza, esposa de Lula se encarga de humillar en conversación telefónica con Lulinha a los miles de manifestante que piden la inmediata prisión de su esposo, y el fin del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff.

La falta de decoro del gobierno petista, creyéndose superior a la nación, los ha llevado a utilizar inescrupulosamente toda la maquinaria institucional para perpetuarse en el poder. Intentan desesperadamente corromper, sobornar -cuando posible- y en un último y exasperado intento obstruir el funcionamiento de los demás poderes.

El poder Judiciario, conjuntamente con el Legislativo y el Ministerio Público amparados por artículo 2º de la Constitución Brasileira donde se deja bien claro que: Son Poderes de la Unión, independientes y harmónicos entre sí, el Legislativo, el Executivo y el Judiciario, cumplen su papel institucional de velar por el cumplimiento de las leyes, sin importarse con el cargo público que ocupe quien la infringe.

La desesperada maniobra de la presidenta de nombrar a su antecesor y padrino político Ministro de Articulación, demuestra que ella no es más que un títere manipulable, y que el único que toma decisiones en ese gobierno es el ex-presidente. Lula quiere escapar del cerco que le está cerrando la justicia común en la persona del juez Sérgio Moro, por ese motivo obligó a Dilma a nombrarlo Ministro, mismo sabiendo que esta decisión podría ser la antesala y la energía que faltaba para impulsar el impeachment tan deseado por la mayoría de la población.

El ex-presidente -tenía total consciencia que- al tomar pose como Ministro, el proceso que corre por la justicia común se trasladaría obligatoriamente al Supremo Tribunal Federal. Solo no calculó que la oposición y la voz popular tratarían por todas las formas legales impedir esa pose.
Por otra parte, los jueces del SFT, con toda seguridad prefieren que un ex-mandatario sea juzgado en la justicia de primera instancia, pues así no tendrían que asumir el onus de condenar por la primera vez en la historia del país a un ex-máximo representante del Poder Ejecutivo, al que hasta hace poco tiempo se consideraba el salvador de la patria.

Lula, hoy tiene solamente dos opciones, asumir su culpa, y cumplir su pena como cualquier ciudadano después del debido proceso legal, o insistir en la terquedad de la negación, lo que agravaría aún más la crisis, con el peligro de a cualquier instante empezar un innecesario derramamiento de sangre, en un país, que está más dividido que nunca, y esa con seguridad seria la peor de las opciones.   

lunes, 8 de febrero de 2016

ENTRE LA PARED Y LA IMAGINACION


Soy de una generación que creció acompañada de vicisitudes, en un tiempo donde querían -aún quieren- imponerlo todo, incluso la felicidad.

El primero de mis sueños frustrados -increíblemente años después fue obligatorio- era tener una bicicleta, pero “Los Reyes Magos”, quizás se perdieron en el desierto de la política, y olvidaron a los niños de Cuba.

Entonces, apareció El Salvador de la Patria, con otra de sus aberrantes ideas. Decidió cambiar el tradicional día de “Los Reyes” para otra fecha bien distante de la religión y con un nuevo nombre más adecuado a los ideológicos tiempos que hasta hoy perduran. Donde la única opción para sobrevivir era ser a favor o irse para aquel lugar desde el que Rodrigo de Triana gritó mierda -perdón quise decir tierra-

Inventó que los niños -no sus hijos- por supuesto merecían solamente tres juguetes: el básico, el no básico y el dirigido, y que el orden debía decidirse en un sorteo anual, para según él ser lo más democrático posible. Cómo explicar esa aberración a un niño que simplemente quería su soñado juguete. Creo que fue en esa edad, donde empezó la envidia, y chivatería que acompañaría a muchos de los que crecieron en medio a la desolación de los deseos.

