En estos años de exilio diciembre se ha convertido en algo melancólico, recuerdo que cuando llegué a principio de ese mes, trece años atrás; Brasil era un sueño de libertad y la ciudad que sería mi abrigo me era desconocida, misteriosa e iluminada como nunca había visto a la mía. María, mi esposa era todo mi universo, todavía lo es.Al salir de la pecera del aeropuerto internacional de Guarulhos lo primero que vi fue un arbolito de navidad inmenso y tan verde que parecía que toda la naturaleza cabía en él, con sus luces intermitentes que impendían la llegada de la noche, lleno de bolas rojas y doradas, con medias y lazos del mismo color, y muchos Santi Cló pequeños escalando un deseo hecho realidad. Era perfecto, idéntico al que poblaba la memoria de mi tío-abuelo Sito, la persona que más he querido y de la cual no pude despedirme cuando murió, pues según la sede diplomática cubana soy (presten atención en el verbo usado SER, que demuestra permanecía) persona NON GRATA, en cualquier otra situación está condición sería humillante, pero recordemos que estoy refiriéndome al lugar donde nací, MEA CUBA dominado por la dictadura más antigua del mundo, por ese motivo el término en vez de humillarme me enorgullece.
En ese instante entendí por qué mi tío hablaba tanto de esa época del año y el significado de sus historias navideñas siempre repetidas vinieron a mi cabeza. Sentí su voz y su risa después de su justificativa favorita: algún día Cuba volverá a ser como el resto del mundo, y el tiempo que la dictadura nos robó, no impedirá más esa fiesta. Decía que los olores navideños se negaban a abandonarlo, a pesar de tantos años de ausencia, de miserias no sólo materiales. Pensaba que era solamente un delirio incontenible por el pasado, hoy sé que el dolor amanecía en él. Deseé que estuviese conmigo, recordé como cada natividad me contaba lo mágico que era para un niño esperar esa fecha, la ansiedad que no lo dejaba dormir la noche anterior pensando en los regalos, y lo rico que eran los turrones tan típico de esa fiesta, más de cuarenta años sin ellos no borraron de su memoria el sabor dulce y amelcochado de esa delicia española.
Tenía 10 dólares en el bolsillo y otro pasaje de avión San Paulo-Brasilia, debía apurarme para hacer la transferencia y no perder el vuelo, que saldría en 30 minutos, con el lenguaje de señales conseguí comunicarme y llegar al terminar de embarque a tiempo de saber que el vuelo estaba cancelado pues un avión de la misma compañía aérea había hecho un aterrizaje de emergencia en Buenos Aires.
Los pasajeros protestaban, gritaba, y yo en el medio de todos sin entender una palabra. Un funcionario de la compañía aérea nos llevó para un restaurante que parecía la mesa sueca de Hotel Nacional o sea todo un lujo (algo común para un país normal) y dijo que podíamos comer todo lo que quisiéramos, que la compañía pagaría. Para mí que traía el estomago pegado a la espalda desde que nací el idioma dejó de ser una frontera entendiendo sus palabras como por un toque de mágica; comí, bebí y fume (aún fumaba en esa época) sin preocuparme. El hambre que tiene su tiempo se evaporó y pregunté (en realidad gesticulé) si podía andar un poco por el aeropuerto.
Salí de uno de los siete pecados andando pesadamente por un lugar donde el sol nunca se apaga, los anuncios que no entendía provocaban el placer de sentirse parte de algo que nos niegan a medio siglo, que es mucho más tiempo de lo que parece, cuando dependemos del capricho de un megalómano y nuestra individualidad es cero, anduve pendiente al reloj y a las palabras TRANSBRASIL - Brasilia, mi próximo vuelo, él cual salió con cinco horas de atraso.
Quise escribir mis primeras experiencias en éste país de dimensiones continentales en todos los sentidos, después de tantos años, en estos días festivos que me duelen más allá del sentido de ese verbo porque hoy sé que los gustos cambian más por las circunstancia que por el inevitable avance del reloj.
Diciembre que ya fue feliz cuando la Habana no era pasado, significaba más que el fin del año, era el puente con lo que estaba del otro lado del mar, que inundaba todo con un festival de cine, que empezaba de la mano de Changó y terminaba acompañado por San Lázaro, en tan perfecto sincretismo que ni la más cruel filosofía ha podido apagar y que usaba las pequeñas grietas de las eternas murallas como caleidoscopios.
Poco o nada importaban las penurias que mal sabía yo que podían causar nostalgia. No se espanten, sentir falta de la miseria no es un síntoma de locura, pues era una miseria colectiva rodeada de los eternos amigos de la juventud, y en esa edad pensamos que la eternidad estaba al doblar de la esquina y que el mañana cabía en un vaso de ron.
A mucho tiempo, siempre en esta época busco aquel muchacho que se impresionó con la luz para decirle que el turrón no tiene el mismo sabor con su ausencia, que descubrí que el paladar de los recuerdo es infinitamente más detallista pues usa el mayor de los sentidos (la melancolía), que percibí que los sabores que habitaban mi imaginación siguen siendo los más exquisitos, que toda navidad espero por él y su tío con un turrón en la mesa pero las sillas continúan vacías.