Cómo pueden imaginar el simple hecho de estar vivo ya es más que una virtud. Llegar hasta aquí no ha sido fácil, para evadir la miseria -no solo material- que me acompañó desde el nacimiento, recurrí a los libros y al cine. Los libros, en algún momento que se escapa de esta historia me trajeron serios problemas. El cine también me ocasionó otros problemas menos complicados que la literatura, y más cercano a la medicina.


Recuerdo que la primera vez que mi abuela me llevó a un psicólogo fue días después de ver la película francesa “El Tulipán Negro, protagonizada por Alain Delon. El entonces considerado hombre más lindo del mundo, hacia dos papeles: El del Tulipán, y el de su hermano gemelo. Cuando el verdadero Tulipán es capturado y ahorcado, su hermano toma su lugar y sigue repartiendo con los pobres lo que le robaba a los ricos.

En la ingenua imaginación de los niños del Canal del Cerro, todos queríamos ser igual al Tulipán -era más divertido que ser como el Che- Pero Yo, no podía parecerme a los demás, después de inventar una espada de palo y una capa de saco de azúcar -regalo de Rafaela- que trabajaba en la fábrica de guayaba al lado de mi casa. Nadie podría decirme que no era el mismísimo Tulipán Negro. No veía la hora de salir de la escuela para poder vestir mi indumentaria de héroe y repartir mortales estocadas contra los que se negaban a compartir sus riquezas con los menos favorecidos.

Mi certeza absoluta de ser la reencarnación del Alain Delon tropical me llevó al extremo de un día casi morir -literalmente- Había cortado un pedazo de sábana y con él me ahorqué en la ventana de mi cuarto para demostrarles a mis amigos quién era el verdadero vengador. Por suerte mi abuela apareció cuando ya estaba casi morado por la falta de aire, corrió hasta la sala y con una tijera, y contra mi voluntad cortó la sábana. Al otro día me llevó a mi primera consulta con el psicólogo.   

Una mujer de bata blanca- creo que en complicidad con mi abuela- quería convencerme de que Yo no era el Tulipán Negro, pero ni ella ni mi abuela lo consiguieron, a pesar del castigo que me impusieron por cortar la única sábana que tenía. 


La duda sobre mi verdadera personalidad -era eso lo que creía en esa época- surgió con una película japonesa llamada “Latitud Cero”. En ella a un león, unos científicos le implantan un par de alas con las cual podía expandir su dominio más allá de la selva, desde ese instante seria el “El Rey del Cielo y la Tierra”. Ese hecho puso en duda mi capacidad de Tulipán Negro poder competir con tal monstruo, por lo cual preferí mantenerme el mayor tiempo posible dentro de casa, aunque para eso tuviese que inventar mil pretextos. Al tercer día de no ir a la escuela, ya no sabía qué hacer para justificar mi actitud. Entonces mi abuela me puso entre la pared y la imaginación, y me obligo a confesar el verdadero motivo por el cual no quería salir de casa.  


_ Lo que pasa es que no quiero que el león me cagué en la cabeza
_ Qué león estás loco
- El de “Latitud Cero”
- Qué “Latitud Cero” ni un carajo, ahora mismo te viste y vas para la escuela.

El trayecto de mi casa a la escuela, lo recuerdo como la mayor pesadilla que sufrí cuando niño. Al día siguiente, volví a reencontrarme con aquella mujer de bata blanca -colaboradora de mi abuela- Que insistía en que los leones no vuelan, quizás ella no habría visto la película o su imaginación de adulto -la que nunca me ha habitado- la impedía de ver la realidad.

Después de todo lo que les he contado ya deben imaginar que soy de una casta que además de lo que ya saben, nos inundaron con una programación del extinto campo socialista. Quién no recuerda los muñequitos rusos de palos tan lejanos de nuestra idiosincrasia.

Entonces, no me pregunten por qué gran parte de los que nacimos en esos años, somos tildados de personas no-normales. Ya es suficiente como dije al inicio haber llegado vivo hasta aquí. No nos exigían lo imposible.  

lunes, 1 de febrero de 2016

ESE REFUGIO SIEMPRE ABIERTO


Es increíblemente que todas las religiones asocien la lluvia con la purificación del cuerpo y el alma. Si es así, podemos considerar a las tempestades un milagro –mismo que no habitemos en ningún dogma religioso- cuando esas lágrimas del cielo se rompen en nuestra piel penetrando hasta ese subconsciente más allá de la epidermis donde ahogamos las penas; para los cubanos esto se cumple literalmente; en ese estrecho de 90 millas que hasta ayer “esto es una metáfora” separaba el mar/del bien.

Hoy es sábado, llueve y el azul que es mi ventana está inquieto. Miami Beach –mi temporal abrigo- me recuerda más que nunca Sao Paulo, ese reposo que a pesar de carecer de océanos llena todas mis ausencias, y que será mi último destino por el libre arbitrio que solamente descubrí al andar sus arterias, después de ser expulso de aquella isla que ya nada significa porque aprendí en este inconstante vagar que uno no pertenece al lugar donde nació y si a la tierra donde alcanzamos la plenitud ciudadana que nos fue negada en el alba de nuestras vidas.

La lluvia es mucho más que lo estigmatizado. Ella, mujer incorpórea, sosiega eso que Nirma llama mi carácter, me traslada a un inexistente espacio en el cual todos los obstáculos parecen ahogarse ante la inmensidad del azul.

Ese quinto color del espectro luminoso, siempre ha sido mi confesor. En los momentos de mayor soledad -cuando hasta la sombra me abandona- encuentro conforto solamente en sus olas tan femeninas al acariciar.

Mi relación con el mar fue cambiando con el pasar de los años. El primer recuerdo que tengo fue cuando mi tío/abuelo Sito se ganó “por obrero vanguardia” unas vacaciones en una casa en la playa de Guanabo.

Yo tendría unos siete u ocho años, y desde los cinco ya vivía en ese lejano lugar llamado divorcio. Mis padres no podían atenderme porque estaban muy ocupados en construir –cada uno a su manera- el tan cacareado futuro mejor, que hasta hoy esperamos. Mi madre vivía en la noche y mi papá en el comunismo.

Ese encuentro inicial con el mar es la remembranza más antigua que me habita, después de la muerte de mi abuelo Alfonso. Puede parecer absurdo, pero solo recuerdo lo que he contado hasta ahora, no consigo acordarme del mágico momento en que entré en esa transparente inmensidad que siempre he perseguido en todos los países que me ha tocado sobre-vivir.

Quiero imaginar que la primera vez que pisé la arena y mi vista se sumergió en la salobre humedad, sentí esa emoción de película “Hollywoodiana”, donde el inocente niño descubre la perfección de la naturaleza.

A pesar de las ausencias de detalles, desde ese instante mi vida ha estado ligada al mar. Cuando aún estaba en la isla -era la tentación- el único camino posible de escape, por suerte soy bien cobarde, y esa condición me mantuvo vivo. No formé parte de la silenciada estadística de los que perdieron la vida en las 90 millas que separa todo.

Años después, ya adolescente me escapaba de la escuela para ir a su encuentro. El Malecón se convirtió en una gran aula a cielo abierto. Allí encontraba todos los días al viejo Juan –pescador de orilla- y embustero profesional, con una labia tan exquisita que conseguía captar nuestra atención, aunque siempre contase la misma historia de cuando pescó un tiburón tan grande que se comió la mitad de su bote, y por eso desde ese día solo pesca en el Malecón.

Creo que Juan, y los libros que leía en esa época de inconsciente candor aún me influencian. Quizás por eso no puedo prescindir de la maresia -esa brisa vestida de azul- que acompaña cada mañana mis pupilas pero que no alcanza para rescatarme del otro lado de los recuerdos. Soy un náufrago de la memoria, pensando erróneamente que todo pasado fue mejor.