Foto de Magali de la Cruz
João Rubinato, su verdadero nombre es el séptimo hijo de Fernando y Ema Rubinato, emigrantes italianos de Venecia, que se asentaron en Valinhos. Nace el 06 de julio de 1912, pero esa fecha es alterada para el 6 de agosto de 1910 para que pudiese trabajar siendo aún niño, ya que no quería frecuentar la escuela. Adoniran Barbosa, es su nombre artístico y con el cual entraría para la historia musical de Brasil como uno de sus más grandes compositores.
Hay días en que miro en retrospectiva el tiempo transcurrido desde que mi memoria existe con plena conciencia de espacio y vida. Me asusta el cúmulo de vivencias que logro adivinar, me estremece el futuro incierto que pueda sorprenderme; detenida en una larga espera y un constante deseo del descubrimiento espiritual y humano.No he vivido mucho y sin embargo hay recuerdos que me pesan como siglos, hay experiencias que me detienen el latido cardiaco. Comienzo a temerle a la eternidad del vacío, tal vez llevo siglos viviendo y no he logrado despertar mi mente del estado hipnótico.Vacío o Solitud: de cualquier manera es un escalofrió tenebroso que me recorre, una fuerza ciega que arrastra mis esperanzas al precipicio de lo incógnito, lo deseado e imaginario.Hasta ahora todo lo que recuerdo y conozco es vida, un impulso ilimitado al alcance de lo deseado; una manera corriente de revitalizar mi escape a la solitud física.La diferencia entre el día y la noche para mí no es simplemente la degradación visual de la luz y el adaptamiento óptico a la oscuridad, va mas allá de una percepción sensorial y carnal; me siento mucho mas confidente y segura en la noche; hecho que me hace concientizar la necesidad de estar conmigo misma.Probablemente he pasado demasiado tiempo tratando de escapar de un vacío substancial y cierto, tal vez es una manera de reencuentro necesario con un subconsciente incomprendido y solitario.Con solo cerrar los ojos puedo volver a vivir momentos de la misma manera emocional que ya han sido experimentados por mí, la parte más ilimitada de mi memoria me transporta continuamente a otros universos, los olores y sonidos que voy descubriendo me advierten de una existencia previa.Quiero creer que la reencarnación es cierta, sería una manera útil de no malgastar la belleza de la existencia, una vía más poética de arrastrar con millones de horas sin que puedan ser borradas en un simple suspiro.El océano es un símbolo constante en mi pensamiento y sin embargo me pregunto por qué le temo tanto.El horizonte es la línea más insegura donde mi realidad cruza todo límite de caprichos oníricos y surreales. Hay momentos en que el frió corporal me despierta creyendo que estoy perdida en otro planeta, lo bueno y lo malo tienden a confundirme increíblemente; qué hay de malo en algo que se ha hecho con buenas intensiones y resulta catastróficamente incorrecto ¿Se puede amar tanto que al mismo tiempo se convierta en odio? ¿Entre el amor y el odio cuál es la verdadera diferencia?Repudio la pérdida de tiempo y sin embargo disfruto los momentos de absoluta ausencia, es una contradicción paradójica entre el cuerpo y la mente a la que describo sustancialmente necesaria.Por cada cosa que logro pierdo otras, me deteriora el llanto y sin embargo amo las lágrimas, la espontaneidad me hace feliz y dar me llena más que recibir; pero cómo puedo aprender la limitación de hasta cuánto se puede o debe dar.Esta noche estoy luchando contra un vacío más profundo, una pérdida menos materialista y más sentimental, una incomprensión injustificada al apego de lo que quisiera tener y no tengo.Miro el reloj y comprendo que un delirio momentáneo me ha poseído, de cualquier manera el hacerlo consciente no cambia las circunstancias del momento.Hoy crecí y envejecí con entera honestidad, acepte haberme equivocado; pero acaso todo lo que me ha sucedido no estaba preacondicionado ¿Habría escapado a esta nueva acumulación positiva de momentos malos?Creo que una de las razones más inaceptables en mi presente es que prácticamente mi espíritu y mi cuerpo andan distanciados. Es absolutamente imposible estar en dos lugares al mismo tiempo, tratar de escapar a la realidad creándonos sueños necesarios es una tortura emocional que más tarde o más temprano nos despertara en medio de una pesadilla irremediable y absurda.Debo admitir la practicalidad del presente y dejar que el futuro se presente por sí mismo sin que yo me adelante a descubrirlo.Debo sobrevivir de inmediato, levantarme del vacío y regresar a ese lugar histórico que me ha sido otorgado, el lamentarme no me alimentara.El optimismo es la mejor arma de combate y la sonrisa una estrategia definitiva a la conquista.Depende la forma personal con que se analice o mire la solitud y el vacío, si se sabe estar consigo mismo jamás se estará solo.La oscuridad nocturna es simplemente el lapso necesario para el resurgimiento de la claridad matinal, una secuencia ininterrumpida y perfecta entre el pasado, presente y futuro.