Batallo incansablemente con la cotidianidad, porque aún creo en la posibilidad de sembrar girasoles en el océano que habita el centro de mi ser. Sigo un camino que no sé adónde me llevará, con la absoluta seguridad de no darme por vencido, a pesar de esos golpes tan magistralmente definidos por Fayad Jamis.

lunes, 18 de enero de 2016

EL ARBOL DE LOS OLVIDOS


Podría dividir mi exilio en dos partes:

El inicio a finales de los ochenta cuando aún habitaba la isla y creía en la posibilidad de los amaneceres, que poco a poco fueron desvaneciéndose hasta que la decepción se apoderó de todo, de forma tan impiadosa que el futuro no cabía en más promesas.

En ese despiadado tiempo supe que solamente existía una posibilidad si quería ver la luz antes de llegar al final del túnel. “Escapar”, huir de ese presente sin mañanas; de las consignas que inundaban -todavía inundan- lo que ahora es pretérito.

Solo había un problema -accidente geográfico- qué es una isla sino un cáncer expulsado de un continente. Estar rodeado de agua no te convierte en anfibio, simplemente te obliga a convivir con la inmensidad del azul; a entender la grandeza de Sócrates cuando dijo: “Hay tres clases de hombres: los vivos, los muertos y los que se hacen a la mar”. De esos últimos están llenos mis ayeres, cada ola tiene el nombre de alguien que intentó fugarse de la prisión tropical, y murió en los deseos.

Después de leer los párrafos anteriores, ya deben imaginar que quien escribe es un sobreviviente -un descendiente de Ulises- que no sueña con volver a Ítaca, pues sabe que después de veintiún años de invisibilidad, no queda nadie que lo reconozca. Penélope se cansó de esperarlo y sus ojos mudos la impiden tejer; sus amigos también tomaron el camino de las aguas, y su perro murió antes de volver a olfatear al más querido de sus ausentes.     

Llegar solitario a una tierra desconocida es el peor de los naufragios, lo sé porque lo sufrí en carne propia, pero tuve la suerte de recalar en una nación, que desde el primer instante sentí mía. Era como si hubiese llegado al país de “Los Lotófagos” y comido la fruta del árbol de los olvidos. Cuba ya no era pasado -acababa de morir-.

Viví mis mejores años entre el portugués -esa música hablada-; futbol; churrascos y samba. Ahí alcance todo lo que me fue negado del otro lado de los recuerdos, por eso nunca imaginé que tuviese que volver a emigrar, hasta que una serie de indeseados acontecimientos me obligaron una vez más a izar vela. En ese instante donde todo se rompió comienza el más difícil de mis exilios.

PARTE II

El anterior más que imprescindible, era una cuestión de vida o mar, pero en este los motivos eran otros y los deseos tenían los pies atados a esa tierra que hoy me pertenece.  

Al arribar a Miami -ese apéndice de aquel error geográfico-, que era el menos imaginado de mis destinos, pero el predestinado para la mayoría de los nacidos en la otrora perla del Caribe percibí que me es muy difícil convivir con los sobrevivientes de ese espacio inacabado donde el salitre y las mentiras parecen inmortales.

Las enardecidas manifestaciones -a favor o en contra- de algo que me resultaba tan distante, y que había olvidado en los años que viví en la brasiliedad -la mejor época de mi vida- volvieron a hacer parte de mi cotidianidad.

Descubrí, no sin tristeza que después de cincuenta y seis años de dictadura, el mayor éxito de la misma es haber logrado dividir a los nativos de ese espacio donde el sol amanece violento, sin importar de qué lugar provienen los aullidos.

Ya han pasado cuatro años desde que encalle en esta nada -reino de la melancolía-, y solo quiero tratar de entender en qué momento nació esa necesidad casi implícita de agredir y denegrir a todos los que no estén ideológicamente en tu misma acera.

Será esto una incurable enfermedad de los oriundos de ese espacio donde el odio se enseña en las escuelas o es que como el pueblo hebreo llevamos a cuesta todos los sinsabores heredados a pesar de tantos años de ausencias. La respuesta está con ustedes.